De niño a pícaro en los siglos de oro / D. Fernando Lázaro Carreter MADRID, 1 de octubre de 2003
Me parece que esta hora vespertina que invita al ocio o al descanso y que reúne a todas las Reales Academias bajo la presidencia de los Reyes, no resulta propicia para afligir con una disertación larga y especializada. Aconseja, en cambio, exponer abreviadamente una cuestión que haya sido estudiada por quien habla, y que no ahuyente a quienes oyen. Al verme en este trance, pensé enseguida en mis amados pícaros. Estos eran muchachos pobres, de oficios muy humildes, que pululaban por las ciudades y que sucumbían a las tentaciones que acechan a chicos abandonados a su suerte: travesuras, bellaquerías menores, pillerías que podían llegar al hurto, pero no a mucho más, hasta completar la evolución que los hará rufianes. No preocupaban mucho a la sociedad discreta.
Pero he aquí que, hacia 1545, con éxito inmediato, se publica simultáneamente en Burgos, Amberes, Alcalá y Medina del Campo un relato menudo y anónimo titulado La vida de Lazarillo de Tormes, donde un sujeto así llamado, casado con la barragana de un arcipreste, y que trabaja como pregonero en Toledo, escribe una carta a un desconocido vuestra merced para contarle cómo ha sido su maltrecho vivir desde que nació en Salamanca a orillas del río Tormes. Con esa obra da comienzo la novela picaresca, aunque en el texto no aparezca la palabra pícaro ni el protagonista se declare tal. Pero ello, ya no impide que el salmantino sea cabeza de la progenie bribiática en nuestras letras. Porque se trata de una criatura puramente artística que no retrata una realidad comprobable pues sólo vive en los impresos, y es dentro de ellos donde hay que observarla. Advierte con precisión la pícara Justina: "Pobreza y picardía salieron de una misma cantera, sino que la picardía tuvo dicha de caer en algunas buenas manos que la han pulido y puesto en más frontispicios que rótulos de comedias; y la pobreza la arrimaron en casa de una viuda vieja y triste". La picardía, es decir, los libros de los pícaros literarios se anuncian con carteles por las calles; poco se parecen, pues, a esos privilegiados los pobretes que rondaban realmente por ellas.
El Lazarillo de Tormes funda la novela picaresca, aunque algunos le discuten ese papel pionero atendiendo más al concepto pícaro que al de novela. Y a estos efectos, es más importante el segundo que el primero, es decir el modo de contar la historia y el conjunto de rasgos estructurales que puede advertirse en aquella obra pionera. Cuando, bastante tiempo después, Mateo Alemán y Quevedo sobre todo, los aprovechen para construir sendas novelas, quedará constituido el género picaresco que, como es lógico, incluye a su fundador.
Entre los rasgos lazarillescos que definen ese género, hay uno de ellos constante: es el autobiografismo con propósito verista. Existía en otros géneros, pero es que, en el Lazarillo, quien lo firma se propone contar su vida desde el principio Hasta entonces, el héroe novelesco era un personaje adulto que había nacido ya héroe y cuya niñez no importaba. Realizaba sus hazañas o vivía amores extraordinarios en lugares y tiempos remotos e imaginarios. Por el contrario, los vicisitudes de Lázaro dan comienzo en Salamanca, y se suceden por caminos y pueblos castellanos mientras reina en España Carlos V. No cuenta sus peripecias sumando episodios sueltos, sino interrelacionándolos, mientras el tiempo y la experiencia van cambiando al protagonista. En ese contar el mundo de alrededor y en hacer al personaje capaz de evolucionar consiste la originalidad y presencia del libro en la historia del relato; años después del Lazarillo vendrá el Quijote; juntos, conducen a la novela moderna.
Una nota argumental básica dentro del género que viene a establecer el de Tormes es la de declararse él personaje hijo de padres sin honra. Con ello, fija el más original y constante rasgo del pícaro: el de comenzar faltando al cuarto mandamiento. Él es hijo de un molinero ladrón y de una mujer que, al enviudar, se hace manceba de un negro ladrón.
La maldad de los progenitores del futuro bellaco es consustancial con la novela picaresca, ya que fundamenta y hasta justifica el comportamiento futuro del niño El padre de Guzmán de Alfarache conoce a la que será su madre, hermosa mujer que está casada con un viejo decrépito, a quien engañan con ardides; por ello, el chico tendrá la prerrogativa de contar con dos padres. La madre, por su parte, al enviudar, ejerce la prostitución. El padre del buscón Pablos era un barbero buen bebedor, y diestro en el arte de desplumar a los clientes. Aldonza su madre fue una bruja bella y complaciente, y según el hijo, casi "todos los copleros de España hacían cosas sobre ella".
Si en estas novelas, tal como conforman su poética el Lazarillo, el Guzmán y el Buscón, el protagonista es varón, apenas los epígonos meten su mano en el género, comienza la búsqueda de una originalidad que no logra escapar de aquel molde . Y así, enseguida habrá pícaras, como Teresa del Manzanares; su madre ya se había liado con el mozo de un canónigo compostelano. Pero el bellaco la abandonó con engaño, y ella se acomodó de criada en un mesón, hasta que se casa con un lacayo francés, de resultas del cual nació Teresa. El gabacho - así lo llama su hija - morirá de una borrachera después de haber arruinado a su mujer, que muere del berrinche. Ese origen deshonroso tendrá la casi totalidad de los pícaros de libro.
Considero indudable que este fundamento argumental del género tiene algo y aun mucho que ver, no directamente sino como consecuencia, con una magna materia de discusión teológica de aquellos momentos a la que dedicó su quinta sesión el concilio de Trento. Se trata de las consecuencias del pecado original y de los efectos del bautismo. La cuestión venía de muy lejos. En el siglo IV, el monje británico Pelagio había negado la transmisión del pecado de Adán y Eva por vía genética a toda la prole humana; el ejercicio del bien y del mal dependería, según él, de la voluntad del individuo exclusivamente, y no de la gracia. El pecado no llegaba a los humanos por herencia desde el Paraíso, sino que era una responsabilidad personal. Contra esta teoría se alzó con energía San Agustín, estableciendo la idea del pecado hereditario, que se hace perdonar por el bautismo, pero no el pecado personal, que es sólo condonable mediando el arrepentimiento. Trento, que repudió también el pelagianismo, se adhirió a la explicación agustiniana, y estableció que la tendencia al mal, a la concupiscencia, es consustancial con los humanos. Esta procede de una fuente de perversión llamada el fomes, y que se transmite de padres a hijos de modo fatal. Es lo que nuestro refranero, con su acostumbrada humildad mental, resumió diciendo "de tal palo, tal astilla".
Parece como si la novela picaresca hubiera acudido a confirmar con ejemplos la doctrina conciliar. A la cual no se oponía la creencia en que hay en el niño de corta edad un tiempo en que vive en un estado de inocencia hasta que el malhadado fomes empieza a enredar. Así, el autor del Lazarillo, Alemán y Quevedo, que eran artistas excepcionales, conceden un margen de candor a sus protagonistas, durante el cual aún son moldeables para el bien No ocurre así con varios de los restantes cultivadores del género, que parten de una concepción del niño bastante poco complaciente: este es y será desde que nace lo que son los padres, y vivirá desde la cuna atrapado por su malvada índole. Tan mala era, que, por ejemplo, Gregorio Guadaña anunciaba su perversa condición desde el vientre de su madre, a quien impedía dormir, según dice, "a puras coces".
Los principales pícaros, de niños, no juzgan el comportamiento de sus padres; son inocentes. Hasta que un día les sobreviene algo que los impulsa a la picardía. Otra vez será el Lazarillo de Tormes el que inscriba este rasgo en el género. Recuérdese cómo el maligno ciego a quien le ha entregado su madre para que le sirva de destrón, le pide que acerque la oreja al lomo del verraco berroqueño que hay a la entrada del puente romano, para oír el gran ruido de su interior. El muchacho obedece cándidamente y su amo le pega una gran calabazada sobre el verrón. El dolorido Lázaro confiesa: "Parece que en aquel momento desperté de la simpleza en que como niño dormido vivía". Y extrae como consecuencia que, dice, "me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy" A partir de ese momento, ya está preparado para ser el modesto pícaro que será, para burlar a su amo, y, por fin, descalabrarlo una noche lluviosa contra una columna en Escalona. Fue el coscorrón el que encaminó a Lázaro hacia Picardía.
La iniciación de Guzmán de Alfarache en la vida truhanesca es repugnante. Muy niño, y al lanzarse a los caminos, entra en dos ventas. En la primera, una vieja ventera le sirve unos huevos empollados, con ternillas al comerlos. El segundo ventero le hace pasar por ternera la carne de un macho recién nacido, un machuelo dice él, y las tripas se le revuelven al descubrirlo en el patio. Sale escaldado y medita: "El cuerdo y sabio siempre debe pensar, prevenir y cautelar. Hice como muchacho simple sin entendimiento ni gobierno. Justo castigo fue el mío" . Y al igual que el de Tormes, ha quedado ya listo para la malicia.
Pablos el Buscón, por su parte, sufrirá de niño un par de desengaños que lo harán hombre. En la escuela, riñe con un compañero que lo ha llamado "hijo de una puta y hechicera". Pablos lo descalabra de una pedrada, pero se queda con la mosca detrás de la oreja y le pregunta a la presunta si había sido engendrado "a escote entre muchos o si era hijo de un padre solo".Obtiene una respuesta evasiva, por lo cual, dice, "quedé como muerto, y dime por novillo de legítimo matrimonio". Será su primera salida de la niñez.
La siguiente lo hará madurar: ocurrió en Alcalá, adonde fue como criado de Diego Coronel. Todos recordamos el inmundo recibimiento en la Universidad, cuando los veteranos lo nevaron de pies a cabeza. Esto y otras sucias burlas que le hacen en su primer día alcalaíno, dan ocasión a Pablicos para concluir: "Propuse de hacer nueva vida": un vida que, como corresponde a la calaña picaresca, consistirá en embelecos e infortunios.
La experiencia iniciática de Teresa de Manzanares es aún más heridora: le sucedió a los siete años; su madre la echó de la cama donde dormían, para dejarle el puesto a un amante. Y así, al quedar huérfana, se arma de bellaquería - usa esta palabra - para el porvenir.
No existía por entonces una edad definidamente escolar. Guzmán, en 1599, tan minucioso al contar no dice nada de ello. Y sí, hacia 1604, el Buscón Pablos, que pide a sus padres ir la escuela; a ellos no les pareció mal, y, efectivamente, «a otro día, ya estaba comprada cartilla y hablado el «maestro». El abuelo de Hernando Trapaza (1637) se traslada de Zamarramala a Segovia para que su nieto, de cuatro años, pueda asistir a las clases, donde «aprendió brevemente a leer y escribir». Y así también Estebanillo González (1643), que va tempranamente a un centro escolar, donde además, aprendió a contar. En aquellos lugares se mezclaban los muchachos de todas las clases sociales, y de todas las edades. Teresa Panza le advertirá a Sancho que su hijo tiene ya quince años y aún no ha ido a la escuela. Los muchachos, de edad promiscua y condición social diversa, señorcitos y pobretes, practicaban juegos escolares que refinaban poco su sensibilidad; así, la del rey de gallos. Consistía en enterrar un gallo dejándole la cabeza fuera, y en intentar cortársela con los ojos vendados.
Las niñas no iban a la escuela; las que sabía leer y escribir era gracias a su madre o a algunas buenas mujeres que se dedicaba a enseñar. Las pícaras, por supuesto, todas saben hacerlo porque cartas y escritos eran imprescindibles para sus enredos eróticos.
Es frecuente imaginar hambrientos a los niños pícaros, porque predomina la imagen famélica de Lázaro de Tormes con sus tres primeros amos. Pero ni siquiera él pasó hambre mientras vivieron su padre y, después, el amante negro de su madre, ambos ladrones. Guzmán, a los doce años, declara que, hasta entonces, había sido «cebado a torreznos». Los padres de Justina eran mesoneros; y los de Pablos se desenvolvían bien con los robos de él y las tercerías de ella; las meriendas del muchacho en la escuela apetecían incluso a sus compañeros ricos. El hambre no caracteriza al pícaro en su niñez; la sufren intermitentemente después, cuando ya han salvado los años más críticos de su desarrollo. Y serán gallardos en su mocedad, en especial las pícaras, que deben ser buenos cebos para desplumar incautos.
En cuanto a su actividad sexual infantil, nada nos informan las novelas de pícaros. Conocen sin tapujos el comportamiento de los adultos, pero los picarillos varones son castos en los relatos. Incluso, aun de mozalbetes. Guzmán de Alfarache, al encontrarse en un patio con una mujer desnuda - es verdad que en trance escatológico -huye espantado.
No sufren las pícaras la misma desafección al sexo que los pícaros. Y es muy natural, dado que su avecindamiento en el reino de la bribonería debe fundarse esencialmente en él. Pero son víctimas del lóbrego antifeminismo que recorre las novelas picarescas. También ellas omiten cualquier detalle relativo a su sexualidad infantil; pero, cuando ya desde la adolescencia se relacionan tan maliciosamente con los hombres difícilmente puede pensarse en una niñez poco experimentada. La pícara fundadora, Justina había marcado el rumbo. Cuenta cómo, cuando vio que podía criarse sin su madre, buena moza y excelente bailadora, se fue de casa convencida de "que el amor se declina por solo dos casos", dice, el dativo y el genitivo. En el primer pueblo en que para, Arenillas, se descubre a sí misma; se ha puesto a bailar ante numerosos campesinos que la miran con lujuria. En ese momento descubre su porvenir y se lanza a él con diversos enamorados sin dejar de ser doncella. Hasta que, rendida al fin, acepta un novio; pero, en la noche de bodas, se le queda jugando a las cartas , y ella, cansada de esperar, acaba durmiéndose.
Una palabra, que no puede faltar, sobre Cervantes; no le gustaban nada las novelas picarescas porque, en ellas, el protagonista contaba su propio vivir estando aún con vida. Pero le interesaron mucho los pícaros, aunque de otra naturaleza, e introdujo algunos en sus novelas. Así, el Carriazo de La ilustre fregona; a los trece años abandona su hogar pues quiere vivir una experiencia de libertad que, según el autor, placía a muchos hijos de caballeros principales. Y es que la picardía ofrecía satisfacciones en medio de las penurias; Guzmán de Alfarache exclama en un momento de euforia. "¡Qué linda cosa era y qué regalada!". Al acabar su experimento, Carriazo se echa a los pies de su padre en demanda de perdón; pasado algún tiempo, se casará con una hermosa doncella -bien distinta en esto a la concubina del arcipreste toledano - y pasado más tiempo, tendrá tres hijos estudiando en Salamanca. Un final feliz, incompatible con la novela picaresca. Indudablemente, al nacer, no había contraído el fomes. En cuanto a Rinconete, asegura Cervantes que era, "aunque muchacho, de muy buen entendimiento y tenía un buen natural". Tampoco había recibido, pues, la herencia malvada del Paraíso a través de su padre, intachable vendedor de bulas. Ninguno de los muchachos hubiera podido, por tanto, ser protagonistas de novela picaresca, no tenían cabida en el género por buenos.
Ya hemos dicho que los rufiancillos de esos relatos llegan a adultos convertidos muchas veces en rufianes plenos con graves delitos a su espalda; son la consecuencia natural de la niña o el niño que vivieron su infancia rodeados de depravación, sin juzgarla y aprovechándola, que atravesaron velozmente la adolescencia aprendiendo ardides, tretas y artimañas, ellas empleando para sus negocios el sexo, y ellos, hasta casi mozos, desentendidos de él, a pesar de que sus madres eran un turbio espejo de indecencia amatoria; con todo, pierden pocas ocasiones de sacarle provecho. Al final, algunos son ya personas casadas; Lázaro de Tormes había dado un desvergonzado ejemplo; acabamos de ver a Justina desposada con un novio que, en ápice tan señalado, prefiere el naipe. Guzmán de Alfarache utiliza abyectamente a su esposa. Otros y otras han seguido peores derroteros. Así, La hija de Celestina, de Salas Barbadillo, no está escrita excepcionalmente en primera persona, y ello porque el autor ha decidido que muera en garrote vil; otro, pues, debía ser quien contara sus miserables proezas. El Buscón quevedesco termina con Pablos participando en dos homicidios, acogido a sagrado en la catedral de Sevilla y preparando su escapada a Indias con una ninfa callejera; es, por tanto un declarado delincuente, y ha pasado ya el límite de la edad picaresca. Al Andrés del doctor Carlos García y al bachiller Trapaza de Castillo se les condena a galeras por su mal vivir. Todos los cultivadores de esta clase de narración estaban, pues, en desacuerdo con Cervantes y con el blando y dichoso porvenir de Rincón y Pintado.
Y al genial alcalaíno le extrañaba que tales gentes fuesen tan respetuosos con la religión. Un mozo esportillero, cuenta a Cortadillo cómo el robo constituye una alabanza a Dios. Porque, dice, como los pícaros, en este caso los de la corte de Monipodio, no se confiesan, nadie les manda restituir, y si se publican excomuniones contra los ladrones, ellos no se enteran porque no van a la iglesia. Pero sí que lo hacen otros, que no acuden a templos y romerías por devoción, sino a lucir el tipo, no por celo espiritual, sino para ver si de ello se les sigue algún provecho. Quevedo hace a su buscón galán de monjas; era algo corriente en los conventos de clausura; el pícaro se echó una novia de entre rejas e iba a la iglesia para verla - "como tordo en jaula," dice Pablos, y, como mucho, para darse "un paloteadico con los dedos"; pero vive algún tiempo a costa de la reverenda. La religión no merece, pues, excepción alguna: se pone al servicio de los tejemanejes picariles. Otro truhancillo se expresa así: "En lo que toca a la religión, somos medio cristianos, pues de dos mandamientos principales que hay en la ley de Dios, guardamos el uno, que es amar a Dios, pero no al prójimo". Pero los hay que oyen misa diaria, lo cual consideran práctica compatible con la de estafar y burlar. Y hasta el pícaro de Mateo Alemán llega a casi ser sacerdote con el fin de asegurarse la manduca para siempre; la arranca de tal propósito una guapa mujer con la que se casa, declara, por "delectación", Enseguida, cerrando los ojos, saca provecho de la ella. Hay, sin embargo, golfos piadosos que, como Alonso, el donado hablador, acaba con su vida aventurera haciéndose ermitaño. Insisto: lo religioso y los religiosos son meros instrumentos argumentales al servicio de aquel vivir depravado.
A cambio, los autores conciben sorprendentemente sus novelas con propósito ejemplar. Lázaro escribe su biografía para enseñar que es posible llegar a buen puerto remando "con maña y fuerza"; el propósito del autor es claramente sarcástico, pues ya sabemos a qué buen puerto salió su personaje: al de maridillo. Pero sus seguidores se tomaron en serio lo del propósito docente del género, y lo confiesan en sus prólogos. Empezando por el gran Mateo Alemán que deseaba moralizar, y no se le quedó corta la mano: centenares de páginas consagra a instruir en el bien a los lectores, censurando las fechorías que acaba de inventarle al de Alfarache. Alemán no ve contradicción alguna entre los dos componentes de su enorme relato, pues advierte, con lógica culinaria, cómo, en las buenas mesas, ha de haber manjares para todos los gustos. Quien redactó el privilegio otorgado a López de Úbeda para que imprimiera La pícara Justina, era un señor que, como buen censor, tenía pocas luces, y le hace firmar al rey que el libro le parecía "muy útil y provechoso y contenía cosas muy curiosas acerca de la moralidad y de las buenas costumbres" A Quevedo le alabaron desde el arzobispado de Zaragoza que hubiera escrito algo tan útil como es El Buscón, para enseñar el virtuoso vivir. Y en Barcelona, un trinitario aprueba La niña de los embustes certificando lo provechoso de su contenido para el espíritu.
Este proceder eclesiástico parece muy extraño. Procede, sin duda, de una cultura que cree en la enseñanza mediante contrarios, como consecuencia de la mentalidad barroca - con fuertes residuos hoy aún - en la cual conviven sin estorbarse lo sagrado y lo profano. Esto no acontecía en el Lazarillo de Tormes, donde el autor declara la pretensión de ejemplaridad con sarcasmo, pues quiere enseñar cómo se pasa de mendigo a pregonero consentido. Y es que a mediados del XVI, con el Renacimiento, nuestro país era otro del de medio siglo más tarde: está en el esfuerzo de dar lo suyo al cielo, pero dejando a los hombres el reino de la Tierra.
Ese pequeño caudal de narraciones truhanescas vive entre su modelo, el Lazarillo de 1554, pasando por su prototipo, el Guzmán, y acabando con las obras del último cultivador con talento del género, Alonso de Castillo Solórzano, muerto a mediados del siglo XVII. Su contenido no es precisamente ejemplar; consiste en hacer que un sujeto, de pobre y vil origen, cuente su vivir, mediante una alternancia casi mecánica entre sus engaños victoriosos y la punición por ellos, alguna vez en el cadalso. Es cierto que la invención picaresca, con sus desfachatados argumentos, no retrataban una realidad característica de nuestro país: los muchachos de mal vivir poblaban Europa. Lo admirable es que un desconocido español ve en ellos una inédita posibilidad para la elaboración literaria, e inventa esa criatura fictiva que se llamó Lázaro de Tormes. La forja de esa criatura es muy importante, pero lo es mucho más lo que tenía de original la construcción narrativa. Ya me he referido a ello. Primero, por traer el relato a un lugar y a un tiempo concretos; puede argüirse que la novela corta lo hacía - ¡piénsese en aquellas espléndidas excursiones de Boccaccio por sus alrededores florentinos!-, pero trataba de anécdotas que acontecían en un tiempo interior breve y, sobre todo, con protagonistas adultos que no cambiaban, que ya estaban hechos al empezar su anécdota. La novedad que el Lazarillo y sus seguidores aportan a la narrativa moderna es que el protagonista empieza contando su niñez y siguiendo contándose hasta el momento, ya hombre hecho y derecho, en que termina su confesión. En efecto, el de Tormes declara en el prólogo de su autobiografía que desea "dar noticia entera " de sí : ese propósito tan simple constituye un hallazgo fundamental. El niño no existe o apenas se le menciona en las narraciones antiguas de tipo religioso, mítico épico o caballeresco; mencionan a veces al héroe infante, pero el relato propiamente dicho empieza cuando se ha hecho adulto, y se lanza a cumplir su destino. Esto podemos comprobarlo con un ejemplo de enorme valor: los Evangelios. Los pocos relatos sobre héroes infantiles que nos legó el mundo antiguo los mantienen siempre en la edad pueril y no evolucionan.
Todas estas cosas confieren a nuestra novela picaresca un relevante papel en la literatura europea, sobre la cual tendrá consecuencias evidentes: un héroe vulgar, un ámbito geográfico e histórico nada imaginarios, y, sobre todo, unos pilares constructivos sobre los cuales discurre el azaroso vivir de un niño o de una niña que van creciendo en edad y contando qué les pasa al pasar los años. En este caso concreto, al hacerse pícaros y hasta malhechores después. Hoy todo esto - que los personajes del relato habiten en lugares conocidos, y que lo narrado discurra mediante una sucesión cronológica de los episodios, aunque con una conexión argumental más o menos leve en los primeros pasos de la picaresca - esto, repito, que hoy nos parece tan simple, es el núcleo fundador del gran género literario de la modernidad: la novela. Pasando, claro es, por la senda creadora de Cervantes, vendrán después Grimelshausen, Lesage, Smollet, Defoe o Fielding, No es manca, pues, la aportación de aquel librillo, que empezó siendo la confesión de un pobre desgraciado, Lázaro de Tormes, con una enorme carga potencial de subversión, lo cual le valió ser incluido en el Índice de libros prohibidos de 1559, de donde se escapó, vía Países Bajos, para emprender su aventura germinal y fecunda por el arte del mundo.
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