Contestación del Excmo. Sr. Don Eduardo García de Enterría MADRID, 1 de junio de 2003
I
EL ingreso de Luis Ángel Rojo en nuestra Corporación es un suceso fasto, que incorpora a nuestra compañía virtudes y cualidades pocas veces reunidas en una sola persona con tal grado de excelencia.
El nuevo académico es, notoriamente, un economista cualificado, que goza de un prestigio y de una admiración general y sin reparos; pero a la vez que un gran técnico y un magnífico profesor, que ha formado a promociones enteras de economistas. Luis Ángel Rojo ha sido un gran servidor del Estado, en funciones clave para el desarrollo de nuestra sociedad y para el bienestar de todos los españoles, de modo que todos hemos sido y somos beneficiarios directos de su labor, que no ha sido simplemente especulativa y profesoral.
Madrileño de 1934, hizo primero la Licenciatura en Derecho, opositando seguidamente al prestigioso cuerpo de Técnicos Comerciales del Estado, en el que ingresó con el número 1 a los veintitrés años, 1957. Ganado por la especialización económica, acomete seguidamente la carrera de Ciencias Económicas, que culmina brillantemente en 1961. Ese mismo año obtiene una beca que le permite especializarse en la "London School of Economics", uno de los centros más reconocidos y admirados en la materia. A su vuelta, gana la plaza de Profesor Adjunto de Teoría Económica en la Universidad Complutense, y en 1966, la cátedra de esa misma disciplina, en la vacante dejada por don Valentín Andrés Álvarez.
Luis Ángel Rojo entra así a regentar una de las cátedras más importantes de las Facultades de Ciencias Económicas, cátedra que pasará a ser bajo su impulso una de las primeras en la materia en toda España. Su Departamento y la labor formativa e investigadora cumplida por él mismo serán enseguida señaladas como extraordinarias.
Es por ese prestigio por lo que es llamado en 1971 por el Banco de España para dirigir su Servicio de Estudios. El Servicio que organiza Rojo y que mantendrá durante diecisiete años pasó a ser memorable (puede verse una reseña puntual de su actuación, incluyendo la relación de los profesionales que pasaron por él, en el libro del Prof. Pablo Martín Aceña, El Servicio de Estudios del Banco de España, 1930-2000, que dedica todo un capítulo a la obra cumplida por Rojo). Como órgano asesor del Banco, el Servicio puso a punto las técnicas más depuradas para llevar a efecto una política monetaria efectiva, que el Banco sólo en contadas ocasiones había realizado hasta entonces, lo que determinó nada menos que una verdadera transformación de sus funciones propias; pero, a la vez, el Servicio de Estudios pasó a ser un centro de formación de profesionales altamente cualificados, incluso con estudios sistemáticos en centros extranjeros, a los cuales el propio Banco pasó a utilizar en sus propios servicios gestores inmediatamente, así como otras entidades financieras y empresariales. Rojo se reveló aquí, disponiendo de los medios que consiguió que el Banco le prestara, como un formidable formador de especialistas de la más alta cualificación, función que el Servicio ha seguido manteniendo desde entonces.
En 1988 Rojo ingresa en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. No sorprende por ello que en 1988 fuese llamado al escalón directivo del propio Banco, como Subgobernador del Banco de España, cargo que ejerció hasta que en 1992 fue designado ya Gobernador, el cargo de gobierno superior del Banco, donde, finalmente, tuvo ocasión de aplicar sin restricciones su concepción moderna de la institución. Ello hizo posible, simplemente dicho, que España ingresara en 1999 en la Unión Económica y Monetaria Europea, que es el estrato más alto de integración nunca alcanzado por las Comunidades Europeas, a las que el Tratado de Maastricht de 1992 (que fue el que puso en pie esa transcendental Unión Económica y Monetaria, que los ciudadanos conocemos sobre todo por la adopción del Euro como moneda común de doce de los quince Estados de la Unión, entre los cuales el nuestro) había dado ya el nombre de Unión Europea. Rojo pone a punto el Banco de España para sus nuevas funciones. De acuerdo con las exigencias del Tratado, art. 105, fue aprobada la Ley de Autonomía del Banco de España, de 1 de junio de 1994, Ley que adapta esta histórica institución, cuyas primeras manifestaciones se remontan al siglo XVIII, a su nuevo papel en el Sistema Europeo de Bancos Centrales, que terminará despojándole de las dos grandes funciones que le venían caracterizando desde sus orígenes, la emisión de billetes (que pasará a ser una potestad exclusiva del Banco Central Europeo) y la concesión de anticipos de tesorería al Estado, fuente básica hasta entonces del sistema financiero público. El Banco de España, cuya función primera pasa a ser la de "lograr la estabilidad de los precios" (art. 7.2 de su Ley de Autonomía), sin perjuicio de la cual apoya la política económica general del Gobierno, sufre una transformación transcendental, que le convierte en la más relevante de las llamadas Administraciones independientes españolas y que liderará, con el buen sentido y la seguridad de juicio que le caracteriza, Luis Ángel Rojo. Será el Gobernador de esta institución completamente renovada por un período de ocho años, sin posibilidad legal de renovación. El año 2000, pues, Rojo concluye sus funciones directivas del Banco, cuyo ejercicio puede decirse sin exceso que ha marcado la historia de la institución.
Pero, a la vez, y ya dentro de la Unión Económica y Monetaria Europea, Rojo ha destacado, a su vez, por su papel en la puesta en pie del Sistema Europeo de Bancos Centrales y del Banco Central Europeo, participando, con un papel destacado, que se impuso por su propio peso personal, en los debates y sesiones conjuntas con los órganos comunitarios y con las representaciones de los demás Estados de la Unión. Fue entre 1994 y 1998 Vicepresidente del Instituto Monetario Europeo, que es el centro que preparó la puesta en práctica de la Unión Económica y Monetaria y la configuración del Banco Central Europeo. Ello explica que Rojo fuese designado uno de los miembros del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo, desempeñando el cargo desde 1998 al año 2000.
La eficacia de la gestión de Rojo desde el Gobierno del Banco de España (desde 1994, en virtud de la Ley de Autonomía, titular casi a título personal de toda la política monetaria española) y como Consejero del Banco Central Europeo ha dejado notar su influencia directa y beneficiosa sobre toda la economía española, de modo que no podría desdeñarse su magnífico trabajo en el notable crecimiento de la economía española desde 1996 hasta las disfunciones creadas por la situación internacional de los dos últimos años, que, en todo caso, han permitido a la economía española destacarse, en términos generales, entre todas las demás europeas.
Esa realmente impresionante trayectoria personal de servicio público no ha impedido a Luis Ángel Rojo publicar libros y artículos científicos de una calidad reconocida. No menos de nueve libros, además de un centenar de artículos, de los cuales una decena publicados fuera de España, donde su autoridad es reconocida y respetada, constituyen una bibliografía que es notable por su rigor y autoridad.
Entre los libros, citaremos Keynes y el pensamiento macroeconómico actual, 1965; Teoría económica del crecimiento, 1966; El nuevo monetarismo, 1970; Renta, precios y balanza de pagos, 1975; Inflación y crisis en la economía mundial, 1976; La política monetaria en España: objetivos e instrumentos, 1977; Marx: Economía y sociedad (en colaboración con el sociólogo Víctor Pérez Díaz); Keynes: Su tiempo y el nuestro, 1985 (libro al que luego me referiré); El sistema monetario europeo, 1988. Rojo es uno de los introductores en España de la macroeconomía, unida en su origen al nombre de Keynes, del moderno monetarismo y sus aportaciones a la teoría económica continúan teniendo la mayor autoridad.
Debo detenerme un momento en el formidable servicio al Estado y a la sociedad española que Luis Ángel Rojo ha cumplido a lo largo de toda su vida; sin exceso puede afirmarse que todos los españoles le somos deudores. La Economía no ha sido para él una simple materia de reflexión, sino que se ha implicado resueltamemente en ella en cuanto técnica de organización política y de mejora de la sociedad. Desde su ingreso en la Administración del Estado como Técnico Comercial del Estado antes de cumplir los 30 años, Rojo participó ya activamente en la gran reforma económica que se inició poco después, en 1959, y que está en el origen mismo de nuestro espectacular desarrollo económico iniciado justamente con esa reforma, que rompió resueltamente con las torpes e ingenuas ideas de la autarquía y del dirigismo ocasional y casuístico vigentes hasta entonces, insertándonos resueltamente en la OCDE (Organización Europea de Cooperación y de Desarrollo Económico, que es una de las organizaciones internacionales más prestigiosas y efectivas), en el Fondo Monetario Internacional y en el Banco Mundial. Rojo estuvo directamente implicado en los equipos técnicos que prepararon esa formidable revolución, imaginamos fácilmente con cuánto entusiasmo. En 1971, apenas diez años después, ya reconocida su calidad universitaria poco común, fue nombrado, como ya notamos, Director General de Estudios del Banco de España, cumpliendo una labor decisiva para la tecnificación y depuración de una entidad lastrada por pesadas inercias, como ya hemos observado.
Esa labor excepcional fue coronada por la designación del Profesor Rojo primero como Subgobernador del Banco y luego, finalmente, en 1992, por ocho años completos, como Gobernador. El Estado confió así en nuestro recipiendario la máxima responsabilidad en el órgano de la política monetaria española, responsabilidad que asumió y cumplió con el mayor empeño y con un éxito completo. Como también notamos, tuvo una participación destacada en la formación de la Unión Económica y Monetaria y en la posterior puesta en marcha del capital Banco Central Europeo y el Sistema Europeo de Bancos Centrales, que marca el panorama actual más avanzado de la ordenación de esta importante materia.
Luis Ángel Rojo ha sido así un hombre absolutamente clave en la evolución económica española de su tiempo. Se nos presenta, y es lo que ahora quiero resaltar, como un verdadero modelo de servidor del Estado, en el sentido más noble de la expresión. En ello viene a coincidir con quienes considero que son sus dos más visibles y cualificados antecesores en la especialidad económica en los casi tres siglos de esta Real Academia: don Pedro Rodríguez Campomanes, que fue académico durante treinta y nueve años (1763-1802), y don Gaspar Melchor de Jovellanos (aunque a este último las pasiones políticas le impidieron que pudiera prestar a la colectividad todas sus formidables potencialidades), que lo fue de 1783 a 1811. Como ahora Rojo, esos dos formidables ilustrados fueron, a la vez, reformadores resueltos de la sociedad española y de sus instituciones, desde su posición de servidores calificados del Estado. Ha habido más economistas que ellos en nuestras filas, como el gran hacendista Raimundo Fernández Villaverde (1902-1905); más próximamente, el Profesor Jesús Prados Arrarte, que apenas si ocupó su plaza durante un año, de 1982 a 1983, y, desde 1991, el Profesor José Luis Sampedro, que ha compaginado con brillantez la economía y la literatura, aunque alzaprimando resueltamente esta última. Como esos dos antecesores ilustres que he destacado, Luis Ángel Rojo es el tipo mismo del gran servidor del Estado, que realiza su vocación, servida con una gran sabiduría, elevando el nivel colectivo de la nación, aquí, en concreto, su desarrollo económico y el nivel de vida de sus compatriotas. No hay en esta afirmación, como tampoco en el paralelismo con sus grandes antecesores, exageración alguna. Quienes a partir de hoy vamos a ser sus compañeros nos enorgullecemos legítimamente de estos altos servicios prestados por él a la comunidad con tanta calidad intelectual y moral.
II
Como tributo rendido a la Academia, el recipiendario nos ha ofrecido un precioso discurso que acredita tres cosas relevantes: la universalidad de su curiosidad, por de pronto, su rara penetración sociológica sobre medio siglo de la sociedad española, y específicamente la madrileña, y, en fin, su excelente pluma literaria. Como los dos antecesores que he destacado, Luis Ángel Rojo es un verdadero ilustrado y su discurso lo demuestra definitivamente.
Sus aficiones literarias no eran difíciles de adivinar ya en su obra de economista. En su excelente libro Keynes: su tiempo y el nuestro, editado por Alianza Universidad en 1984, basta con leer su primer capítulo, "Maynard Keynes: una introducción". Rojo hace un brillantísimo retrato personal de este economista, que revolucionó la ciencia económica e inició la nueva teoría económica que desde entonces rige, aunque sus doctrinas hayan tenido que ser, por fuerza, ajustadas y depuradas, cuando no rectificadas. Personaje fascinante para Rojo, que se encontró en Inglaterra con muchos de sus discípulos y amigos. He aquí el retrato que nos brinda:
"Keynes poseía una inteligencia profunda y rápida por la que nunca se sintió obligado a disculparse, pero que no le indujo a la arrogancia; fue un seguidor apasionado de los problemas de su tiempo...; era brillante e ingenioso en la conversación, estimulante en la discusión, paciente con sus contradictores, pero irritable con quienes se aferraban a opiniones viejas y argumentos de autoridad; y siempre estuvo dispuesto a la lucha pública por sus ideas con todos los medios a su alcance —discursos, memorandos, artículos, panfletos, libros— y con todas sus armas: la ironía, el sarcasmo y, si lo juzgaba preciso, la simplificación y la exageración... Era extrovertido, impulsivo, amable, generoso, inmensamente leal con sus amigos —especialmente los de juventud— y con las instituciones que moldearon su vida; fue economista original y profundo, especulador afortunado, administrador eficaz y negociador hábil; fue, en fin, escritor de pluma fácil y, con frecuencia, brillante, biógrafo perceptivo, intelectual de intereses múltiples y aficionado activo e incluso apasionado en campos tan varios como la literatura, el teatro, el ballet, la pintura y la bibliofilia. Aún cabría añadir que fue afortunado en amores; primero, en lo que se ha llamado la Gavota de Bloomsbury, danza con cambio frecuente de parejas, y sin atención excesiva a las diferencias de sexo; después, en su matrimonio con la bailarina rusa Lydia Lopokova".
El retrato continúa con el mismo frescor, tan infrecuente en un libro científico. Digamos que, habiendo sido Keynes (que decía: "no puedo permitirme el lujo de ser sólo profesor") integrante del famoso grupo de Bloomsbury, como hemos visto, Rojo maneja con la misma soltura las referencias a los escritos científicos de Keynes o de los economistas que le glosan o discuten que a las obras literarias del grupo: Virginia Woolf, Lyton Strachey, Leonard Woolf, David Garnet, Foster, los grandes nombres que marcaron indeleblemente el arte y los ideales de su tiempo. "Nos proponíamos edificar algo nuevo —había descrito así el grupo uno de sus miembros, Leonard Woolf—: estábamos entre los constructores de una nueva sociedad, que debería ser libre, racional, civilizada, orientada a la verdad y la belleza". En el grupo Maynard Keynes se movió como el pez en el agua, y ahora Luis Ángel Rojo recrea ese ambiente con precisión y humor.
Por eso se explica bien que la visión que ofrece el discurso que nos ha resumido Rojo no se refiera a ningún abstruso problema de la ciencia económica, en la que es maestro reconocido, sino a algo tan radicalmente diferente como un análisis del gran don Benito Pérez Galdós, contemplándolo enfrentado con la sociedad madrileña con la que se encontró y que retrató incansablemente con una rara perfección.
Debo decir que el vivísimo cuadro que nos ha ofrecido carece de todo precedente, que yo conozca, al menos, y que está resuelto con una admirable lucidez, además de con una excelente prosa.
La bibliografía sobre Galdós, tras el injusto eclipse a que le sometió la generación del 98, es hoy inabarcable, como corresponde a nuestro indiscutible primer novelista —después, es claro, de Cervantes, que nos contempla a todos desde su retrato en este acto—. Pero puede y debe decirse con justicia que el penetrante análisis de este discurso, tan bien articulado, pasa desde hoy a ser uno de los más relevantes.
Galdós mismo ofreció, en su discurso en esta casa, el día 7 de febrero de 1897, una reflexión sobre el mismo tema que ahora retoma valerosamente Luis Ángel Rojo, con el título de "La sociedad como materia novelable", discurso que debo decir que nos defrauda un tanto, por su brevedad y esquematismo, primero, y por las pocas pistas que nos ofrece sobre su magistral modo de novelar, después. Galdós había sido elegido por la Academia el día 13 de junio de 1889, a propuesta de Cánovas del Castillo, el Conde de Cheste —estos dos personajes parecen extraídos de alguno de sus magistrales Episodios Nacionales— y, en tercer lugar, del dramaturgo Tamayo y Baus. Se intuye, dados los casi ocho años transcurridos desde su elección, que Galdós debió ser apremiado para que formalizase su ingreso y que acaso por ello su discurso tuviese que improvisarse. Lo único que nos cuenta aquí Galdós es que por "las condiciones del medio social en que vivimos como generador de la obra literaria lo primero que se advierte en la muchedumbre a que pertenecemos es la relajación de todo principio de unidad. Las grandes y potentes energías de cohesión social no son ya lo que fueron, ni es fácil prever qué fuerzas sustituirán a las perdidas en la dirección y gobierno de la familia humana". Este es el tema del discurso galdosiano, el atomismo de la sociedad en la que vive, "el hoyo pantanoso en que nos revolvemos y asfixiamos"; no hay estructura alguna visible, sólo una "muchedumbre consternada", tras "la descomposición de las clases sociales forjadas por la historia"; "pueblo y aristocracia" han perdido sus "caracteres tradicionales" y "la llamada clase media, que no tiene aún existencia positiva, es tan sólo informe aglomeración de individuos... el producto de la descomposición de ambas familias: de la plebe, que sube; de la aristocracia, que baja". Es una "enorme masa sin carácter propio, que absorbe y monopoliza la vida entera". Pero esta "descomposición" no implicará que "la literatura narrativa ha de perderse porque mueran o se transformen los antiguos organismos sociales". Y eso es todo. Es un discurso excepcionalmente compendioso, que acaso vino a suplir la espléndida y extensa contestación de don Marcelino Menéndez y Pelayo, que hizo un análisis de la novelística de Galdós, en el panorama de la literatura universal, análisis verdaderamente notable; el primero, podemos decir, de los estudios que seguirán haciéndose hasta hoy del formidable novelista.
La reflexión que nos propone ahora Luis Ángel Rojo es mucho más precisa y ajustada a la concreta evolución histórica, tanto de las ideas de Galdós como de la propia sociedad madrileña durante los cincuenta años en que el gran novelista la retrata, como bien habéis podido apreciar en las partes del mismo que nos ha leído en este acto público.
No voy, naturalmente, a intentar resumir exposición tan densa y matizada ni, mucho menos, a glosarla o discutir con ella. Sólo observaré que Rojo nos ofrece una muy fina exposición de la evolución mental de Galdós en su encuentro con la sociedad madrileña desde que, viniendo de Canarias a los diecinueve años, se enfrentó resueltamente con una compleja realidad que para él era completamente nueva y que hizo de acicate permanente a su impresionante obra de novelista. Rojo observa penetrantemente que Galdós pasó por una serie de fases sucesivas en la valoración de esa sociedad. Pone en relación esa evolución con el propio dinamismo social de Madrid, que matiza a su vez según los cambios urbanísticos y económicos (que él conoce tan bien) que la ciudad va experimentando durante el período de que se trata. Como la variación de la estimación galdosiana se manifiesta, sobre todo, en su obra novelística, Rojo examina la evolución de ésta, dando pruebas de un notable conocimiento del gran corpus galdosiano. Este teclado múltiple es el que maneja, como un excelente virtuoso, nuestro nuevo compañero.
El resultado de la puesta en común de esa variedad de perspectivas (sociológicas, económicas, literarias, históricas) nos resulta tan sugestivo como penetrante.
Galdós, que comienza su carrera de gran narrador lleno de admiración y de esperanza en las nuevas clases medias que ha alumbrado milagrosamente la espectacular liquidación del Antiguo Régimen, realizada por las revoluciones democráticas y entre nosotros como una más de las consecuencias directas de la guerra de independencia (sin duda, Madrid era la modernidad llena de atractivo para un joven que venía de unas islas que aún gravitaban sobre los antiguos valores y estructuras), va poco a poco variando en esa apreciación. Primero es que el dinamismo inicial que anima a esa nueva clase ascendente se va estancando, como consecuencia de una inesperada "vocación rentista" y por su curiosa alianza, incluso matrimonial, con la vieja nobleza, cuyo estilo de vida mantiene sus prestigios. Luego está la amargura que en Galdós produce el fracaso de la Revolución liberal de 1868, por el asesinato de Prim en primer término, por el absurdo despeñadero que conduce a la experiencia republicana, luego. Las clases medias, tan esperanzadoras, no cumplen lo que de ellas parecía lícito esperar.
Por otra parte, Galdós creía en la construcción de un Estado liberal próspero y tolerante. La Iglesia había recuperado una parte de su antigua posición al amparo del Concordato de 1851. Los funcionarios, lejos de resultar agentes de una sociedad nueva y dinámica, habían caído fácilmente en la corrupción; el sistema de cesantías, tan magistralmente retratado en Miau, había minado, finalmente, cualquier prurito de independencia. Galdós, que apenas ha asignado un papel en su obra a las "clases populares", comienza a mirar hacia ellas para buscar alguna luz de esperanza. Creyendo fracasada la Restauración, comienza, con el siglo XX, a expresar inquietudes sociales, que concluirán por llevarle derechamente a la política, lo que hasta entonces había excluido de manera resuelta. La expresión literaria de este nuevo período son, sobre todo, sus obras teatrales, pero su evolución va a culminar con su sorprendente y resuelta entrada en la política, dentro del republicanismo y, en el seno de éste, partidario resuelto de la conjunción con los socialistas; incluso pasa a representar ese partido político en el Congreso de los Diputados. Es, sin duda, un nuevo Galdós, que de la contemplación y el mero retrato objetivo de la sociedad que tiene enfrente, entra resueltamente como actor, y actor apasionado, en las pugnas sociales, luchando activamente por un cambio que considera inevitable y la única esperanza de España.
El magnífico cuadro que nos ha trazado Luis Ángel Rojo, lleno de sabiduría y belleza, a la vez historia social, económica, política y literaria, constituye una justificación definitiva de su entrada en esta casa, si no fuera ya suficiente para ello su extraordinaria obra de economista, de profesor y de ejemplar servidor del Estado.
Me complace por ello darle la bienvenida a esta casa, donde es fácil pronosticar que se sentirá enseguida como en la suya propia.
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