Emblema de la Real Academia Española
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EAL ACADEMIA ESPAÑOLA
Real Academia Española

Contestación del Excmo. Sr. Don Gregorio Salvador Caja

MADRID, 4 de junio de 2003

SEÑORES ACADÉMICOS:

HABÉIS delegado hoy en mí la voz corporativa de la Academia para darle la bienvenida a Margarita Salas y para que haga relación de los méritos y valores que nos movieron a elegirla para ocupar el sillón i minúscula, letra que ella ya ha vinculado, en el discurso que le acabamos de oír, con la actividad que ha constituido el núcleo y el norte de su vida: la investigación científica. Me habéis honrado con esta encomienda y os lo tengo que agradecer, pues es para mí altísimo honor recibir, en nombre de la Academia, nada menos que a la Presidenta del Instituto de España, es decir, a la mujer que, dentro de los organigramas culturales del Estado, nos viene presidiendo desde 1995.

  No era yo, como bien sabéis, la persona llamada a contestar su discurso y a poner de relieve la magnitud de su obra. Pero la muerte de nuestro compañero don Ángel Martín Municio, que había sido su primer profesor de Bioquímica, que había defendido ante el Pleno académico su candidatura, con sólidas razones y contundente argumentación, ha dado lugar a que sea un filólogo y no un científico quien reciba a la primera mujer de Ciencia que ocupa un sillón en esta Casa. No podré, pues, entrar a fondo y con verdadero conocimiento, como él lo hubiera hecho, en la valoración de una obra científica que es admirada y reconocida por los entendidos y que la ha hecho acreedora de un sinfín de honores, galardones, nombramientos y premios, cuya relación se haría inacabable, pero baste decir que, desde 1988, pertenece a la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, que en 1991 recibió el Premio Carlos J. Finlay de la UNESCO, en 1994 el de Investigación Rey Jaime I, el Premio México de Ciencia y Tecnología en 1998, en 1999 el Premio Nacional de Investigación Santiago Ramón y Cajal y en 2000 el título de Española Universal de la Fundación Independiente.

  En esa lista de galardones se halla también un Premio a los Valores Humanos, y de esos valores, que de la fuerte personalidad de Margarita Salas se irradian, sí que creo que puedo hablar con algún conocimiento. Como ella ha apuntado, coincidimos durante tres años, de 1989 a 1991, en la Comisión asesora de la Fundación Juan March y allí se fue afianzando una mutua estimación que vino a consolidarse en mantenida amistad. Admiré, desde el primer momento, su discreción, la firmeza de sus juicios, nunca apresurados, su modestia, la afabilidad de su trato, la claridad de su pensamiento. Y su rigor profesional. Una mujer entregada a la ciencia con seriedad y con gusto, sin perder el sentido de la medida y abierta siempre a la comprensión de otros saberes y a la atracción de otros reclamos.

  Margarita Salas es asturiana. Nació en un pueblecito, Canero, próximo a Luarca, casi estrictamente paisana, pues, de quien habría de ser su maestro y mentor: don Severo Ochoa. Muy pronto, la familia se traslada a Gijón, que es donde cursa los estudios primarios y secundarios, en un colegio de monjas. Cuando termina el bachillerato, se viene a Madrid, para seguir, en la Universidad Complutense, el llamado curso selectivo para las carreras científicas. Sus dudas estaban entre estudiar Ciencias Químicas o Medicina y, por entonces, no había aún Facultad de Medicina en Oviedo. Optó finalmente por la primera de esas licenciaturas, pues la química orgánica la apasionaba y acaso la posible opción médica estaba, más que nada, influida por la profesión de su padre. Claro que, finalmente, iría a parar a la Biología Molecular, disciplina de la que fue introductora en España, un territorio poblado de virus y de bacterias que ha venido a ser punto de encuentro de médicos y de químicos.

  Concluido su tercer curso de carrera, en 1958, durante las vacaciones de verano, conoce personalmente a Severo Ochoa. Había sido compañero de su padre en la Residencia de Estudiantes y entre ambos existía una lejana conexión familiar; su padre lo invita a comer, en familia, aprovechando su estancia en Gijón y la joven estudiante de Químicas queda fascinada por la personalidad del sabio, por los mundos que le abre con su conversación, por la sencillez y amabilidad de su trato. Al día siguiente lo acompañan a Oviedo, donde va a dar esa tarde una conferencia, y con ella le descubre el excitante mundo de la biología. Le promete —y lo hará— enviarle un libro de Bioquímica, materia que ella va a cursar el año siguiente, y le aconseja que se doctore en Madrid y que luego se vaya a Nueva York para hacer el postdoctorado en su laboratorio. Le marca así la ruta de su vida.

  Se doctora en 1963 por la Universidad Complutense, bajo la dirección del profesor Alberto Sols, que había accedido a hacerlo gracias, seguramente, a la carta de recomendación de Severo Ochoa, pero que confiaba poco en la continuidad y constancia de las mujeres para doctorarse y que, como confesaría muchos años más tarde, con ocasión de recibir ella el Premio Severo Ochoa de Investigación de la Fundación Ferrer, le dio un tema de trabajo sin demasiado interés, porque así no se perdía gran cosa si no lo sacaba adelante. Pero sí se hubiera perdido algo importante, porque no sólo concluyó la tesis sino que vislumbró, por primera vez en su carrera científica, la emoción de descubrir, de la que le había hablado Severo Ochoa aquella tarde de Gijón. Descubrió una propiedad de la glucosa-6-fosfato isomerasa inédita hasta entonces: su actividad de anomerización.

  En esos años de su doctorado adquirió una más completa formación en el campo de la Bioquímica y conoció a un compañero, Eladio Viñuela, con quien compartiría inquietudes, trabajos e ideas y que luego sería su marido. Se doctoraron y se casaron en 1963 y, de inmediato, se marcharon a trabajar con Severo Ochoa en su Departamento de la Escuela de Medicina de la Universidad de Nueva York; él los puso en distintos grupos de trabajo. "Así, por lo menos, aprenderéis inglés", les dijo; pero ella supone, que sin dejar de ser cierta esa finalidad, la verdadera intención del maestro era que cada uno de ellos desarrollase su propia personalidad científica.

  Los tres años que pasaron allí fueron decisivos. A su llegada —mediados de 1964— se acababa de terminar la fase febril del desciframiento de la clave genética y Ochoa le dio como tema de investigación a nuestra hoy nueva académica el de determinar la dirección de lectura del mensaje genético. Un año más tarde publicó el primer trabajo sobre este asunto, demostrando que el ARN mensajero se lee en dirección 5' a 3'. En 1966 descubrió dos nuevas proteínas en Escherichia coli, que resultaron ser los dos primeros factores de iniciación de la síntesis de proteínas. Como ella misma ha manifestado, por segunda vez tuvo conciencia de la emoción de descubrir; y explica: "cuando uno ve algo que nadie antes ha visto, se produce una sensación que no se puede comparar con nada. Es una satisfacción interior muy difícil de traducir en palabras. Si bien es una emoción que se produce en un momento determinado, después hay que ser paciente para demostrar que es verdaderamente una realidad".

  El magisterio de Severo Ochoa le dio las pautas para lo que iba a ser su vida de investigadora: "Desde un punto de vista científico —declara— me enseñó no sólo toda la biología molecular que después pude desarrollar en España, sino también el modo de investigar. Él me enseñó, por una parte, a ser rigurosa —añade—, y por otra, a tener imaginación, aunque parezca paradójico. El investigador tiene que ser muy riguroso con los experimentos que hace, con las conclusiones que obtiene; no se puede inventar las cosas. Aunque por otro lado, hay que tener imaginación para diseñar los experimentos, para interpretar los resultados adecuadamente, para pensar más allá de lo que uno saca del día a día, porque si no, sería muy aburrido carecer de la imaginación suficiente para pensar en nuevas estrategias, en nuevos experimentos. Humanamente, Severo Ochoa me trasmitió la gran dedicación, la ilusión por la investigación, lo que él llamaba la emoción de descubrir".

  En 1967 el matrimonio regresa a España. El Dr. Rodríguez Candela, director del Instituto Gregorio Marañón del Centro de Investigaciones Biológicas del C.S.I.C, del que eran colaboradores, les deja un laboratorio vacío y, con el dinero de una ayuda americana que les había conseguido Ochoa, compran un pequeño equipo y algunos reactivos y comienzan la ardua y fascinante empresa de introducir la biología molecular en España. Primero, en solitario, pero poco después se crea el plan de formación de personal investigador y empiezan a recibir becarios.

  Lo primero que tuvieron que hacer fue elegir un trabajo de investigación. Habían seguido un curso sobre virus bacterianos en Estados Unidos y además el estudio de estos había dado lugar a las primeras aportaciones a la genética molecular en la década de los cincuenta, y eso los llevó a elegir como objeto de estudio un virus bacteriano relativamente pequeño, pero morfológicamente complejo, lo que permitiría profundizar en su estudio a nivel molecular y desentrañar los mecanismos utilizados por el virus para su morfogénesis, es decir para formar las partículas de virus a partir de sus componentes, proteínas y ADN.

  Con este virus, un bacteriófago, un fago en la abreviación usual entre especialistas, el f29, lleva treinta y seis años Margarita Salas, sobre él versan la mayor parte de sus publicaciones y de las tesis doctorales que ha dirigido, con él sigue. Y ha descubierto bastantes cosas: por ejemplo que el ADN del f29 tiene una proteína unida a sus extremos, y esa proteína resultó ser muy relevante porque es un iniciador de la replicación del ADN, y su importancia radica en que otros virus de excepcional interés sanitario, como el de la poliomielitis o la hepatitis C, tienen también ese tipo de proteína e inician la replicación de forma similar. Como descubre igualmente que el sistema del fago f29 es un modelo extrapolable a otros más complejos y de interés sociosanitario, la patente de una proteína inducida por el fago, la ADN polimerasa, proporciona ya notables ingresos económicos al C.S.I.C., pues esta proteína la están utilizando diversos laboratorios, en todo el mundo, porque permite amplificar el ácido nucleico para su posterior secuenciación y esto, en la práctica, constituye el primer paso para detectar qué tipo de posibles enfermedades genéticas puede tener una persona o evaluar la predisposición a desarrollar tumores o procesos degenerativos.

  De esos treinta y seis años dedicados a la investigación del fago f29, los tres primeros trabajó conjuntamente con su marido. Aunque de puertas adentro, en el laboratorio, no tenían ningún problema y ambos compartían la responsabilidad del trabajo, de cara al exterior ella no era más que la mujer de Eladio Viñuela, una especie de colaboradora familiarmente privilegiada, y esa situación, que ya se había dado antes, cuando ambos se doctoraban, a ella le producía irritación, porque se sentía minusvalorada. Su marido lo comprendió y tomó una decisión. Ella lo ha contado así: "Eladio, que era una persona muy generosa y que siempre hizo todo lo posible para que mi trabajo personal fuese reconocido, estaba tan insatisfecho como yo de esta situación y decidió iniciar un nuevo tema de trabajo relacionado con un problema de mucha importancia en sus tierras extremeñas, el virus de la peste porcina africana. El tema del virus bacteriano f29 quedó exclusivamente bajo mi dirección. De esa forma yo podría demostrar a mis colegas científicos que era capaz de sacar adelante por mi misma un tema de trabajo. Tuve suerte, trabajé mucho, conté con muy buenos colaboradores. Eladio me ayudó y apoyó en todo momento. El caso es que salí adelante con éxito y me convertí en una científica con nombre propio".

  Con nombre propio, ahora ya conocido y reconocido en toda España y en todo el ámbito mundial de su especialización. Aunque lo suyo es el laboratorio, su prestigio y la seguridad y confianza que inspira su saber y su capacidad organizadora la han llevado, obligadamente, a tener que ocuparse de tareas directivas, administrativas y de asesoramiento. No es momento de hacer recuento de cargos que ha ocupado y de actividades que la ocuparon y la ocupan. Se resistió durante mucho tiempo, pero tuvo que aceptar, en 1988 y durante cuatro años, la presidencia de la Sociedad Española de Bioquímica, luego fue convencida para que asumiese la dirección del Instituto de Biología Molecular del C.S.I.C., por otros cuatro años, en 1992 la dirección del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa, después pasó a formar parte de la Junta de Gobierno del C.S.I.C., en el que es profesora de investigación desde 1974, y en la actualidad es miembro de su Consejo Rector. Ya he dicho en que tarea de asesoramiento nos conocimos y siempre ha estado dispuesta a ayudar con sus conocimientos donde la han necesitado.

  Acabamos de oír su discurso sobre Genética y lenguaje, con el que ha querido aproximar el mundo de sus ocupaciones y preocupaciones científicas al del enigma no resuelto de la aparición del lenguaje humano y al desarrollo de las implicaciones neurológicas de la comunicación lingüística, asuntos que necesariamente nos afectan a todos los que nos ocupamos de cualquier lengua como tal. Personalmente, esas cuestiones siempre me han atraído y he de confesar que su discurso me ha enseñado nuevas cosas y ha minado, en cambio, los cimientos de otros convencimientos que yo tenía. Porque los lingüistas aprendíamos obligadamente lo de las localizaciones cerebrales del lenguaje, lo de las áreas de Broca y Wernicke y probablemente se nos hayan quedado unas cuantas ideas fijas, fosilizadas, que la ciencia experimental luego altera constantemente y nos las puede dejar inservibles. A mí me parecían muy precisas las localizaciones de los distintos fenómenos lingüísticos, tal como las habían descrito, en estrecha colaboración, un médico y un lingüista famosos, Luria y Jakobson, pero ahora esa fotografía se me mueve. Estaba convencido, desde fuera, de que las lenguas aprendidas después de la infancia se alojan en el hemisferio derecho del cerebro y veo ahora que no está nada clara esa cuestión. Alguna experiencia personal he tenido para esas seguridades de profano. En 1970 fui profesor visitante en El Colegio de México durante un semestre. Uno de mis colegas de aquel centro, el profesor Raúl Ávila, era asesor lingüístico del equipo médico de neurólogos que atendía los casos de afasia en un hospital universitario de la ciudad, y lo acompañé muchas veces en sus visitas e interrogatorios a los afásicos sobre los que tenía que informar. Eso me permitió una percepción directa de muy diversos casos de afasia. Y recuerdo uno particularmente interesante y hasta, si se quiere, un tanto pintoresco. Se trataba de un cura rural que había sufrido un accidente de moto y graves lesiones en el hemisferio izquierdo, con afasia total. Con afasia total del español, porque con su hemisferio derecho indemne era capaz de decir algunas cosas en latín, en un latín rudimentario y de incierta prosodia, pero inteligible a pesar de todo.

  Me parece sugerente y cuajada de perspectivas la relación que finalmente apunta nuestra recipiendaria entre genética y lenguaje, señalando caminos que pueden conducir muy lejos y pueden llevar a descubrir insospechadas relaciones.

  Desde la astrofísica a la biología molecular y a la genética, la ciencia avanza en aceleración continua y ensancha cada vez más sus ámbitos de conocimiento. Y es con palabras, con nuevas palabras como lo explica. Posiblemente sea el cerebro humano el ámbito más enigmático todavía para la investigación científica. Y la capacidad simbólica que posee, la capacidad lingüística, ha sido y continúa siendo esencial para ir jalonando con palabras los territorios ignotos que esa investigación va descubriendo, para hacerlos comprensibles y comunicables. De una mente aguda y exacta como la de Margarita Salas podemos esperar mucho en esta Corporación. De hecho, ya ha venido actuando, desde su elección, en la Comisión de Vocabulario Científico y Técnico, con una prudencia, una claridad de juicio y una precisión definitoria de las que puedo dar fe. Y desde 1995 su figura ha estado presente para todos nosotros, académicos, con elegancia y distinción, con inteligencia y buen estilo, desde la presidencia del Instituto de España.

  Hoy ya estás de verdad con nosotros, Margarita, con todo derecho, en esta Real Academia Española, con asiento asignado, ese sillón i, el de esa letra que te va a señalar y recordar siempre lo que ha sido el horizonte y el fundamento de tu vida: la investigación. En nombre de todos nosotros, de los compañeros de tu nueva Academia, bienvenida seas.

  

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