Contestación de la Excma. Sra. D.ª Carmen Iglesias MADRID, 20 de junio de 2004
Señor director,
señoras y señores académicos,
señoras y señores:Es una gran alegría para mí ser hoy la delegada de esta Corporación para recibir en ella a D. Álvaro Pombo García de los Ríos y deseo, por ello, agradecer vivamente a mis compañeros el alto honor que me han otorgado. Un honor inmerecido, solo justificado por vuestra generosa disposición y la de nuestro recipiendario, que ha encontrado, en territorios intelectuales diferentes a los de la creación literaria y poética, afinidades electivas y problemas de interés y apasionamiento común.
Pues, en efecto, lo primero que deslumbra cuando nos acercamos a la figura y a la obra de Álvaro Pombo es el amplio espectro de sus intereses y de sus saberes, además de su genialidad creativa. Aunque su sentido del humor le ha llevado a considerarse «un académico muy inverosímil», la verdad es que su ingreso hoy en esta Casa no solo es verosímil, sino, como ustedes están viendo, muy verdadero. Tan verdadero como lo es su propia vida, una de esas vidas que se podrían definir ¾perdonen la redundancia¾ como «de verdad», es decir, de las que no transcurren inmersas en el azar o por el posible determinismo del nacimiento, sino que se trata de una «vida elegida», armada con inteligencia, esfuerzo y tiempo. Y con libertad. Una libertad que él mismo definió en un «sentido hegeliano», como una acomodación compleja con la necesidad interior de cada cual; con ella ha levantado sus personajes de ficción: «Mis personajes ¾declaraba hace poco¾ son muy conscientes, libres en el sentido de que se eligen a sí mismos y se atienen a eso hasta el final. Una auténtica coherencia, fidelidad a una necesidad conocida» (El País. Babelia, 9-10 de abril de 2004). Elección de sí mismo, fidelidad a esa elección existencial, no admitir «la falta de sustancia» ni quedarse en la superficie de las cosas, generosidad en la comprensión del mundo y de los otros... son todos ellos caracteres que encontramos en varios de sus protagonistas de ficción, pero asimismo en la persona y biografía del nuevo académico, nada inverosímil, sino muy verdadero. En el perfil que su editor y amigo Jorge Herralde trazó de él, bajo el título significativo de «Un genio anda suelto» (enero de 2001), además de señalar que «Álvaro es un genio: extraordinario poeta, narrador y filósofo en un mismo texto, lo que a priori es una cohabitación poco apacible», aunque siempre resuelva «su particular cuadratura del círculo con infatigable crepitación intelectual y un lenguaje prodigioso», Herralde señalaba también en varias ocasiones la radical independencia de nuestro nuevo colega: alguien que «juega en otra liga, no forcejea ni compite con nadie o, mejor, compite consigo mismo»; alguien que, además de tener una personalísima prosa, permanece ¾a pesar de que sus novelas hayan sido traducidas a varias lenguas¾ «fuera de toda corriente internacional y bien alejado de las más previsibles connotaciones hispánicas. Y además está el riguroso y feroz aislamiento de un autor que no solo no pertenece a ningún clan en España, sino que está fuera de cualquier red de amiguismo internacional». Es decir, añadiría yo ahora, alguien inclasificable; alguien que se gana su propia libertad día a día; alguien ¾sospecho¾ que, como escribía Montesquieu hace más de dos siglos, no necesita compararse ni medirse con nadie más que consigo mismo: «Somos desgraciados ¾venía a decir el señor de la Brède¾ porque comparamos y juzgamos condiciones y no personas». A Álvaro Pombo sus amigos le llaman, entre otros epítetos cariñosos y humorísticos, «la persona», «un excéntrico ¾nos aclara de nuevo su editor¾ como en la mejor tradición de la literatura británica». Alguien, por tanto, que, con toda razón, se niega a ser etiquetado, clasificado en una sola dimensión, a aceptar la designación que quieren forzar los otros sobre uno mismo; alguien que, a pesar del dictum goethiano de que «un hombre es la lista de sus cosas hechas», sabe en profundidad que las personas no se agotan ni siquiera en sus conductas; que la realidad, como propugnaba una filosofía existencialista que Pombo descubrió muy pronto, es mucho más compleja y escapa a toda definición por clasificaciones externas; que los encasillamientos simplificadores intentan siempre tratar a las personas como cosas y no como seres complejos dotados de conciencia y capacidad de acción.
Álvaro Pombo ha reivindicado siempre esa complejidad y esa dualidad de lo interior y lo externo, que puede armonizarse relativamente en la intensa vida interior. En un precioso artículo reciente sobre los libros y la lectura (El Cultural de El Mundo, 22 de abril de 2004), recordaba el propio autor uno de sus poemas de Variaciones:
«No, nunca fuimos viajeros mortales o inmortales.
Leímos libros.
Y yo supongo que entonces leí lo que recuerdo ahora,
y yo supongo que estuve donde estuve y que hice un viaje,
aunque no hablé con nadie y viajé solo».Frente a todo «ese viajar desustancializado», que es característico de nuestra sociedad del bienestar material y consumista, el acto de lectura nos devuelve ¾prosigue Pombo¾ «a lo esencial del viajar y del experimentar, que es interior». Ese interior que, digámoslo de paso, nuestro autor considera generosamente que es genuino en las mujeres. Todos los personajes femeninos de las novelas pombianas son personajes sustanciales ¾como diría él mismo, en una asimismo sustanciosa entrevista con su también amigo y gran lector Víctor Márquez Reviriego¾ ; sustanciales «frente al hombre que es accidental». «Dios dio a las mujeres la gracia de ser interiores», y en su novela Donde las mujeres, o en la última de Una ventana al norte, entre otras, queda ello de manifiesto, de tal manera que lo sustancial o interior es lo que proyecta y origina la acción exterior.
Hora es, pues, de exponer someramente algo de esa parte externa de la compleja persona que es nuestro nuevo académico, de «esa lista de cosas hechas» con la que, gracias a esa exteriorización objetivada que es la escritura, podemos disfrutar todos de lo sustancial interior. Pues, a pesar de que Pombo declaró también que, en la elección obligada vital entre ser Homero o Aquiles, él eligió ser Homero, si bien «hubiera deseado ser Aquiles» (El País, 9-10 de abril de 2004), sabe bien que los Aquiles de este mundo no existirían sin los contadores homéricos de sus hazañas y que, quizás, como los dioses y héroes rilkeanos para siempre idos, que Pombo añora en su veneración por el gran poeta, nunca hayan existido. «Toda teoría es gris... ¾tentaba ya Mefistófeles a Fausto¾ y verde el árbol de oro de la vida», pero quizás la afirmación goethiana es más poética e incitadora que real. Lo cual nos lleva enseguida al núcleo central del discurso que hemos escuchado esta tarde sobre el juego entre lo verosímil, lo verdadero, la realidad y la ficción.
Pero antes, permítanme recordarles algunos hitos de esa vida externa, comprobable, de nuestro nuevo académico. Nacido en Santander, ciudad tan presente en toda su obra, y afincado actualmente en Madrid, vivió en Inglaterra en años decisivos entre 1966 y 1977. Es licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Madrid y bachelor of Art en Filosofía por el Birberck College de Londres. Como poeta, publicó su primer libro en 1973, Protocolos, al que siguió Variaciones en 1977, galardonado con el Premio El Bardo, convocado por Lumen y, posteriormente, Hacia una constitución poética del año en curso (1980) y Protocolos para la rehabilitación del firmamento (1992). Él mismo ha contado con humor que, al planear volver a Madrid en 1977, no podía hacerlo con solamente la poesía publicada hasta entonces, y abordó con ganas una obra narrativa que, para nosotros, ha ido creciendo constante y valientemente, al atreverse con temas y contenidos muy diferentes y hacerlo con la maestría y riqueza lingüística que le han convertido en «un escritor de culto», exquisito y cuidadoso en los aspectos formales, «novelista que ya está en el canon ¾según declaraba Víctor García de la Concha (ABC, 20 de diciembre de 2002)¾ , un hombre que no está encasillado en ningún movimiento», «un autor ¾finalizaba la crónica¾ de una gran dignidad, que adquiere por la coherencia de su obra y la línea ética elegida». Como narrador, se inicia con Relatos sobre la falta de sustancia (1977); siguen El parecido (1979); El héroe de las mansardas de Mansard (1983), Premio Herralde de novela; El hijo adoptivo (1984); Los delitos insignificantes (1986); la magnífica en todos los sentidos El metro de platino iridiado (1991), ganadora del Premio Nacional de la Crítica; Aparición del eterno femenino contada por Su Majestad el Rey (1993); Telepena de Cecilia Villalobo (1995); Donde las mujeres (1996), Premio Nacional de Narrativa y Premio Ciudad de Barcelona; La cuadratura del círculo (1999), Premio Fastenrath de esta Real Academia, una de sus obras cumbres; El cielo raso (2002), Premio Fundación José Manuel Lara; finalmente, de anteayer mismo, Una ventana al norte (2004). Buena parte de los más importantes premios literarios figuran, como pueden ver ustedes, en el reconocimiento de la obra de una de las más indiscutibles figuras de la literatura española contemporánea. Ha sido traducido al inglés, francés, alemán, sueco, italiano, holandés y portugués, con indudable éxito crítico. Otros escritos tan especiales como la Vida de San Francisco de Asís (Una paráfrasis) (1996) o los artículos periodísticos, piezas siempre cuidadas por el autor, recogidas en parte en Alrededores (2002), y otros cuentos y relatos breves completan una trayectoria de excepcional calidad y del mayor rigor literario.
No puedo pretender desde mi condición de historiadora intentar ni siquiera esbozar unas líneas de análisis de la narrativa de Pombo; esta Casa alberga para ello, con la mayor cualificación, a grandes figuras de excelencia crítica y literaria, que lo podrían hacer de forma insuperable. Solamente, recordando algunas de esas críticas, repetiré la importancia de la singularidad literaria y poética que representa Pombo, poseedor de una escritura que combina registros muy variados, en los que cabe la reflexión filosófica y la parodia humorística, el vanguardismo y experimentalismo poético, una gran veta fantástica y la profundidad de un pensamiento ético y coherente; junto con el divertimento y la alegría de lo provocador e irreverente. Remito a las experiencias lectoras de cada uno de nosotros, a la fascinación por adentrarnos en paisajes y contextos medievales, aventureros y filosóficos, o a la inmersión reciente en la rebelión cristera mexicana y en los vaivenes de una condición humana siempre contradictoria y apasionante, en ocasiones paródica o patética, aunque también siempre tratada desde la piedad clásica más profunda que un autor de la entereza ética y estética de Pombo posee como una segunda naturaleza.
El discurso que acabamos de escuchar es buena muestra de todo ello. Álvaro Pombo nos ha contado de forma entrañable su particular relación con D. Pedro Laín Entralgo, a quien sucede en esta Casa, y quien contribuyó a hacer de nuestro académico, ya desde su juventud, un «ciudadano audaz y vigilante» e incluso «un cristiano rebelde». Pero además ha evocado en unas pinceladas, de forma magistral, un ambiente universitario difícil, pero no yermo, gracias a un valioso grupo de profesores de distintas procedencias, pero con el objetivo compartido de intentar no perder, aun con contradicciones, la tradición liberal e ilustrada brutalmente cortada por la Guerra Civil y la dictadura. Fueron la cabeza de puente entre los exilados y las nuevas generaciones de finales de los cincuenta y sesenta, apresados entre varios fuegos extremistas, y fueron decisivos para todos los que generacionalmente pasamos en esas décadas por la universidad. El país no fue un erial en absoluto gracias a ellos. Pombo resalta además una característica común que fue altamente fructífera: la defensa del mestizaje entre humanidades y ciencias; algo que él asimiló de forma rotunda. «La literatura ¾manifestó con humor en una conferencia, dentro de un ciclo significativamente titulado Con otra mirada¾ es una mujer gastosa, novelera, peliculera y exorbitante. Afortunadamente, en sus grandes momentos, en sus momentos verdaderamente creadores, la literatura viaja siempre con el bonojoven que adquirieron para ella las humanidades y las ciencias» (Fundación Ciencias de la Salud, 14 de diciembre de 1999).
El filósofo que es Álvaro Pombo, aunque él persistiera en negárselo a Víctor Márquez y en afirmar que se limitó a «robarle» ¾a la filosofía, claro está¾ «su color», su «poderoso ritmo, el gusto formidable de la prosa, de la elocuencia de los grandes filósofos» (Revista Época), lo que no sería poco; el filósofo que es ¾decía¾ se muestra en este estructurado discurso junto al poeta, al novelista y también, como atributos del gran narrador que es, del psicólogo y del historiador curioso que bucea en todos los campos. Las distintas y matizadas parejas conceptuales que ha establecido entre verosimilitud y verdad, realidad y ficción, posibilidad y existencia, pensamiento narrativo y pensamiento discursivo o racional, verificación probabilística y privada frente a verificación pública o intersubjetiva condensan una discusión profunda en la que todos estamos implicados. La brillantez de lo expuesto por el nuevo académico me exime de reiterar, de acuerdo totalmente con él, las diferencias y convergencias que, en los territorios de la historia y de la novela o ficción, me afectan como historiadora y estudiosa en ciencias sociales, y sobre los que modestamente tomé parte en mi propio discurso de ingreso en esta Academia hace un par de años. Solo querría resaltar algunos aspectos singulares y, por lo demás, exactos y muy bellos que brotan de la disertación que acabamos de escuchar.
En primer lugar, el valiente y arriesgado desafío que Pombo exhibe en estas espléndidas páginas de su discurso. Pues se refiere explícitamente a que se trata, en definitiva, de una «esquemática autobiografía», en la que verosimilitud y verdad cobran sentido en la propia vida personal. Ello enlaza con el comienzo de mi contestación. Pombo ha hecho una elección de sí mismo en la que la apuesta por la verdad es pivote de todo lo demás. Esa verdad puede ser considerada en distintos niveles: está la «verdad» científica, la que tiene sus límites en la verificabilidad, que puede enriquecerse o cambiar en función de nuevos datos o de la incorporación de más variables, pero que, en su territorio y en sus límites, responde con exactitud; y en este campo amplio se inscribe la propia historia como disciplina susceptible de cierta objetivación (ya me ocupé en mi propio discurso de ingreso de la «subjetividad del historiador», que frívolamente algunos confunden con la arbitrariedad del aficionado). Está la «verdad» de la ficción, la «verdad de las mentiras», que decía Vargas Llosa; la «verdad» que el propio Pombo califica, al referirse a su última novela, como «psicología-ficción», en el sentido de que desvela «análisis del alma» que permiten penetrar en los entresijos de nuestra condición humana. En el epílogo de esta formidable novela recentísima, Ventana al norte, encontramos de nuevo la reflexión filosófica y poética del autor acerca de la mezcla entre hechos históricos contrastados y la invención de personajes imaginarios que actúan en esos escenarios reales. Volveremos sobre ello. De momento, quería insistir en esa multiplicidad de niveles de la «verdad»; en último término, para Pombo, como creyente cristiano que se declara, aunque no precisamente partidario del aparato eclesial, existiría una verdad trascendental, que rebasa ahora la finalidad de esta breve disertación. Lo que importa es que, en cualquiera de estos casos y otros estratos que se podrían plantear, a Pombo le interesa el imperativo ético de la «búsqueda de la verdad». Este es el desafío y el gran ejemplo. Y por ello recurre a su amado Rilke, a la fenomenología husserliana, a Heidegger y Sartre, al Gadamer más enriquecedor, para hacer frente a la actitud frívola y actualmente mayoritaria que sustituye definitivamente la verdad por la verosimilitud en todos los órdenes de la vida y, principalmente, para el tema que nos atañe, en el lenguaje, en la utilización de la palabra. «Quien desea tener razón, de fijo la tendrá con solo tener lengua», podría ser el lema sofista que susurra Fausto a Mefistófeles. Las palabras, en lugar de servir a la captación de la realidad, a la «captura del acontecer», sirven ahora solo para encubrir, engañar y dominar a los semejantes. Creo que esa es la rebelión con la que se alza el creador que hoy entra en esta Casa. Frente a la práctica del discurso como práctica del poder y no como búsqueda de la verdad, Pombo sigue eligiendo a Sócrates frente a los sofistas; se niega a sustituir la verdad por la verosimilitud, se niega a «retorizar la filosofía», a que las relaciones entre filosofía y retórica se diluyan con el triunfo del hombre de la opinión; apuesta por el hombre de la verdad y del saber. Si Foucault afirmaba la destrucción de la voluntad de verdad, ciertos aspectos de la filosofía existencialista, de la fenomenología, así como la poesía y sus verdades sustanciales ¾en el sentido que defendería Brodsky¾ , le sirven a Pombo para su apuesta interior por «las grandes palabras»; esas «grandes palabras de los tiempos en que el acontecer era aún visible», como en el Requiem de Rilke, y que ya «no son para nosotros», pero a las que hay que seguir aspirando si queremos seguir siendo humanidad.
Así, a las bellísimas palabras que hemos escuchado sobre ese «amor espaciador» que construye Rilke para que «exista» el unicornio ¾de forma análoga, se podría pensar, a ese «amor de oídas» caballeresco que el propio don Quijote construye alrededor de Dulcinea, haciéndola espacio real y verdadero en su vida¾ , Álvaro Pombo sigue haciendo suya la segunda parte del poema rilkeano; permítanme repetírselo:
«Las grandes palabras de los tiempos en que el acontecer era aun visible no son para nosotros.
¿Quién habla de victorias?
Sobreponerse,
Salir airosamente es todo...¿Quién habla de victorias? Sobreponerse es todo. Estar un poco por encima es todo, y esa intención es radicalmente distinta en mi opinión ¾acabamos de oirle al leer su discurso¾ de la propuesta foucaultiana de destruir la voluntad de verdad. Toda mi caminata, desde mi juventud hasta este instante [...] ha sido determinada por una firme voluntad de verdad; tan fuerte que llega a asimilar la propia verosimilitud a la verdad, como un verdadeo de la verdad, como un momento de la verificación de la verdad». Su elección de vida ha sido, pues, clara y firme.
En segundo lugar, unida a esa apuesta por la búsqueda de la verdad, Pombo introduce en su elección existencial ¾y ello vigoriza la fuerza ética de su narrativa¾ la aceptación ¾trágica la mayor parte de las veces¾ de la realidad, de una condición humana en donde prevalece la avaricia, el fanatismo, la venganza, pero que al tiempo es capaz de generosidad, de fidelidad, de amor; introduce la aceptación, no resignada pero tampoco de resentimiento ni negación, de una realidad en donde, frecuentemente, hay que elegir tanteando, sin la certeza moral, ni menos razonable, de que elegimos lo mejor, ni siquiera lo menos malo, pues, como él mismo ha recordado, «lo trágico no es decidir entre el bien y el mal, sino entre dos bienes». El eco del conflicto de obligaciones entre códigos de conducta interiorizados pero contrapuestos, que teorizó, magistralmente a mi parecer, el gran pensador Isaiah Berlin, se encuentra también en el núcleo de la filosofía y de la poética pombianas. Se ha hablado, respecto de su obra narrativa, del análisis psicológico de exquisita finura en sus personajes, de la melancólica ironía que rezuman algunas de sus heroínas, del humor negro y fantástico de muchas de sus creaciones, del juego de identificación y distanciamiento en su novelística. Creo que solo puede entenderse cabalmente si tenemos en cuenta lo que esta tarde nos acaba de leer: su reivindicación del mejor momento sartriano o heideggeriano al identificar el «goce del Ser» con el «amor a lo verdadero», el «amar el en-sí por-el-en-sí», al tiempo que se rechaza que el en-sí se identifique con el para-sí «para que no pierda su compacta densidad»; para «asumir el mundo como si lo hubiéramos creado», para ser responsables de él «como si fuera nuestra creación». Y ello explica, según él mismo nos dice, el vínculo del escritor con los productos que crea en sus obras; nos hace entender su defensa del sacrificio abnegado y de la bondad en varios de sus personajes, tan inusuales ¾como señaló uno de sus críticos¾ tanto en la sociedad como en los creadores actuales. No hay falsos optimismos ni pesimismos, ningún tipo de fanatismo ni intolerancia ante la plural existencia humana; pero la solidaridad y la bondad serían parte sustancial de las cosas que nos ayudan a vivir. Creo que Pombo suscribiría la afirmación de Agnes Heller en ese precioso libro titulado Una filosofía de la historia en fragmentos (Barcelona, 1999), cuando escribe: «Sin personas buenas no vale la pena vivir la vida. La autonomía moral puede ser adquirida a través de la elección existencial de uno mismo como buena persona. Nada ha cambiado desde el Génesis y Sócrates». Nuestro Pombo socrático no soporta, como tampoco lo soportaba el poeta Joseph Brodsky, trágicamente maltratado en el Gulag soviético de mediados del siglo XX (había nacido en 1940), el «hablar mal de la realidad», pues hay que «valorar la vida ¾decía el gran escritor ruso¾ no solo por sus placeres, sino también por sus penalidades. Estas son singulares e intranferibles [...], forman parte del juego, y lo bueno de ellas es que no constituyen un engaño»; pues la «dignidad humana es una noción absoluta» y «si os hacéis víctimas, aumentáis el vacío de irresponsabilidad que a los demonios y demagogos les encanta llenar; os quedáis paralizados en el victimismo, y una voluntad paralizada no interesa a los ángeles» (Del dolor y la razón, Barcelona, 2000). En una referencia a su novela El cielo raso, Pombo partía de principios similares al no aceptar supuestos y trágicos desgarros entre «la realidad y el deseo», y reivindicar en cambio la praxis y la felicidad de lo posible: «¿Quién piensa ¾decía¾ en colmar todos sus deseos en esta vida? Es una contraposición falsa. Debemos aprovechar lo que hay. No me gusta que se hable mal de la realidad. La clave está en la realización y no en la perfección» (SEA. Argentina, marzo de 2002).
Amar, pues, las cosas en sí, aceptar el mundo, pero al tiempo distanciarse y ser responsable como si fuera creación nuestra y, por tanto, modificable o mejorable; elección existencial con lo verdadero y comprometida con uno mismo y con los semejantes. Sobre estas premisas, Pombo nos ha conducido finalmente en su discurso a lo que llama su «último círculo autobiográfico» en su relación con la verdad. Círculo que está compuesto, en realidad, por tres círculos concéntricos o quizás mejor, en mi opinión, por una espiral: en el punto de arranque, siempre la Poesía; en la apertura de la primera curva, la «ficción pura», el momento narrativo; en los siguientes e imparables giros las «narraciones históricas».
A estas ha dedicado nuestro nuevo académico importantes reflexiones, pues la exploración del territorio histórico está íntimamente vinculada a su preocupación fundamental por las relaciones entre verosimilitud y verdad. Ya hice alusión a ello, y comparto con Pombo el rechazo actual a la denominación «novela histórica». «Es un concepto absurdo ¾ha manifestado¾ . O es historia o es novela" (El País, 10 de abril de 2004). «Lo de histórica es un adjetivo muy cómodo, pero inadecuado, porque cuando la ficción se mezcla con la historia lo convierte todo en ficción» (El País, 4 de mayo de 2004). Y aún resulta más tajante en el interesante epílogo de su última novela, Una ventana al norte. En efecto, o se hace historia, con la fidelidad y la referencia a las fuentes comprobables por los demás y con el utillaje historiográfico correspondiente ¾lo que, como ya expuse detalladamente, no está reñido con el factor de narración que tiene la historia¾ , o es ficción y su verdad pertenece a otra dimensión, tan importante o más que la de la historia, pero diferente. Ambas perspectivas son complementarias para la comprensión de la realidad, pero no pueden ser confundidas. El adjetivo de «histórica» para la novela, de acuerdo con Pombo, sobra; las novelas son buena o mala literatura, según el talento del creador, con independencia de que se refieran o reproduzcan ámbitos o personajes históricos de los que no podamos prescindir. De la necesaria delimitación de territorios me ocupé ampliamente, como digo, en mi propio discurso de ingreso en esta Real Academia, al tiempo que defendí el carácter imprescindible de ambos y, muy especialmente, de la narrativa. Y no puedo por menos de volver a repetir el párrafo cervantino que aborrece de la «moneda falsa» que se introduce bajo la cobertura de la historia: «La historia ¾instruye don Quijote¾ es como cosa sagrada, porque ha de ser verdadera, y donde esta la verdad, está Dios, en cuanto a verdad; pero no obstante esto, hay algunos que así componen y arrojan libros de sí como si fuesen buñuelos» (II, 3).
Y en esta compleja relación entre historia, filosofía, narrativa e, incluso, poesía, conviene recordar a uno de los rigurosos fundadores de la historia científica, a Marc Bloch, un gigante intelectual y un valiente ciudadano, comprometido en la resistencia antinazi y torturado y asesinado por aquellos bárbaros. Bloch, al tiempo que pone los cimientos para la famosa Escuela de los Annales y escribe libros sobre el feudalismo que siguen siendo rigurosamente canónicos, insiste en que los historiadores no son sino «pacientes roturadores» en búsqueda de la verdad, que deben estar provistos de humildad y de la «limpieza de inteligencia» necesaria para saber interrogar a los textos, al tiempo que tienen que tener la suficiente amplitud de conocimientos y de horizonte para ser capaces de establecer síntesis comprensibles, pues no basta la relación de hechos, sino las relaciones entre ellos. Inmerso en la atmósfera mental de la nueva física atómica, de las teorías de Einstein, Heisenberg, Bohr o Planck, Marc Bloch fue consciente de que todas las ciencias, desde la física y la astronomía hasta la historia o la psicología (detrás de todo hecho histórico, pensaba, siempre hay un hecho psicológico, porque, en definitiva, la historia la hacen las personas concretas, los individuos, y no las abstracciones colectivas), no eran en definitiva sino ciencias en construcción continua. Lo cual no invalidaba el grado de verdad que, en su territorio y mientras no apareciesen nuevos datos y relaciones, tenían, aun provisionalmente, las diferentes áreas científicas. Y fue consciente, por ello, también de que había que aprender a vivir con ese nivel de incertidumbre ante el conocimiento, lo que no significaba para nada el que fuera imposible el conocer o el «todo vale» de la pereza escéptica. Se ha dicho muchas veces de Bloch que su obra es honrada y válida «porque su autor era honrado por encima de todo», como demostró con su propia vida. Él decía de sí mismo que «por las mañanas era historiador y por las tardes filósofo», y que la labor del historiador tenía en sí algo de poesía, de obra inacabada que, como un poema, debe ser el lector quien termine. Enlazaría también, en mi opinión, con parte de la filosofía existencial sobre el tiempo y la relación entre el pasado, el presente y el futuro, que tanto ha influido asimismo en nuestro nuevo académico. Pues ya el Sartre de El ser y la nada había partido de que, siendo el pasado irremediable, no determina nuestras acciones, si bien estas las tenemos que realizar a partir de aquel. «Nuestros actos nos siguen, dice el proverbio, la significación del pasado está, pues, en estrecha dependencia de mi proyecto presente, así como del futuro; no porque varíen mis actos anteriores, sino porque mi presente ¾afirmaba el filósofo¾ decide acerca de la significación del pasado, y decide de su significación por medio de la acción, elige su sentido, pues en último término será ese presente y su futuro quien decidirá si el pasado está vivo o muerto». Me inclino a pensar que en esa supuesta dialéctica entre la nueva ciencia, la fenomenología, Bloch y Sartre, entre otros, podemos encontrar algunas de las claves de la obra y del círculo autobiográfico de Álvaro Pombo.
En el punto de origen de todo ese círculo, y con ello quisiera terminar, está la poesía. Brodsky dijo que toda nueva realidad estética hacía más definida la realidad ética del hombre y que la elección estética iba unida a la libertad. No porque el buen gusto de las palabras fuera de por sí garantía de nada, pero sí era al menos una defensa frente a la esclavitud. Un hombre que tiene gusto, especialmente literario, ¾escribió¾ puede ser «menos sensible a las cantilenas y rítmicos conjuros de la demagogia política». La poesía era para él «acelerador de la conciencia, del pensamiento, de la comprensión del universo», pues si los caminos para acceder al conocimiento podemos catalogarlos en tres básicos históricos: el analítico, el intuitivo y el de los profetas bíblicos o revelación ¾prosigue Brodsky¾ , la poesía utiliza los tres, especialmente el segundo y el tercero. La poesía es el pivote del gusto literario, porque en ella se hace visible enseguida todo tipo de verborrea, «se capta rápido la charlatanería», la repetición, el cliché; se desenmascara la mentira más fácilmente que en la prosa. «El buen estilo de la prosa ¾sentencia el poeta ruso, amigo de la gran Ajmátova¾ es rehén de la precisión, de la rapidez y de la lacónica intensidad de la dicción poética» (Del dolor y la razón, óp. cit.). Ese motor poético es el que posee la fuerza narrativa de Álvaro Pombo. Y Brodsky sigue escribiendo: «Si algo enseña el arte ¾en primer lugar, al propio artista¾ es el carácter privado de la condición humana. El arte [...] despierta en el ser humano [...] un sentido de unicidad, de individualidad, de separación, que lo convierte, de animal social, en un "yo" independiente. Se pueden compartir muchas cosas: una cama, un trozo de pan, determinadas convicciones, una amante, pero no un poema de Rainer María Rilke, por ejemplo. Una obra de arte, especialmente una obra literaria, y en concreto un poema, nos invita a una conversación íntima y entabla con cada uno de nosotros una relación directa, sin intermediarios». A la musa inspiradora de la poesía, otro poeta ruso la llamaba la poseedora de un «semblante inusual» y, para Brodsky, «en adquirir ese semblante inusual parece residir el significado de la existencia humana», pues, al margen de lo que sea cada uno, «la tarea consiste en llegar a ser dueño de una vida propia, no impuesta o dictada por otros». Esa «vida propia», esa «vida de verdad», ese «inusual semblante», creo sinceramente que está presente en el nuevo académico que hoy acogemos los académicos de esta Casa y a quien, en nombre de mis compañeros y en el mío propio, me complace dar la mejor de las bienvenidas.
Muchas gracias a todos.
Carmen Iglesias
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