Contestación del Excmo. Sr. Don José Luis Pinillos MADRID, 7 de marzo de 2004
SEÑORAS Y SEÑORES ACADÉMICOS:
ANTE todo, quiero agradecer a la Real Academia Española la distinción de que me ha hecho objeto al encomendarme la grata tarea de dar la bienvenida a Carlos Castilla del Pino, un amigo por el que desde hace muchos años he sentido una profunda estimación. Me hace muy feliz ser quien le acoja hoy en esta Casa de las Palabras, como él la llama.
CARLOS CASTILLA DEL PINO nace el 15 de octubre de 1922 en San Roque, una pequeña ciudad de la provincia de Cádiz, que se había fundado a consecuencia de la toma de Gibraltar por los ingleses y que, justo por su historia y situación geográfica, ha estado siempre abierta al exterior. La primera enseñanza la cursa Castilla en el Colegio Salesiano de Ronda; el bachillerato en los Escolapios de Sevilla, igual que Cernuda, y la carrera de medicina la hace en la Universidad de Madrid, entonces la Central.
Como se sabe, la precocidad en la lectura es un fenómeno frecuente en los niños superdotados. Carlos fue efectivamente un lector precoz. A los once años, lo cuenta él mismo, lee todo el primer volumen y parte del segundo de los Recuerdos de mi vida, de don Santiago Ramón y Cajal. Un año después, el 17 de octubre de 1934, fallece en Madrid don Santiago y su muerte no pasa inadvertida para aquel adolescente que tanto le admiraba. En la España de aquellos años Cajal era una leyenda y aún le acompañaba el halo romántico del investigador solitario cuando el joven Castilla comenzó sus estudios de Medicina, recién terminada la guerra del 36. "No concibo mi trayectoria vital, ha escrito después, sin la imagen de un don Santiago aislado e incomprendido que lleva a cabo una obra de titanes, al fin reconocida por el mundo, que sigue tremendamente vigente en la neurología actual; solitario también en su ancianidad, como un ideal heroico de la civilidad. Y maestro siempre."
La cuestión es que, unos días antes del fallecimiento de Cajal, entre el 5 y el 12 de octubre de 1934, en España ocurre un acontecimiento —me refiero a la revolución de Asturias—, que es como una sombría anticipación de lo que se avecinaba. A mí, que tenía tres años más que Castilla, aún no se me ha ido de la memoria el sobresalto con que a media noche nos despertó un intenso tiroteo cerca de nuestra casa en Santurce, entonces un pequeño pueblo de pescadores, obreros y empleados a la salida de la ría de Bilbao. Eran los primeros chispazos de la violencia que pronto iba a adueñarse del país y luego proyectaría su sombra sobre los años de aprendizaje de Carlos Castilla. En contraste con los ideales de vida que había suscitado en él la biografía de Cajal, la guerra civil, la Segunda Guerra Mundial y la posguerra no tardaron en mostrarle su rostro más sombrío. Al comenzar la guerra del 36, Carlos tenía trece años, y cuando finalizó sus estudios de medicina una década después, España aún no se había recuperado. Fue un mundo bien conflictivo el que le tocó vivir a Castilla durante su formación. No tiene nada de extraño que se interesara por la psiquiatría.
En el primer volumen de La vida de la razón (The Life of Reason), publicado ahora hace un siglo, Jorge Santayana había escrito ya que "los que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo": una afortunada frase que luego han manejado a su gusto algunos políticos. Castilla goza de una memoria envidiable, es de los que recuerda el pasado y, de un modo bien notorio, ha procurado que las nuevas generaciones de españoles no tengan que repetirlo. A pesar de que la Universidad que le tocó vivir no estaba precisamente en uno de sus mejores momentos, Castilla la ha defendido siempre: "Yo", ha escrito, "que inicié mis años universitarios en unas condiciones tan excepcionales como para no desear jamás que puedan repetirse, puedo afirmar que la institución universitaria es de tal índole que marca definitivamente, y siempre de una manera positiva."
Pues bien, tengo la impresión de que precisamente por las circunstancias que rodearon su formación como médico, en la defensa del enfermo a que obliga moralmente el juramento hipocrático, Castilla ha incluido también esos males, cada vez más mortíferos, que son las guerras que se engendran en la mente de los hombres. Hago hincapié en este punto porque quiero señalar ya desde ahora la presencia de una finalidad moral en los conocimientos y en la práctica psiquiátrica de Carlos Castilla del Pino. Sin tener en cuenta esta finalidad, no creo que sea posible entender el alcance de su obra.
Schopenhauer decía que la motivación es la causalidad vista por dentro y, en efecto, los factores o determinantes internos que incitan a la acción, o dicho de otro modo, los hilos sentimentales y emotivos que enhebran y orientan la conducta de los hombres no operan a cara descubierta, esto es, no son públicamente observables, ni siquiera muestran su verdadera faz a los interesados mientras presionan por la espalda su voluntad. Con frecuencia son los amigos, las personas que les rodean quienes perciben con más claridad los motivos que ellos se resisten a admitir o en los que ni siquiera reparan.
El destino, aseguraban los antiguos, dirige, no arrastra, no empuja, señala: Fata volentes ducunt, nolentes trahunt. Sólo que para percibir esas señales es menester que la persona no se aferre al orden de las cosas tal como aparecen en un momento dado; ha de ser capaz de interesarse por lo que puedan o deban llegar a ser. En otras palabras, sentirse un poco extranjero en su patria, o quizá como se dice en la India "haber pasado el río", haber trascendido de algún modo la época en que se vive son condiciones que facilitan el acceso al tiempo que corre y no tropieza, esto es, que no se detiene ante esos mandatos dogmáticos que le dicen al hombre: "de aquí no pasarás". Castilla del Pino no se arredró cuando llegó el momento de incorporar el país a los tiempos que corrían más allá de sus fronteras.
Castilla comenzó su carrera universitaria, nada más terminar sus estudios, adscrito a la cátedra de Patología Médica del Dr. Cañizo, entre 1942 y 1943. Del 43 al 46, fue alumno interno del Departamento de Psiquiatría del Hospital Provincial de Madrid, que dirigía el profesor López Ibor. Desde el 46 hasta el 49 continuó en el mismo departamento, pero ya de médico interno. Excepto que además, desde 1945 a 1949, fue también colaborador del Departamento de Histología del sistema Nervioso del Instituto Cajal de Madrid, que dirigía el profesor Sanz Ibáñez. Huelga añadir que este pluriempleo ciertamente no era económico: tenía un profundo sentido profesional.
El Departamento de Psiquiatría de San Carlos lo dirigía, como hemos dicho, el doctor López Ibor, que conocía bien la psicopatología fenomenológica y la clínica psiquiátrica. Con él estaba asimismo por aquel entonces el neurólogo Manuel Peraita, que se había formado en Alemania con Föster, el gran maestro de la neurología germánica inmediatamente anterior a la Segunda Guerra Mundial, y Peraita fue uno de los maestros de Castilla del Pino. De otra parte, en el Instituto Cajal funcionaba una sección de neurología en la que quedaban dos antiguos discípulos de don Santiago, Jorge Francisco Tello y Fernando de Castro, con quienes todavía Castilla tuvo ocasión de cambiar impresiones respecto de cierto tipo de preparación en láminas muy extensas del córtex cerebral. Su tesis doctoral (López Ibor no podía dirigir entonces tesis doctorales) la hizo con el catedrático de Oftalmología Dr. Buenaventura Carrera sobre "Fisiología y patología de la percepción óptica del movimiento" y fue leída el año 1947.
En suma, durante sus estudios Castilla tomó contacto directo con lo que quedaba de la escuela de Cajal y, a la vez, con lo más vivo de una neuropsiquiatría alemana que, a principios de los años treinta había descubierto, entre otras muchas cosas, que el deterioro cognitivo de la esquizofrenia era un descenso de la capacidad de abstracción, una pérdida de la conducta categorial, de origen orgánico lesional, emparentada con otras formas de deterioro y demenciación de etiología asimismo cerebral conocida, tales como los traumatismos de la región prefontal o las epilepsias del lóbulo del hipocampo. A principios del siglo XX, la corea de Sydenham, el famoso "Hipócrates británico", era todavía considerada como una forma de neurosis, hasta que la investigación neuropatológica demostró experimentalmente que era una dolencia reumática y lesional del cuerpo estriado. Algo parecido aconteció con la epilepsia, a la que se tenía clasificada como la tercera forma de psicosis endógena, junto a la esquizofrenia y la psicosis maniaco-depresiva, hasta que la electroencefalografía la situó objetivamente entre las enfermedades neurológicas. Se entiende, pues, que durante muchos años Castilla del Pino dedicara especial atención al estudio de estas alteraciones neuropatológicas encubiertas por una psicopatología de tipo psiquiátrico, en enfermos afectos de psicosis tóxicas como el delirium tremens alcohólico, y otras afecciones orgánico-lesionales del cerebro. Siempre con el fin de no alejarse del principio de unidad de lo físico y lo mental y, sobre todo, de tener muy en cuenta el posible elemento neuropatológico que puede subyacer al diagnóstico psiquiátrico. Era y es una forma de evitar que lo que se diagnostica como una depresión o una neurosis, valga el ejemplo, a la postre acabe siendo un tumor cerebral.
En fin, es claro que durante los veintisiete años que transcurrieron desde su salida de la Universidad en 1949 hasta su vuelta a ella en el curso 1975-1976, Carlos Castilla no permaneció inactivo. Por lo pronto, sus publicaciones muestran que, entre 1946 y 1966, o sea en los primeros veinte años de su carrera, dedicó gran parte de su tiempo a la investigación neuropatológica. Durante esos años, publicó treinta trabajos, de los cuales veinte son de neurología patológica experimental; no son generalizaciones teóricas sobre lo que han hecho otros, sino aportaciones originales muy concretas. No es el momento de enumerar y comentar uno por uno los títulos y temas de estas investigaciones, pero permítanme que al menos como botón de muestra mencione el trabajo sobre "La unidad sensoriomotriz en la esfera óptica", que se publicó el año 1946 en las prestigiosas Actas Lusoespañolas de Neurología y Psiquiatría. Y déjenme decirles que de los diez artículos de esta etapa que no son experimentales, es menester señalar que ya algunos de ellos, por ejemplo "Los dinamismos de la tristeza y de la inhibición en los enfermos depresivos", publicado en Archivos de Neurobiología el año 1966, contienen in nuce los gérmenes de una nueva manera de entender la psiquiatría.
No hay duda, pues, de que Castilla aprovechó al máximo su estancia en la Universidad y en el Instituto Cajal para perfeccionar su formación neuropatológica. Pero como al fin y al cabo también necesitaba vivir, en 1949 hizo unas oposiciones en las que fue nombrado jefe de los Servicios Provinciales de Psiquiatría e Higiene Mental de Córdoba, cargo en el que continuó hasta su jubilación en 1987.
Córdoba es una bella ciudad que tiene un pasado cultural glorioso. Se han dado cita en su historia tantas figuras ilustres —Séneca, Lucano, Avicena, Averroes, Juan de Mena, Luis de Góngora, el Duque de Rivas— y tan altos logros de la cultura universal, que uno sospecha que esta antigua capital de los Omeyas tiene un genio protector que vela por los suyos. Castilla ha sido fiel al espíritu de Córdoba y su nombre quedará en la historia de esta ciudad insigne hermanado con el de los notables que le han precedido. Lo que a continuación voy a contar de su obra probará, creo, que no me he dejado llevar de la amistad.
Para cuando Castilla se había asentado en Córdoba, todavía en España, como en el resto de Europa —con la excepción de Francia—, la neurología y la psiquiatría constituían una sola especialidad. Los grandes psiquiatras de la época tenían todos una formación en neurología patológica. Este fue en España el caso de Gonzalo Rodríguez Lafora y de José M. Sacristán, con los cuales tuvo buena relación Castilla del Pino. Hay, por ejemplo, una enfermedad que en los países de habla inglesa se conoce todavía con el nombre de Lafora's disease. En definitiva, Castilla había seguido la línea de sus maestros y, junto a la práctica y la teoría de la clínica psiquiátrica, había dedicado gran parte de su tiempo a investigar a fondo los fundamentos neurológicos de las enfermedades mentales.
Ahora bien, a mediados del siglo pasado, el rápido desarrollo de las especialidades había hecho ya inviable el cultivo simultáneo de materias tan complejas como la neurología y la clínica psiquiátrica, de manera que a la postre la neuropatología y la psiquiatría terminaron separándose. Para entonces, Castilla contaba ya en su haber con una larga serie de publicaciones de neuropatología y esta es la razón, no otra, por la que en su curriculum figura un número considerable de monografías y artículos de este tipo, que desconciertan a los que hoy le conocen sólo como psiquiatra. Hablando de sí mismo, ha resumido esta etapa de su vida reconociendo que aunque todo esto sea ya historia, a la postre es imprescindible saber de dónde viene uno si quiere hacer justicia a sus maestros y tener una idea de adónde se dirige. "En mi caso personal", afirma Castilla, "esas figuras forman parte de mi biografía intelectual y de mi condición de psiquiatra".
Y es que como reza un viejo cántico ritual, "si se ignora el origen de la danza, no se puede bailar". En 1966, la separación de la neurología y la psiquiatría aconteció cuando Castilla contaba ya con una importante investigación neuropatológica, con una considerable experiencia clínica, cantidad de publicaciones de su especialidad y una seria reflexión teórica a sus espaldas. O sea, no ignoraba el origen de la danza y sabía, perdonen la expresión, de qué iba la cosa.
Fue entonces cuando Castilla del Pino salió a la palestra con Un estudio sobre la depresión. Fundamentos de antropología dialéctica, que abrió un nuevo frente social en la psiquiatría y en la conciencia pública española. El impacto de la obra se acusó en las nueve ediciones sucesivas que tuvo. Su segundo libro, La incomunicación, se publica en 1970, y tiene trece ediciones. Y más de lo mismo ocurre al año siguiente con Cuatro estudios sobre la mujer y con otra oportuna obra sobre Sexualidad y represión. Son muchos otros los trabajos, algunos anteriores, que habría que mencionar a propósito de cuestiones tan interesantes como "El proceso de degradación de las estructuras delirantes" (1957), El discurso de la mentira (1988), De la intimidad (1989), y un sinfín de temas de evidente interés público. De los treinta y cuatro libros que lleva publicados, que yo sepa, una porción muy importante pertenece a la época en que el autor desarrolló lo que en Alemania habrían calificado sin reparos de una auténtica Nationalpädagogie.
Ahora bien, entre los libros de esa época ya hay algunos que responden a una preocupación científica básica, como Foundations of dialectic Anthropology (1969), Introducción a la hermenéutica del lenguaje (1972), Una investigación de teoría psicopatológica (1984) o El delirio, un error necesario, Premio Internacional de Ensayo Jovellanos (1997), y otras publicaciones que anuncian ya el giro claramente teorético que representa su Teoría de los sentimientos, una monografía importante que desde el año 2000 va ya por la sexta edición, sin contar una edición extra del Círculo de Lectores. La obra de Castilla, no sólo la escrita, fue como una copiosa cascada de ideas y observaciones que la gente leía o escuchaba con entusiasmo.
Permítanme recordar a este respecto una anécdota de la que fui testigo y en cierto modo promotor. Siendo yo catedrático de psicología en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Madrid, a principio de los años setenta, me preguntaron los alumnos si podía lograr que Castilla del Pino les diera una conferencia. Se lo pedí y me dijo que sí. El decano me ofreció entonces el Aula Magna y me encargó que cuidase de que se respetara el orden académico. La conferencia se anunció para las siete de la tarde de un día determinado, y media hora antes me "personé", como me pidieron, en el lugar (iba a decir del crimen) donde se iba a celebrar. Cuando llegué, el Aula Magna estaba llena hasta los topes y el griterío era indescriptible. Por supuesto, nadie me hizo el menor caso, y esperé por allí a que llegara el conferenciante. Dije unas palabras que nadie escuchó, le dejé solo ante el peligro y me refugié en un sitio que me había guardado una monja que estaba arriba del todo, en la última fila. Castilla se hizo en seguida con el personal. La gente le escuchaba en silencio, excepto que en cuanto había ocasión —y hubo muchas— la masa prorrumpía en ovaciones, aplausos y gritos que no parecían ajustarse mucho al orden académico que el decano me había encomendado, pero se perdían en el vocerío. La monja estaba entusiasmada, aplaudía a rabiar y en los pasajes cruciales me daba con el codo para indicarme que yo también debía aplaudir. Yo seguí sus indicaciones, hasta que la conferencia terminó con una interminable ovación y, cuando se hizo el silencio, empezaron las preguntas. A mí se me heló la sangre en las venas y me dije: ¡Dios bendito, ahora viene lo bueno! Pero con gran sorpresa mía, no fue así. Castilla contestó maravillosamente a todas las preguntas en un tono crítico sin concesiones, con absoluta veracidad, pero sin extremismos y ya a las nueve de la noche entró un bedel mayor, cogió el micrófono y dijo algo así como "¡Chicos! Tengo que apagar las luces y cerrar la Facultad, así que ir saliendo". La gente se fue y, tras despedirme de la monja, me acerqué a felicitar a Carlos. Me miró conteniendo un poco la risa y me dijo: "¿No te habré comprometido, verdad?" "No, no", le dije; "has estado muy bien y no creo que vaya a pasar nada".
Por lo demás, es claro que el éxito en los libros y conferencias de Castilla no fue fruto de un entusiasmo ocasional. Sus obras y sus intervenciones públicas no eran simples ensayos escritos al hilo de la mera actualidad, ni soflamas ideológicas. Su increíble creatividad, sus conocimientos y su capacidad de llegar al público en directo contribuyeron de un modo decisivo a oxigenar y poner al día aspectos fundamentales de la vida del país. La respuesta de Castilla al cambio fue una respuesta responsable, que abrió camino a una evolución razonable y necesaria de la conciencia pública. Este "segundo Castilla del Pino", llamémosle así para entendernos, apostó por una psiquiatría evidentemente dinámica —¿cómo podría no serlo en el mundo en que vivimos?—, pero pronto se vio que su dialéctica no reducía el individuo a una cantidad despreciable, ni hacía de la cultura un subproducto de la economía o un mero epifenómeno. Este fue el Castilla del Pino que hizo furor en la Universidad de los años setenta; el Castilla del Pino leído con avidez por cientos de miles de personas jóvenes de espíritu que hallaron en sus libros la Open University, la Universidad Abierta que necesitaba la sociedad española para situarse a la altura de los tiempos. Naturalmente, Castilla encontró la resistencia con que suelen tropezar los creadores, pero a la postre le ocurrió, ya ven, lo que a Cajal. El éxito le llegó tarde, pero a raudales.
Después de un esfuerzo tan descomunal, cualquier otro habría quedado exhausto, pero se ve que eso no iba con Castilla del Pino. Aetas succedit aetati, a una época sucede otra, decían los latinos, y desde luego al llegar el nuevo milenio las preocupaciones del psiquiatra Castilla del Pino y del país ya eran diferentes. Como quiera que fuese, el hombre sacó fuerzas de flaqueza y le plantó cara a la nueva situación.
La introducción paulatina de una metodología científica no lineal a lo largo del siglo XX, sobre todo a partir de la Segunda Guerra Mundial, exige planteamientos teóricos y prácticos cada vez más complejos. La psicología, y por lo que veo también la psiquiatría, se han convertido como todas las demás disciplinas en ciencias de la complejidad. Por fortuna para ustedes, la contestación a un discurso no es otro discurso y yo he de poner fin a mis palabras con un comentario final al "tercer Castilla del Pino", porque eso es lo que es.
En fin, es obvio que las estimaciones y comentarios que yo pueda hacer ahora sobre esta nueva etapa de la obra de Castilla, todavía en sus comienzos, pertenecen a lo que Koyré, el gran historiador de la filosofía y de la ciencia, llamaba el mundo del más o menos, le monde de l'à peu près. Pero no creo equivocarme si afirmo que Castilla del Pino ha escrito una Teoría de los sentimientos porque este tema constituye uno de los problemas del psiquismo humano más necesitados de una clarificación, esto es, de una revisión a fondo y rigurosa.
Castilla ha abordado el tema al hilo del concepto de fluctor. Es un método que, al menos que yo sepa, no se ha aplicado hasta ahora al evasivo y fluctuante mundo de los sentimientos, y ya se sabe que la aplicación de un nuevo método a un problema suele traer consigo el descubrimiento de fenómenos y leyes o regularidades desconocidas. De alguna manera Castilla ha reconstruido el mundo de los sentimientos de acuerdo con una teoría que, a juzgar por las aplicaciones de que ya da abundante cuenta, promete ser fecunda.
Las teorías científicas, ya se sabe, no se prueban del todo jamás, son siempre revisables, y sus resultados son a larga lo que las ponen en su sitio. Es decir, lo que mantiene en pie a una teoría es el grado en que las prediciones teóricas que se deducen de sus postulados se cumplen empíricamente. Pero como lo empírico es siempre contingente, la validación o confirmación de las teorías científicas también lo es, nunca es segura. Aún así, las buenas teorías son prometedoras y resuelven problemas desde el primer momento. Y esto es lo que ocurre con esta Teoría de los sentimientos de Castilla del Pino que, por lo que se ve, se ha hecho a la mar con vientos favorables.
Y ya para terminar, permítanme afirmar que no es por azar ni por ganas de presumir de leído por lo que al Dr. Castilla del Pino le atrae el monismo filosófico de Spinoza. En este gran pensador judío nuestro académico ha encontrado un fundamento filosófico de su concepto de la psiquiatría y del importante cometido que en ella desempeña la experiencia interior. Para Spinoza la única substancia posible es Dios, y de los infinitos atributos de Dios sólo conocemos la existencia de dos, el pensamiento y la extensión. Pero como en principio lo único que sabemos de ellos es que se corresponden, es necesario ir descubriendo empírica y teóricamente las formas de esa correspondencia en el comportamiento humano. Que es, como acabamos de escuchar, lo que nuestro nuevo Académico ha mostrado de una forma tan magistral en su discurso que mejor es dejarlo sonar en la memoria.
Por supuesto, son infinitas las cosas que quedan por decir del nuevo académico de la Española: colaboraciones en libros colectivos, honores, invitaciones de "visiting Professor" en Universidades extranjeras, etcétera. Los verdaderos creadores son siempre mucho más. Pero entre las cosas que me dejaba por decir hay una que no puedo dejar de mencionar. Son las papeletas que reclama el Director al comenzar los plenos, esto es, las propuestas de entradas nuevas para el DRAE o las enmiendas a las definiciones que ya existen. Pues bien, todo aquel que haya leído el glosario de términos que lleva su Teoría de los sentimientos sabe ya que en este juego de las palabras Castilla es un maestro.
Termino. Castilla ha cumplido el mandato de Horacio, que Kant hizo suyo para definir la Ilustración: sapere aude, atrévete a saber. Y lo ha cumplido con creces, no sólo porque se atrevió a saber, sino porque además se atrevió a decir lo que sabía. Esta es la enseña que llevará siempre prendida en su fama el Excmo. Sr. Don Carlos Castilla del Pino, a quien esta noche tengo el honor de dar la bienvenida más cordial en nombre de la Real Academia Española y en el mío propio. Muchas gracias a todos.
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