Contestación del Excmo. Sr. Don Juan Luis Cebrián MADRID, 19 de octubre de 2003
SEÑORAS Y SEÑORES ACADÉMICOS,
QUERIDOS AMIGOS:CÚMPLEME esta noche la satisfacción de recibir, en nombre de mis compañeros, al nuevo académico don José Manuel Sánchez Ron. De los tres firmantes de su candidatura al ingreso en esta casa soy, sin lugar a dudas, el menos cualificado para hacerlo. Antonio Colino, primero de los proponentes, es un científico de extraordinaria y brillante ejecutoria, y Emilio Lledó un maestro del pensamiento. Cualquiera de ellos habría llevado a cabo el encargo con mejor acierto, pues por un lado me confieso casi lego en las llamadas ciencias duras, cuya práctica avala el curriculum de Sánchez Ron, y por el otro, dada mi pobre formación filosófica, jamás se me podría ocurrir medir mis muy parvas habilidades con la sabiduría —desde cualquier punto de vista inmensa— que emana del profesor Lledó. De modo que solo motivos de amistad, y una adecuada distribución de los trabajos académicos, justifican mi presencia en esta tribuna. Quizás también el hecho de que soy antiguo admirador de la obra de José Manuel, al que hace ya muchos años convoqué a las páginas de El País, preocupado entonces, como ahora, por la escasa atención que la mayoría de nuestros medios de comunicación prestan al desarrollo de la ciencia, mientras en las televisiones proliferan nigromantes, echadoras de cartas y brujos de la jet-set. Nuestra casa se ha distinguido siempre, como él mismo acaba de poner de relieve, por dar acogida a lo más granado de la ciencia española, y la súbita y llorada muerte de don Ángel Martín Municio había generado un vacío en las tareas de la comisión científico-técnica que era urgente llenar. A sus trabajos se incorporó de inmediato, incluso antes de leer su discurso de ingreso y en su condición de electo, el nuevo académico al que ahora damos la bienvenida.
El profesor Sánchez Ron es licenciado en Ciencias Físicas por la Universidad Complutense y doctor en Física por la de Londres. Nacido en Madrid en 1949 es también, desde 1994, Catedrático de Historia de la Ciencia en el Departamento de Física Teórica de la Universidad Autónoma de nuestra capital, donde previamente se desempeñó como titular de dicha disciplina. Se trata, pues, de un científico de comprobada solvencia en su especialidad, a la que ha dedicado largos años en la cátedra y sobre la que ha publicado numerosos artículos en revistas profesionales del Reino Unido, Norteamérica e Italia —entre ellas una con el sugestivo nombre de Il Nuovo Cimento, sin duda en homenaje al legado de Galileo—. Pero su esfuerzo más continuado y persistente ha sido el estudio de la Historia de la Ciencia, tanto en el campo internacional como dentro de nuestras fronteras, materia sobre la que ha escrito miles de páginas y a la que pertenece la mayor parte de su ya muy voluminosa producción bibliográfica. En esta ha combinado sabiamente la divulgación y la actividad estrictamente científica, hasta levantar un verdadero corpus doctrinae que ha de contribuir a ayudarnos a despertar del secular letargo y a recuperar el atraso científico y técnico en el que se halla sumido nuestro país desde hace siglos.
A partir de la generación del 98, la preocupación por la ciencia es una constante de nuestros grandes pensadores, entre los que descuella, por sus repetidas advertencias, por sus premoniciones y análisis al respecto, la descomunal figura de don José Ortega y Gasset. Pero sea debido a la especial orientación de nuestros diversos planes de estudio y a un mal entendimiento de la enseñanza de las Humanidades, sea por las dificultades económicas o la cicatería inversora, o por una culpable aversión al pragmatismo de que hacen gala muchos de nuestros intelectuales, durante decenios la contribución española al desarrollo científico-técnico ha sido más que limitada, y apenas bastan los dedos de las manos para contar las aportaciones trascendentales hechas por nuestros compatriotas en este terreno. Los empeños de algunos científicos de renombre y las fundadas vociferaciones de Ortega no resultaron suficientes para alejar de nuestro panorama cultural una especie de maldición que nos persigue desde el bachillerato, sometidos como estamos, también en esto, al mito de la dos Españas, representado aquí por una dicotomía singular entre las letras y las ciencias, que ha acabado por degenerar en una auténtica falla tectónica en la edificación del saber de nuestros días. No creo que el mal sea exclusivamente español, aunque se encuentra muy agudizado entre nosotros. Comprendo, por lo demás, las dificultades que la creciente especialización profesional comporta a la hora de reunir sensibilidades y actitudes en dichas materias. De todos modos, en las décadas recientes se ha avanzado mucho en la corrección de este yerro histórico y comienza a haber una pléyade de científicos humanistas, y de humanistas científicos, que han de contribuir grandemente a la recuperación del tiempo perdido. Entre ellos podemos citar a nuestra compañera Margarita Salas, y al propio José Manuel Sánchez Ron, que es el intelectual español que más ha laborado en el campo de la Historia de la Ciencia en los últimos años, al tiempo que ha sido y continúa siendo un reputado maestro de la Física Teórica.
Sánchez Ron es autor de veinticuatro libros sobre estas cuestiones (veinte de los cuales podríamos considerar obras mayores), amén de compilador y editor de otras muy numerosas publicaciones colectivas y director de la colección de ensayo y divulgación científica de la editorial Crítica. Ha publicado cientos de artículos tanto en revistas especializadas como en la prensa diaria, y es el único español cuyos trabajos de historia de la ciencia son referenciados en los Collected Papers, de Albert Einstein, que viene publicando la Universidad de Princeton.
Su primer libro, que vio la luz en 1981, trataba sobre la relatividad, a la que ha dedicado especial atención a lo largo de su vida, después de que versara sobre el mismo tema su tesis doctoral para la universidad de Londres en 1978. Durante la década siguiente, su firma proliferó tanto en las revistas especializadas como en los diarios de Madrid, pero no es hasta 1992, con la publicación de El poder de la Ciencia: Historia socioeconómica de la física, cuando su figura empieza a ser más que elogiada por los estudiosos y especialistas en la materia. Para esas fechas ya prestaba su tiempo como profesor de Física Teórica en la Autónoma madrileña, después de haber sido visiting professor en la Temple University de Filadelfia, y se preparaba para la cátedra de Historia de la Ciencia que obtuvo en 1994. Dos años más tarde, conocido ya como uno de los primeros divulgadores y críticos de la actualidad científica, de su entronque con el pasado y de su proyección hacia el futuro, publicó su Diccionario de la Ciencia. En esta obra Sánchez Ron exhibe no solo una formidable agudeza y un rigor encomiable en sus comentarios y observaciones, sino también un notorio manejo del idioma en el que sobresale su personal estilo, capaz de combinar la precisión científica con el humor y la ironía. En él aparece una definición, que ya le ha hecho famoso, sobre el perfume Chanel nº 5:
"En cierta ocasión —se lee en el libro— le preguntaron a Marilyn Monroe qué llevaba en la cama. «Solamente Chanel nº 5», contestó.
Creado por Ernest Beaux, y puesto a disposición del público en 1921 por la diseñadora parisina Gabrielle «Cocco» Chanel, como complemento a su colección de vestidos, Chanel nº 5 fue el primer perfume en incorporar un ingrediente sintético en su composición, en la que, por otra parte, todavía predominaban los productos naturales (como un aceite extraído de las flores de un árbol de Filipinas: ylang-ylang). El ingrediente en cuestión es el compuesto C11H24O, perteneciente a la familia de los aldehídos, entre los cuales hay algunos que se caracterizan por poseer un perfume agradable (aldehídos aromáticos). Con Chanel nº 5 el perfumista se convertía en científico. De manipulador de sustancias cuyo sólo nombre suscitaba pasiones o ensimismamientos (ámbar, pachulí, sándalo, bergamota, flor de lúpulo, agua de espliego o de rosas, esencia de neroli y nardo, jazmín o canela, bálsamos, mieles, frutas secas o confitadas, semillas de anís), pasó a experto en la propiedades de las combinaciones de los elementos de la tabla periódica; a maestro en volatilidades (en una mezcla de moléculas, la más volátil se evapora antes, y el perfumista-químico desea que la esencia de un perfume permanezca y trascienda todos los adornos olorosos de lo que la rodea)."
Como ustedes pueden comprobar, si la lectura del diccionario siempre resulta algo muy gratificante, la del redactado por Sánchez Ron es altamente sugestiva. Al margen los aromáticos matices sobre el perfume de Marilyn, uno puede encontrar en él un sin fin de ideaciones tan imaginativas como rigurosamente científicas, por ejemplo la que constituiría una nueva definición de la palabra vida, que me parece digna de añadirse a las ya muy numerosas del DRAE, y que extraigo, con ligeras modificaciones, de la citada obra. "Vida: Cualidad de aquellos organismos capaces de alimentarse y reproducirse." Ahí queda eso para la consideración del pleno académico, como una improvisada papeleta.
Tres años después de publicar su diccionario, Sánchez Ron deslumbrará a la comunidad intelectual con su libro Cincel, Martillo y Piedra. Historia de la Ciencia en España, cuyo título bebe en las fuentes de un poema de don Antonio Machado dedicado "al joven meditador José Ortega y Gasset". Este trabajo con el que el autor pretendía "comprender los logros y las carencias de la ciencia en España" es ya casi un clásico en nuestro país y fue unánimemente elogiado entre los expertos, al tiempo que mereció una espléndida acogida por parte de los lectores. Dos biografías dedicadas a la figura de Madame Curie —que nos hablan del espíritu aventurero de esta mujer y de su dedicación a tareas humanitarias durante la Primera Guerra Mundial, amén de su entrega al trabajo de investigación en el laboratorio con que Francia honró sus esfuerzos—, y otros volúmenes de divulgación, entre los que destaca El futuro es un país tranquilo, escrito en forma de cartas a Isaac Newton, sirvieron más tarde de pórtico a la aparición del primer tomo de la Historia de la física cuántica, obra monumental en la que Sánchez Ron vuelve a interesarse por las cuestiones que justificaron su temprana vocación profesional: la historia de la cosmología, de la energía nuclear, de la teoría de la relatividad y del conjunto de la tarea de Albert Einstein. En el caso de la Historia de la física cuántica no nos encontramos ante un texto dirigido al gran público, sino ante un esfuerzo formidable por llevar a cabo una labor historiográfica con escaso parangón en España. "Este es un libro de historia de la ciencia —declara el propio autor— que pretende ser riguroso con las técnicas y usos propios de esta disciplina. En absoluto debe ser considerado como perteneciente al género —tan digno por otra parte— de la divulgación científica".
Sus dos últimas aportaciones al universo literario (El jardín de Newton y Los mundos de la ciencia) pueden en cambio enmarcarse en ese ámbito divulgador que busca la atención del gran público, y del que nunca ha renegado Sánchez Ron. En estas obras, junto a la explicación de la teoría y la praxis de la ciencia experimental, late una intensa preocupación por el devenir de la misma, por su repercusión social y las complicaciones éticas que genera. "No puedo negar —confiesa— cuán cierto es que el conocimiento que suministra la ciencia ha sido, es, y me temo que seguirá siendo, origen de abusos y sostén de desigualdades que no conducen, precisamente, a facilitar lo que constituye su fin último: erradicar la ignorancia y el desamparo... Sin embargo piénsese en lo que sería hoy la vida material e intelectual de los humanos sin lo que la ciencia les ha dado y da. Seríamos más ignorantes, más indefensos, seríamos, en definitiva, más pobres en todos los sentidos".
Como ustedes mismos pueden atestiguar, el talante moral, la atención por el hombre como sujeto preferente y objeto último de la investigación científica, recorre transversalmente toda la obra del nuevo académico e ilumina, al tiempo, su currículo de profesor y escritor. Es una obra, además, transida de entusiasmo y alerta combinados en lo que se refiere a la incidencia de los descubrimientos científicos en la construcción de la lengua. "Los idiomas —decía en un artículo publicado en diciembre de 2001— se ven obligados a reaccionar ante el desarrollo científico, acogiendo en su seno nuevos términos que surgen, irresistibles, obedeciendo a lógicas y motivaciones muy diferentes"... "comunidades cuya capacidad científica es pequeña tienen un problema añadido: el de traducir esos nuevos términos, creados fuera, imponiendo criterios racionales que no violenten la historia, tradición y estilo lingüísticos propios".
Hoy nos ha hablado, sin embargo, del mestizaje, y nada más mestizo existe en la historia de la cultura que las lenguas. En efecto, estas han sido violadas, transgredidas y mezcladas de manera constante. En eso reside su grandeza y su más evidente peligro. La Real Academia Española, en colaboración con las de las repúblicas hermanas de América y Filipinas, vela porque la perenne ebullición del lenguaje castellano no degenere en jergas, primero, que den más tarde origen a dialectos y aún a idiomas diferentes. La unidad de la lengua, que con ahínco defendemos y por la que tanto nos esforzamos, solo es realizable desde el reconocimiento de las muchas y muy diversas aportaciones que nuestro inicial idioma romance ha recibido a lo largo de la historia. Al margen las de raíz árabe o amerindia, y de los neologismos y barbarismos que el internacional uso del francés, primero, y del inglés, ahora, han introducido, el desarrollo científico y técnico ha supuesto una auténtica invasión de nuevos términos no siempre bien homologados y definidos. De una comprensión unitaria de los mismos depende, sin embargo, en gran medida no solo el futuro de la lengua, sino el de la investigación y, por ende, la superación de las diferencias científicas y económicas de nuestros países respecto a las potencias mundiales.
Querido José Manuel, a esa tarea, que aspira a la unidad desde la diversidad, y que asume el mestizaje cultural como la principal riqueza de nuestros pueblos, ha de incorporarse ahora tu magisterio y experiencia. Llegas anunciándonos que pretendes rompernos el corazón, lo que suena a una forma elegante de partirse el alma y partirla a los demás. Hoy quiero darte las gracias por tu trabajo bien hecho, por tu dedicación a la comunidad y por el hermoso discurso que acabas de pronunciar con el que, desde luego, nos has conmovido e ilustrado. Dices, con mucha razón, que la ciencia es divertida. El escritor inglés Gilbert K. Chesterton solía comentar con cuánta frecuencia la gente confunde lo divertido con lo frívolo. "Pero lo divertido no es lo contrario de serio —puntualizaba— lo divertido es lo contrario de aburrido, y de nada más". Entre nosotros podrás comprobar que, contra lo que su particular leyenda negra predica, también la Academia es divertida, y mucho, sin que ello desdiga de su proverbial seriedad. Bienvenido a esta casa en donde solo encontrarás amigos conviviendo en un ambiente de diálogo y de libertad, el único adecuado para que puedas continuar arrancando frutos del inconmensurable y siempre tentador Árbol de la Ciencia.
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