Contestación del Excmo. Sr. Don Ángel Martín Municio MADRID, 30 de septiembre de 2002
EXCMO. SR. DIRECTOR,
EXCMOS. SRS. ACADÉMICOS,
SEÑORAS Y SEÑORES:
Puede que no resulte fácil, en la ya multisecular avenida de ocasiones de recepción académica que esta Institución ha vivido, encontrar solemnidades semejantes. En efecto, si persona, personalidad y reductos intelectuales, acostumbran a hibridarse en la particular clonación académica para prestigiar con su vida y su conducta a esta Casa; es su mismo desarrollo el que, a fin de cuentas, culmina y contribuye sobremanera —con el voto social presente— a la brillantez de las ceremonias de ingreso. Porque, a pesar de sus excepcionales méritos, cuenta Carmen Iglesias con la devota fidelidad de sus amigos, lo que al hermanar la admiración con la amistad, vuelve un tanto incierto el dicho que proclama que «hay pocos vicios que nos impidan tener muchos amigos; y, sin embargo, las grandes cualidades pueden dificultarlo».
Y frente a la tradicional recepción y bienvenida en nombre de la Academia, no quisiera cumplir el elogioso rito con el monótono despliegue monográfico de la obra realizada. Intentaré más bien perfilar los riscos que, con clara mente y bella pluma, se fragmentan de ese gran fractal que conforma la obra científica de Carmen Iglesias, que, al servicio de la verdad, sin hurtar esfuerzos —de tan delicada apariencia como de indómita decisión— a su compromiso de vanguardia, iza la memoria de los maestros mientras que, resistente a la clasificación, va ahondando en la estructuración del tiempo histórico, a la vez que suscita nuevos aconteceres de índole social, política, costumbrista o biográfica; practica la postura interrogante como primera condición del quehacer creativo e indivisible de los planteamientos teóricos; y, al entrecruzar los saberes tradicionales, llega a la narración virtual de la historia transversa concebida a partir de sus imágenes. No en balde, el comportamiento fractal, nacido para interpretar la belleza insospechada de la nueva geometría de la naturaleza, está tanto en la raíz misma del origen del Universo como de la filosofía; y, a su vez, de la vida biológica y de los sistemas sociales.
Hace más de una década que la presencia de Carmen Iglesias en la Real Academia de la Historia es motivo decisivo tanto de las actividades de esa Institución como de las publicaciones que reflejan su actividad profesional desde el brillante y trascendente acceso, en 1984, a la cátedra de Historia de las Ideas y de las Formas Políticas, de la Universidad Complutense. Entre otras, su propio discurso de ingreso «Individualismo noble e individualismo burgués» (1991); y, al término de la década, «Razón y sentimiento en el siglo XVIII» (1999) que, en su medio millar de páginas, estruja en una colección de excepcionales aportaciones la política, la sociedad, los personajes y la cultura de ese tiempo histórico; y en espera este mismo año, la participación en la misma serie académica «Clave historial» de la obra «Imágenes del poder: utopía y memoria». Y quiero pensar que estos ejemplos lo son también del auténtico ensayismo histórico que, en páginas atrayentes y amenas, con rigor literario, no olvida la elaboración de las construcciones históricas; las que —como señala don Claudio Sánchez Albornoz— de verdad nos dicen «cómo ocurrieron los hechos; cómo se forjaron los pueblos, cómo sus ideas, sus instituciones, sus problemas; cómo las comunidades nacionales lucharon con la realidad histórica que les salió al paso; cómo pueden, por tanto, mañana acuñar su futuro, elegir sus caminos, decidir sus destinos».
Siendo esto así, y aún contando con la indudable especificidad de los terrenos, otro Claudio, otro don, Claudio Guillén, miembro electo de esta Casa, asegura que «el estudioso de la literatura es un historiador como otros historiadores, entre otros historiadores», y que la simple noticia que «la cronología supone, se manipula con igual libertad por el historiador que por el novelista». Y a este respecto, abundantes son los escritos de Carmen Iglesias, que, con el rigor de las normas de la historiología, se apuntan a esta libertad, como «La máscara y el signo: modelos ilustrados» (1988), «Política y virtud en el pensamiento político» (1989), «Valores aristocráticos y valores democráticos» (1992), «La memoria histórica» (1994), «Fines de siglo y sentimiento de crisis. Imágenes y realidad» (2000).
En numerosas ocasiones, la historia de los discursos de ingreso académicos nos habla también de estas relaciones. Y no deja de ser ciertamente curioso que este mismo 2002 se corresponda con el sesquicentenario del ingreso de don José Caveda —contestado por el marqués de Pidal— en el que consideró «la poesía como elemento de la historia; cómo la verdad brotó muchas veces de la fábula, cómo fueron las realidades auxiliadas por las ficciones; cómo los cantos del entusiasmo público, al ensalzar la virtud o escarnecer el vicio, resonaron en la posteridad, encontrando eco en las páginas de la historia para salvar del olvido y de la oscuridad la vida de los gobiernos y de los pueblos». Al cabo de medio siglo de aquella fecha, en otro discurso, el de Pérez Galdós, se pudo escuchar: «Imagen de la vida es la novela, y el arte de componerla estriba en reproducir los caracteres humanos, las pasiones, la debilidades, lo grande y lo pequeño, las almas y las fisonomías, todo lo espiritual y lo físico que nos constituye y nos rodea...». Porque «allí están reflejadas —nos dice Ana Maria Matute— en pequeñas y sencillas historias, toda la grandeza y la miseria del ser humano». A lo que añade en otro lugar: «Cuando en la literatura se habla de realismo, a veces se olvida que la fantasía forma parte de esa realidad, porque nuestros sueños, nuestros deseos y nuestra memoria son parte de la realidad. Por eso me resulta tan difícil desentrañar, separar imaginación y fantasía de las historias más realistas, porque el realismo no está exento de sueños ni de fabulaciones... porque los sueños, las fabulaciones e incluso las adivinaciones pertenecen a la propia esencia de la realidad». Y hete aquí, que en estos días nuestros casi resulta como una fabulación el hablar de lealtad y de fidelidad; las de aquellos rasgos con que la discípula Carmen Iglesias se vinculaba a la mejor clase de la gran historia de las ideas de Luis Díez del Corral y de José Antonio Maravall, para luego devolver los saberes recibidos en otra incansable fabulación, la de la gratitud y la generosidad, bajo la forma de biografías, semblanzas, compilaciones y hasta ediciones especiales de sus obras completas. Publicaciones de distinto género y envergadura, que, en número exacto de treinta y dos, han revivido en estos últimos años la memoria de los maestros.
Ideas sobre la literatura, en cualquier caso, que complementa José Luis Sampedro al señalar que «las fronteras, incluso las más obvias, las introducimos nosotros, indispensablemente, con el fin de conocer, clasificando e identificando lo percibido»; y al abundar que «con palabras se construyen las fronteras en el mundo de la literatura, donde se desenvuelve la novela, alzada sobre el filo mismo de la realidad y la ficción porque participa de ambas... Por eso los grandes personajes de ficción resultan más reales e influyen más en nosotros que muchos seres de carne y hueso». Algunos, sin embargo, de estos influyentes de carne y hueso han sido objeto de los estudios y publicaciones de Carmen Iglesias; a modo de ejemplo: «El pensamiento de Montesquieu: política y ciencia natural» (1984), «La teoría del conocimiento en Montesquieu» (1984), «Las pasiones y el origen del conocimiento en Rousseau» (1985), «Montesquieu et l'Espagne» (1987), «Montesquieu: ideas políticas» (1989), «Montesquieu, contemporáneo» (1991), «Jovellanos: la ocasión perdida» (1994), «Campomanes, un ejemplo de civismo» (1996), «Felipe II: un Monarca y su época» (1998), «Felipe II: la Monarquía hispánica» (1998), «Felipe II y la memoria histórica» (1998), «Rousseau y la tentación de la inocencia» (1999), «Felipe V en España. Política y Corte» (2002), «Velázquez en la Corte de Felipe IV» (2002).
Sin que baste todo ello, ya que «en la evaluación de la memoria del ser humano que contienen las novelas —piensa Luis Mateo Díez— podemos encontrar las huellas más secretas, y un recuento de lo más hondo y misterioso de los sentimientos, de las emociones, de las frustraciones y deseos, que el ser humano acarrea, como hijo de su tiempo, como ejemplo de su época, sólo en las ficciones es posible...»; de modo que «la experiencia de lo imaginario cobre en la palabra otra verdadera realidad». Lo que permite al autor concluir que «una evaluación de lo que en la memoria histórica, en el devenir de los siglos, supone la memoria literaria, la memoria narrativa, la huella de esa verdad artística que se ha perpetuado en el universo de lo imaginario, resultaría tan contundente que si, por un momento, pudiéramos pensar en su pérdida o en su inexistencia, sentiríamos el terrible vacío de lo que sólo ella contiene: ese otro resplandor del pasado que la ficción literaria hace revivir con el latido, la intensidad y la complejidad con que sólo el arte derrota al tiempo». Lo que media docena de años antes apuntaba Luis Goytisolo a propósito «de las buenas nuevas que traía consigo el fin del siglo pasado —el siglo XIX— que son en definitiva las que han condicionado el nuestro»; entre las que el autor elige la fotografía, el cine y la televisión como las buenas nuevas que han incidido sobre la narrativa, y lo hace de esta manera: «¿Influencia de la fotografía en la narrativa? Yo más bien hablaría de una utilización consciente de los cambios que lo nuevo ha introducido en la percepción del lector, que es, al mismo tiempo, espectador cada vez más familiarizado con la fotografía». Admitidas todas estas ideas, imagino que su puesta en práctica ha tenido una singular versión en la original concepción de la dualidad idea-tiempo, exhibida bajo la doble forma de narración-imágenes, y ofrecidas a modo de mano a mano endógeno lector-espectador, en una colección de exposiciones estructuradas, vivificadas, y relatadas por Carmen Iglesias. La primera en 1988-89 sobre «Carlos III y la Ilustración» (Palacio de Velázquez, Madrid, 1988; y Palacio de Pedralbes, Barcelona, 1989); de nuevo, en 1998 bajo el título «España fin de siglo. 1898» (Fundación La Caixa, Museo de Antropología, Madrid 1998, y Palacio Macaya, Barcelona 1998); en el mismo año 1998 tuvo lugar «Felipe II. Un Monarca y su época: la Monarquía Hispánica» (Sociedad Estatal para la conmemoración de los centenarios de Felipe II y Carlos V. El Escorial, Madrid, 1998); y, en 2001, la cuarta exposición de esta serie con el título de «Ilustración y proyecto liberal. La lucha contra la pobreza» (Ibercaja, La Lonja de Zaragoza, 2001). Es, seguramente, una original y sugestiva manera de hacer historia, restregando el cerebro del espectador con las numerosas ideas sociales, económicas y políticas que se manifiestan en las imágenes, los instrumentos y los utensilios, y las costumbres de una época, sabiamente guiadas por los mojones de un recorrido didáctico, y ayudadas por las buenas maneras de la tecnología de nuestro tiempo.
Mas, por encima de todo, asegura Mario Vargas Llosa, «al genio literario le son indiferentes los temas y los géneros y, aunque parezca mentira, incluso las ideas». Precisamente, porque —según advierte Francisco Rodríguez Adrados— «los hombres, desengañados muchas veces de la lengua que recibieron, han acudido a crear una lengua ideal que respondiera a sus objetivos: la lengua científica y la literaria y poética. Son especializaciones de la lengua, logradas por selección, eliminación, creación; pero son lengua después de todo». Cauces a fin de cuentas de la escritura que drenan los terrenos de la historiografía y la reflexión filosófica o científica, para abonar luego las diferentes funciones sociales —didácticas, culturales o políticas—.
Y aunque pareciera imposible encontrar justificaciones añadidas a todas estas realidades de la literatura y de la lengua, en el último ingreso académico, José Antonio Pascual nos dejó ese tremendo regusto de que «amar a la lengua no es monopolio de escritores y filólogos».
Desde estos principios, con diversidad de temas, según una creación especializada, y siempre con el empeño del cuidado de la lengua, Carmen Iglesias ha abordado numerosos proyectos de diferente género y alcance, expuestos en formas y medios variados, y bajo el común significado de su difusión social. Tres tipos de proyectos especiales han experimentado su dirección y participación destacada. En primer lugar, la presencia en los medios de comunicación de ediciones conmemorativas de excepcionales acontecimientos históricos, de los que son ejemplo: «Crónica de la Revolución» (1989), «Así era el mundo, así éramos nosotros» (1992) e «Isabel la Católica» en «Quinientos años de la unidad de España» (1992). En segundo término, los volúmenes hasta ahora aparecidos —1996, 1997 y 1999— responden a la organización, presentación y participación en los cursos especiales que bajo el título «Nobleza y Sociedad en la España moderna» (Fundación Central Hispano) constituyen aportaciones singulares al estudio del papel jugado por dicho estamento en la historia de España. Y en tercer lugar, la dirección e introducción de la magna obra «Símbolos de España», excepcional estudio y documentación gráfica de los signos que caracterizan al Estado español. Obra singular que retrata el cabal ajuste de la personalidad de nuestra nueva académica en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales cuya dirección ocupa desde 1996.
Al intentar huir, como acabo de señalar, de las retahílas curriculares y entresacar los riscos que permitan vislumbrar la personalidad intelectual de Carmen Iglesias, se topa uno con que estos cuantos aspectos singulares acabados de seleccionar se edifican sobre un espléndido cimiento de conferencias, seminarios, presentaciones, libros colectivos, prólogos, comisiones, artículos de prensa y de revistas especializadas, etc. De forma que si a cada uno de los sobresalientes conjuntos anteriores puede encontrársele un encuadre adecuado dentro de las cosechas conceptuales de los fenotipos académicos; a toda su extraordinaria labor —universitaria, investigadora, de creación y gestión—, y a toda su incansable dedicación al diálogo con las ideas políticas, sociales y morales, pueden referirse aquellas palabras con que Cela esculpió, en bella filigrana literaria, la huella de otro ilustre académico, de Marañón el hombre, en su centenario: «... derrotó al tiempo con el arma que más ama el tiempo: la constancia; en su vida, más importante que el tiempo que no se aprovechó, fue el tiempo que no se dilapidó, el tiempo que no se dejó perder. El perder el tiempo no supone tan sólo una pérdida de tiempo —que, bien mirado, sería lo de menos—, sino también una alteración de la conciencia, un derroche de la paz más íntima y, lo que es peor, una dejación de la fe en uno mismo». Y es que, precisamente, esta constancia en cualquier labor del tiempo de Carmen Iglesias bien pudiera ser una singular referencia en la obra de Cela «Las compañías convenientes» cuando asegura: «Llegar a la meta prevista cuando la vida se apaga, no nos puede ilusionar. No es menester llegar el primero a nada; es, por el contrario, de toda necesidad llegar a tiempo». Y, hoy, Carmen Iglesias llega a tiempo, al debido tiempo, a esta Academia.
Y entre los nudos del discurso que acabamos de escuchar, ocupa la posición central la reflexión sobre las relaciones historia-literatura y sus ámbitos comunes, dependientes o complementarios; y, entre ellos, adquieren un interés sobresaliente las consideraciones sobre el tiempo histórico y la pretensión de verdad como caracteres que enmarcan la configuración narrativa de la historia; sin que ello sea incompatible con el común acervo de formas narrativas a los variados géneros de la historiografía, y aún reconociendo sin remedio los superiores efectos sociales de la estela de la obra literaria. Como quiera que en el transcurso del razonamiento lógico del discurso figuran tanto los orígenes de la ciencia y de las matemáticas, al lado de la filosofía griega, como los de la ciencia moderna en el siglo xvii, al lado del nacimiento del método experimental, cabe pensar no será demasiado ajena al discurso que acabamos de escuchar la descripción complementaria de las relaciones historia-ciencia-literatura, ya que ciencia y científicos comparten el lenguaje con escritores e historiadores. El lenguaje literario, sin embargo, en su creatividad subjetiva, puede llegar a ser un fin en sí mismo; en tanto que los lenguajes de la historia y de la ciencia son instrumentales y carentes, en distinta medida ciertamente, de ambigüedades para el logro de algo adicional y objetivo; sus descripciones y cualidades son también diferentes. La literatura puede hacer del lenguaje un ingrediente ingrávido, sin otro significado que sí mismo; en tanto que la historia y la ciencia utilizan el lenguaje como código de referencia para significar algo más ajeno a él: un hecho, un significado o una verdad. Todas ellas, en cualquier caso, buscan nuevas visiones de las cosas en mundos diferentes que no dejan por ello de participar de una base común dentro de la historia cultural y social. Mundos diferentes que, sin embargo, cambian frecuentemente sus papeles: si en el de la literatura se ama y se odia, se triunfa y se humilla, se alegra o se sufre, hay sosiego o desesperanza; también hay muchos ejemplos de cómo en el de la ciencia se triunfa y se alegra y hay esperanza. De otro lado, si en el de la ciencia se fijan sus doctrinas y sus ideas a las concepciones del mundo; también el de la literatura se incrusta en el ambiente producido por las corrientes científicas del mundo físico y los avances tecnológicos.
Uno de los ejemplos más bellos y precisos de este intercambio de papeles o, si queremos, de la extensión de esas fronteras compartidas —en las que se detiene el discurso de Carmen Iglesias— o, incluso, de las estrategias del saber histórico o del saber científico al servicio de la literatura, lo tenemos en una de las novelas más famosas de nuestros días cuando, al comienzo de la narración, uno de sus personajes espetó: «Fue entonces cuando vi el Péndulo. La esfera, móvil en el extremo de un largo hilo sujeto de la bóveda del coro, describía sus amplias oscilaciones con isocrona majestad. Sabía, aunque cualquiera hubiese podido percibirlo en la magia de aquella plácida respiración, que el periodo obedecía a la relación entre la raíz cuadrada de la longitud del hilo y ese número p que, irracional para las mentes sublunares, por divina razón vincula necesariamente la circunferencia con el diámetro de todos los círculos posibles, por lo que el compás de ese vagar de una esfera entre uno y otro polo era el efecto de una arcana conjura de las más intemporales de las medidas, la unidad del punto de suspensión, la dualidad de una dimensión abstracta, la naturaleza ternaria de p, el tetrágono secreto de la raíz, la perfección del círculo». Tan rigurosamente precisa como bella la descripción física con que se inicia «El Péndulo de Foucault»; y pocos párrafos más adelante Humberto Eco pone en boca del personaje: «El Péndulo me estaba diciendo que, siendo todo móvil, el globo, el sistema solar, las nebulosas, los agujeros negros y todos los hijos de la gran emanación cósmica, desde los primeros eones hasta la materia más viscosa, un solo punto era perno, clavija, tirante ideal, dejando que el universo se moviese a su alrededor. Y ahora yo participaba en aquella experiencia suprema, yo, que sin embargo, me movía con todo y con el todo, pero no era capaz de ver Aquello, lo Inmóvil, la Fortaleza, la niebla resplandeciente que no es cuerpo, no tiene figura, forma, peso, cantidad o calidad; y no ve, no oye, ni está sujeta a la sensibilidad; no está en algún lugar o en algún tiempo, en algún espacio; no es alma, inteligencia, imaginación, opinión, número, orden, medida, sustancia, eternidad; no es tinieblas ni luz; no es error y no es verdad». Y cuando este personaje, el personaje del Péndulo, pasaba revista a lo que Eco llama «cementerio de cadáveres mecánicos», con el alma herrumbrada, puros signos de un orgullo tecnológico e intenta esconderse y permanecer en el museo de antiguos objetos móviles; cuando tenía que ser astuto y lúcido, se dijo para sus adentros: «Ánimo, deja de pensar en la sabiduría. Pide ayuda a la ciencia».
Y como representación de ese otro extremo, buscador de analogías, bien pudiéramos escoger las confluencias formales que señaló Octavio Paz en sus ensayos recogidos bajo el título de «Corriente alterna»: «Hay más de una semejanza —asegura Paz— entre la poesía moderna y la ciencia. Ambas son experimentos, en el sentido de prueba de laboratorio: se trata de provocar un fenómeno por la separación o combinación de ciertos elementos, sometidos a la presión de una energía exterior o dejados a la acción de su propia naturaleza. El poeta no postula ni afirma nada de antemano (...) su actitud frente al poema es empírica».
En otro lugar, Paz llega a admitir que la posición del poeta no es muy diferente de la del hombre de ciencia. Este logra participar en la experiencia y en ciertas ocasiones forma parte del fenómeno y, en consecuencia, lo altera. Por lo que respecta a la poesía moderna, añade: «El sujeto de la experiencia es el poeta mismo: él es el observador y el fenómeno observado. Su cuerpo y su psique, su ser entero, son el campo en donde se operan toda suerte de transformaciones. La poesía moderna es un conocimiento experimental del sujeto mismo que conoce. La poesía es un saber y un saber experimental». Idea de la que ya participó Zola en el texto programático de su obra «La novela experimental» (1880), en la que, al adaptar las innovaciones que Claude Bernard había descrito en «La introducción al estudio de la medicina experimental» acerca de la experimentación y la prognosis, justificaba sus esquemas y procedimientos novelísticos, y reivindicaba para la novela los criterios de verificación y predicción que se introducían en la medicina. Idea compartida también, en 1939, por Bertold Brecht en su obra «Sobre el teatro experimental».
Pocas autoridades a este respecto como la de Ernesto Sábato, quien asegura en su «Itinerario»: «La literatura, esa híbrida expresión del espíritu humano, se encuentra entre el arte y el pensamiento puro, entre la fantasía y la realidad, puede dejar un profundo testimonio de este trance y quizá sea la única creación que puede hacerlo». Literatura, pues, como buscadora de comunicación y complemento del pensamiento; a lo que se refiere también el mismo Sábato cuando afirma: «En el momento mismo en que las ciencias físicomatemáticas me acababan de salvar, empecé a comprender que no me servían: eran un refugio en medio de la tormenta, pero nada más, aunque nada menos que eso».
Y aunque no haya razones epistemológicas para dejar de admitir la relación recíproca entre ciencia y literatura, tampoco cabe pensar en una reversibilidad completa. Yo creo que la capacidad y la inspiración de la ciencia para inducir y dar forma a la creación literaria son netamente superiores a la aptitud de la literatura para requerir o inspirar la creación científica. Bien es cierto también, que en el seno de sus relaciones cabe preguntarse: ¿cómo las figuras, metáforas y mitos, comparten el discurso común de la creación literaria y científica?, ¿cómo el creador literario se adentra en las hipótesis, los descubrimientos y los hechos de la ciencia? Posturas interrogantes, inseparables de los planteamientos teóricos, que se recogen en el discurso a propósito de la narración histórica y que, como condición del quehacer creativo, afectan por igual a los terrenos de las ciencias naturales. Puede que tenga que ver con ello la narración literaria de una sugestiva novela de nuestro tiempo, cuando dos amigos de edad madura —como de edad tardía los refiere el autor— emprenden juegos demasiado peligrosos; y a sus protagonistas —cuenta la novela de Landero— «la primavera los sorprendió examinando los misterios del arte y de la ciencia. Gil —uno de ellos— preguntó cómo podía saberse el punto exacto del progreso en que se encontraba el mundo. Gregorio, que había previsto la pregunta, leyó en la libreta que había un lugar medio secreto donde iban los artistas con sus obras, los científicos con sus inventos, los filósofos con sus teorías, los médicos con sus remedios y los oradores con sus discursos. Un lugar donde se vendía, se compraba, se cambiaba y se daba a conocer, como un gran Mercado de la Inteligencia o Lonja del Progreso». Y en ese ambiente surgió la pregunta: «¿Cuál es la diferencia entre el científico y el poeta? Bueno, la ciencia si miente pierde su valor, y el poeta siempre dice la verdad aunque mienta. Lo que se dice en verso nadie lo puede contradecir en prosa, porque no forma una opinión sino un designio. Lo que es bello es también verdadero. Ya lo dijo Platón».
Lo que no deja de animarme a dedicar unos minutos a meditar acerca de estos conceptos desde el universo de la naturaleza; sobre todo, además, cuando en un libro de literatura comparada (Claudio Guillén «Entre lo uno y lo diverso», pág. 26, editorial Crítica, Barcelona, 1985) y a propósito de la unidad de la literatura se lee literalmente: «Citaré en segundo lugar unas palabras de Ilya Prigogine, eminente científico belga, Premio Nobel de Química, pronunciadas en una entrevista de 1979. Recalca Prigogine la importancia del tiempo en las ciencias naturales y concretamente en los sistemas moleculares cuyo equilibrio es afectado por las bifurcaciones del azar y el influjo de otros sistemas; de ahí la pertinencia del segundo principio de termodinámica: la energía, de transformación en transformación, no cesa de degradarse. A consecuencia de este principio, pregunta el entrevistador, ¿debe creerse que el universo, en su conjunto, y a pesar de su diversidad, de sus éxitos parciales, va hacia un enfriamiento y un fin ciertos?». Sin entrar en la respuesta —que tampoco iba a aclararnos nada del problema en cuestión—, la simple referencia me indulta a priori de las particularidades desde las que, a causa de mis orígenes, pudiera contemplar estas ideas. Referencia particular a la que habría que añadir la general influencia de las estructuras y los sistemas, de la biología y de la física, sobre los modelos lingüísticos y, de rechazo, sobre la misma crítica literaria.
Porque, además, tiempo y memoria, de un lado, y verdad, realidad y ficción, de otro, son ideas que en todas las épocas han estado en candelero; tan variados en sus concepciones como de difícil contemplación unitaria. Al tiempo se refiere tanto la propiedad de duración de las cosas —temporeidad— como el primado de la noción de tiempo en una sucesión de acontecimientos —temporalidad—. El paso del tiempo, incluso a distintas velocidades aparentes, nos es familiar y es el centro de los intereses intelectuales y emotivos del hombre. En su uso lingüístico, ¡cuántas veces tan sólo se hace tiempo! Algunas, sin embargo, se aprovecha, gana, corre o adelanta; otras, al contrario, se pierde, se engaña, se entretiene y hasta se mata el tiempo. Puede ser el tiempo bueno o malo; oro, sabio o maestro; de marras o de maricastaña; todo lo cura o todo lo cubre.
Pero ¿existe el tiempo?, ¿qué es esto del tiempo?, ¿es un atributo del movimiento y del cambio?, ¿qué es el ahora, fin del pasado, comienzo del futuro?; el tiempo de la relatividad, el tiempo espacializado de la física, el continuo tetradimensional espacio-tiempo ¿se presta a describir los seres vivos? En cualquier caso, ciencia y poesía, filosofía e historia, desde San Agustín a Einstein y desde Shakespeare a Darwin, han intentado la descripción y la idealización de la naturaleza, han reflejado los sentimientos y las aspiraciones del hombre; se han enfrentado con la temporalidad de los seres vivos; han narrado de mil maneras el curso de las pasiones y las actitudes emocionales en el tiempo y su mutabilidad; han discurrido sobre las nociones de pasado, futuro y simultaneidad; han creado bellas imágenes en alabanza de los que usan el tiempo como versión de eternidad y para quienes el tiempo es a la manera de intuición kantiana de su propio ser. En el espíritu del hombre están, desde siglos, las mismas inquietudes, las mismas dificultades para la comprensión del mundo, que lograron expresarse, prodigiosamente, como si alcanzaran el futuro saltando sobre su propio tiempo.
Hace ya casi diez mil años que nuestros antepasados tuvieron experiencias del tiempo en los ciclos de fertilidad y de desarrollo embriológico; y desde entonces, calendarios, relojes y cronologías han servido para ordenar en el tiempo los acontecimientos individuales y sociales. Y, durante miles de años, el hombre ha diseñado multitud de artilugios para la medida del paso del tiempo: relojes de agua, de fuego, mecánicos, astronómicos y atómicos, ninguno de los cuales mide el tiempo real, sino solamente compara diferentes procesos naturales. Así, resulta que cuando nos preguntamos: un segundo, un día o un mes, ¿cómo son de largos?, aparte de lo que nos den de sí a nuestra finalidad —«para los hombres que están en alegría, el pesar hace de una hora diez», argüía uno de los personajes de Shakespeare—, su duración dependerá del proceso que se utilice para su comparación. Y, entre la infinidad de relojes curiosos que nos cuenta la historia de la medida del tiempo se citan el del arquitecto Vitruvio, con un dial rotatorio movido por un flotador; la candela de Samuel Levi, citada en el «Saber de Astronomía» de Alfonso X el Sabio, que, al perder peso, eleva una plataforma indicadora sobre una regleta graduada; y no digamos los famosos vástagos de incienso, importantes contadores del tiempo en los aposentos de geisas.
San Agustín se pregunta insistentemente sobre esa palabra, a la vez, tan sencilla y oscura, tan vulgar y profunda, ¿qué es el tiempo? Medimos el tiempo a su paso, asegura; el presente existe, pero no perdura y, en cambio, el pasado y el futuro tienen duración, pero no existencia. Hasta el siglo XIX, no obstante, no se plantea en ciencia y en filosofía, en toda su complejidad, el problema del tiempo. Y dudas e interrogantes parecidas a propósito del tiempo llegan a nuestros días; cuando hace alrededor de cuatro décadas muere Besso, intentando conciliar la irreversibilidad del tiempo con la relatividad general, su gran amigo Einstein escribió a la familia: «Para los físicos convencidos, la distinción entre pasado, presente y futuro es sólo una ilusión por persistente que sea». La noción clásica de simultaneidad y la significación absoluta del tiempo, independiente del estado de movimiento del cuerpo de referencia fueron, con Einstein, asociados a las coordenadas del espacio y a la coordenada tiempo; de esta forma, cada cuerpo tiene su tiempo particular y, a menos que se haga esta referencia, carece de sentido la atribución del tiempo a cualquier suceso.
Einstein solidarizó al hombre y al planeta en que vive con el cosmos, pero fue Darwin quien logró la solidaridad de la vida del hombre con la vida en el resto de la Tierra. Darwin vinculó su conocida teoría de un tiempo lento, evolutivo, que en el pensamiento de la época equivalía a natural, frente a la idea de cambio brusco, discontinuo, más vinculado a lo sobrenatural. A la vez, el hombre descubre cada vez más relojes sujetos a las leyes de la biología o de la física y, en los últimos años, intenta aclarar el control génico del tiempo de vida de una especie y del mantenimiento de su integridad, a fuerza de detectar numerosas oscilaciones biológicas que manifiestan la biotemporalidad rítmica de la naturaleza. Ritmicidad que afecta a todas las células de todos los seres vivos, hembras y machos, árboles y aves, corales y crustáceos. Y hoy se persigue descifrar las bases moleculares de los ritmos circadianos y de las variaciones en la agresividad, el cortejo, el color, los estilos del canto o los hábitos alimentarios de las diferentes especies animales; se interpreta la sincronización de las señales en los periodos luz-oscuridad o en las oscilaciones metabólicas y de la fotosíntesis; se busca hasta el sentido del ritmo de las vibraciones moleculares del DNA. Esta repetición de acontecimientos a lo largo del tiempo biológico contrasta en cierta manera con los procesos neurofisiológicos a los que corresponden las experiencias de presente, pasado y futuro y, por tanto, con las bases moleculares y celulares del aprendizaje y la memoria y su peculiar combinación de estabilidad y fragilidad. La memoria —la que huele a vida / a presente, a tiempo dulce / a tiempo oloroso, en los versos de Aleixandre— nos ofrece, hoy más que nunca, el contrapunto unamuniano: mar de las memorias / el olvido tu eres....; como si intuyera uno de los más brillantes tratamientos de la biología molecular actual en el estudio de los mecanismos del envejecimiento y de las alteraciones de la conducta y el recuerdo. En el caminar de la ciencia se emplean ya cultivos celulares como sistemas modelo de senescencia; y habrá que dar tiempo al tiempo para que se esclarezca el juego de las moléculas en los diversos aspectos del comportamiento, en particular de la memoria y la ansiedad.
Todas estas peculiaridades de la biotemporalidad no son sino unas cuantas pruebas de la sociotemporalidad de los tiempos que corremos, que tienen en la ciencia y la técnica uno de los árbitros del desarrollo cultural, sin olvidar la participación de su lenguaje en la creación de las nuevas realidades. Porque si la dirección del tiempo es un misterio para la física, el tiempo es un fenómeno de la vida y pertenece a la biología y a la historia, a las artes y a la literatura.
Buena prueba de ello es que dos siglos antes de las observaciones fundamentales que en la ciencia dieran origen a las teorías de Darwin, se podía ya leer el siguiente párrafo: «La vida de todos los hombres constituye una historia que representa la naturaleza de los tiempos que fueron; y por la observación de esta historia, un hombre puede vaticinar, casi a ciencia cierta, las cosas probables que están todavía por nacer y que reposan envueltas en sus semillas y en sus débiles orígenes». No se en qué medida será fácil reconocer en estas líneas a Warwick, el personaje shakesperiano de «Enrique IV»; pero, no es difícil, en cualquier caso, espigar entre las bellas figuras del autor la siembra abundante de la idea de tiempo. En el acto tercero de «As you like it», Orlando y Rosalinda, amorosos, se hacen esa pregunta tan inglesa ¿qué hora es en el reloj?; y en la conversación se puede escuchar: «No importa que no haya reloj en el bosque para que el tiempo se cuente; se puede hacer igual de bien registrando su marcha perezosa a suspiro por minuto y a gemido por hora». Pero, marca el tiempo también otros pasos; a paso de andadura va el tiempo con un sacerdote que no sabe latín y con un ricachón que no sufre de gota, pues el uno duerme a pierna suelta porque no puede estudiar y el otro vive alegre porque no siente ningún padecimiento; va al trote duro con una doncella desde el día de su contrato matrimonial hasta el día de sus bodas; al galope con un ladrón a la horca; se para en firme con las gentes de ley en tiempo de vacaciones. En el acto V de «Ricardo II», el Rey, en el torreón del castillo, exclama: «He abusado del tiempo y ahora el tiempo abusa de mí, pues ahora el tiempo me ha tomado por el reloj que marca sus divisiones; mis pensamientos son los minutos y mis suspiros son el tictac que marca la hora sobre mis ojos (...); los sonidos que indican la hora son los gemidos del dolor que golpean sobre mi corazón que es la campana; los suspiros, las lágrimas y los lamentos marcan los minutos, los segundos, las horas...»
¡Cuántas veces el sentido del tiempo se ha refugiado en la literatura! Nada como ella ha reflejado la visión actual del tiempo, y Machado lo ha cantado como nadie: «Al borde del sendero un día nos sentamos. / Ya nuestra vida es tiempo (...)». Entre las más recientes, en una de las narraciones de Carlos Fuentes podemos leer: «....Antes el tiempo no era nuestro, era providencial; insistimos en hacerlo nuestro para decir que la historia es obra del hombre (...) porque no hay providencia que le haga de nana a los tiempos: ahora son responsabilidad nuestra; mantener el pasado, inventar el futuro...». Apenas habían pasado seis semanas desde la concepción del protagonista Cristóbal, y el nonato describía «su diseño y su vida, su nuevo océano (...) la marea de sangre que me envuelve (...) las células de la capa externa de mi cuerpecito empiezan a formar la epidermis, el pelo, las glándulas (...) ¡mis ojos están a punto de cerrarse por primera vez! Ahora los ojos se me cierran y yo temo perder el tiempo». Justamente todo lo contrario del riesgo que corría el tiempo cuando —como continuaba Cela al grabar la huella de Marañón— «...a fuerza de lavarse el alma, cada mañana, en los claros chorros del tiempo que, por usarlo con alegría, se ve pasar sin congoja, fue un domador del tiempo, un árbitro de su propio tiempo. En su cigarral había un reloj de sol, un reloj que no daba las horas, pero sí las contaba».
Pero, si hace un momento las interrogantes de ¿qué es esto del tiempo?, ¿existe el tiempo?, servían al razonamiento de la construcción narrativa y las variaciones imaginarias de la novela, y a la representación histórica del tiempo pasado, la medición del tiempo por las acciones de los hombres; el discurso que acabamos de escuchar reflexiona también sobre la ficción, la realidad, lo verosímil, la mentira y la pretensión de verdad en ambas alternativas. La historia de la ciencia, por otro lado, se ha referido siempre a la búsqueda permanente de la representación más fiel de la realidad de la naturaleza; y, en particular, a una representación de la imagen física que busca la realidad de un ser vivo, tanto de su estructura como de la función de una persona determinada. Y en todos los casos se plantea de entrada una profunda interrogante: ¿Cuál es la base de tales realidades?, o lo que bien pudiera ser lo mismo ¿qué es lo real? Planteamiento que puede tener dos opciones: una ontológica, ¿existe una realidad detrás de la apariencia?; y otra opción epistemológica fundada en ¿qué es verdad?, ¿el conocimiento es fruto de la razón o de la experiencia?, ¿es suficiente la evidencia de los sentidos para determinar la realidad? Para cuya respuesta o interpretación hay que acudir a alguna forma por la que esta realidad se representa. En cualquier caso, muchos cientos de páginas han llenado los filósofos para hablar de algo que al hombre de la calle le resulta totalmente ingenuo: la distinción entre el ser y el parecer, entre lo verdadero y lo falso, entre los hechos tal como son y los hechos como se dice o piensa que son. De esa realidad que, para Homero y Sófocles —y todo el que habla verdad— no era más que decir las cosas como son; para el pintor y poeta William Blake, no era sino la figuración imaginativa que cada hombre se hace de ella; que para Sartre sólo se halla en las emociones; la que nunca logra encontrar el hombre desilusionado; la que es ciega en la pureza metódica del científico; y de la que, para objetivar su presencia en el mundo, se dice que no hay como seguir un camino matemático.
Y por si hubiera alguna duda acerca de estos planteamientos para alcanzar esta realidad, recuérdese la cita de Jenófanes: «Y, en cuanto a la verdad cierta, no la ha conocido el hombre ni la conocerá; ni de los dioses ni aun de las cosas de que hablo. Y, si por azar, la verdad perfecta revelase, él mismo no lo sabría: Pues todo es una red de conjeturas». También convendrá recordar como otros intentos de representación de la realidad los debidos a la imitación literaria y a ciertos documentales cinematográficos, que nos muestran acontecimientos del mundo y de la condición humana, sus problemas económicos, sociales y culturales, sus perspectivas históricas y sus posibles soluciones, que, bajo la forma de significantes lingüísticos y de imágenes, aglutinan un argumento central. Imágenes más o menos seductoras, que, dirigidas por un discurso literario, intentan congraciarse con la realidad.
A propósito, sin embargo, de las posibilidades de aproximación a la realidad, también será bueno recordar la sentencia de Platón, en «La República»: «Cuando el ojo de la mente se fija sobre objetos iluminados por la verdad y la realidad, los comprende y los conoce y su posesión de inteligencia es evidente; pero cuando se fija sobre el mundo crepuscular de cambio y decadencia, sólo puede formar opiniones, su visión es confusa y sus opiniones cambiantes, y parece faltarle inteligencia». Pero, sobre todo, habrá que examinar las ideas y los dichos cotidianos de la realidad, de esa que, como aseguró Luis Rosales «se pertenece tanto a la fantasía, como la verdad a la mentira y como el metal a la ganga». Y que, para la ciencia, tener realidad —de acuerdo con el pensamiento de Zubiri— significa «formar parte del mundo de los fenómenos (...), acontecer ante nuestros ojos (...) y no exclusivamente ser material, ya que los números, el espacio, las ficciones, tienen también, en cierto modo, su realidad». Y, dentro de ese particular cierto modo, bien pudiera valer el de los versos de Aleixandre: «La realidad que vive / en el fondo de un beso dormido, /....».
No cabe la menor duda, pues, de que la realidad puede referirse y abarcar tanto a la materia misma como a sus propiedades y cualidades, y, entre ellas, la energía, las actividades químicas, y cuantas funciones tienen un soporte molecular, desde un deseo o un sentimiento de alegría o frustración a un proceso metabólico de síntesis o de degradación. Además, por supuesto, los números y los objetos matemáticos —entre ellos, determinantes, matrices, vectores, grupos, etc.—, que también describen las cualidades de la realidad. Y otra especie de realidad, más profunda que las anteriores, es la información; tan profunda que no reside más que en la dualidad de los «ceros» y los «unos», esto es de los bits digitales de la información, incluida la de los sistemas cuánticos —el «qubit»— del comportamiento de partículas sencillas como el electrón. Y, al final: la realidad virtual.
A esta múltiple consideración de la realidad habrá que referirse siempre que se trate del fantástico abanico de posibilidades que nos abre actualmente la investigación de la representación de la normalidad y la patología del hombre. O, si queremos, de esta especie de doble realidad: la del estado de las cosas que existen y la del estado al que las cosas tienden en su perfección. A esta dualidad de realidades se referiría Ortega: «Sobre la realidad trabajamos por fundar la idealidad. Ese estado de ánimo en que la idealidad halla siempre amorosa resonancia, es lo que llamo idealismo. La mocedad es siempre idealista y en ella vive el idealismo fisiológico».
Con estas ideas, tanto acerca de las restricciones filosóficas sobre las posibilidades de acceso a la realidad como de sus consideraciones científicas y vulgares, cabe ya enfrentarse con las cuestiones fundamentales: «¿Cuál es la base de nuestra realidad física?, ¿de qué modo intentamos conocerla y representarla?» Al repasar los veintitantos siglos de historia de la medicina nos damos cuenta de cómo la mayor parte de ellos ha transcurrido buscando, prácticamente a ciegas, esa doble realidad, la realidad viviente y la del idealismo fisiológico; la de la interpretación de la enfermedad, sin herramientas capaces de averiguar los orígenes y las circunstancias de su desviación, frente a la de la descripción de la normalidad, con idéntica carencia de criterios para su asignación.
De esas realidades comenzamos a tener noticia, al menos, desde dieciocho siglos antes de nuestra Era en que los papiros egipcios testimoniaron los pliegues del cerebro, y asignaron a sus lesiones los defectos motores. Las descripciones de las enfermedades de bastantes de aquellos primeros siglos se deben las más de las veces a referencias literarias o a lo sumo históricas, a las que pueden añadirse en la actualidad las procedentes de las recientes investigaciones paleopatológicas. Durante los siglos griegos, Hipócrates y el famoso corpus hipocrático supusieron un inicial punto de inflexión en la consideración de esta doble realidad al suponer que tanto el estado normal como la enfermedad podrían explicarse, al igual que tantos otros fenómenos cosmológicos, como alteraciones de un equilibrio natural, sin participación alguna de lo sobrenatural. Según Protágoras, los cambios se llevan a cabo por los hombres sabios. Los hombres sabios, sin embargo, no pueden cambiar el error en verdad o la apariencia en realidad, pero sí pueden cambiar una realidad inconfortable, amenazante y dolorosa en otra de un mundo mejor. Y así, aseguraba Protágoras, gracias a los remedios, cambia el estado real de un individuo, por muy penoso que sea, en otro estado real, más agradable del mismo individuo. Y, como tantos otros fenómenos de la literatura y el arte, la medicina griega se trasplantó a Roma y formó parte de la cultura romana, en la que aparecen conformados ya los cuatro humores y los cuatro elementos, al lado de una incipiente disección humana con Herófilo de Calcedonia, y el empleo cada vez más abundante de los productos de nuevas plantas en una inicial farmacología.
El nuevo cambio de pendiente que, en el siglo II, originó la gran personalidad y las doctrinas de Galeno de Pérgamo, fue capaz de cobijar prácticamente todos los avances de la Medicina hasta el siglo XVII, incluida la formidable eclosión cultural del mundo islámico, que, desde Bagdad a Córdoba, sistematizó el conocimiento médico de la época en gran número de traducciones, recopilaciones y compendios. Conocimiento médico solamente adornado por las modas medievales de la astrología y la alquimia. Esta contaminación astrológica medieval, a la vez que potenciaba en cierta manera la doctrina hipocrática de la influencia de los cielos, supuso —quizá por primera vez en la historia de la Medicina— la necesidad de una habilidad matemática aunque fuera para relacionar la enfermedad con la posición de los planetas. A la vez, por aquella época, el escritor monástico Hugo de San Victor incluyó la Medicina entre las artes mecánicas propias del trabajo humano, aquellas que imitan la naturaleza y que andando el tiempo llegarían a conocerse como tecnología.
Las obras de los grandes artistas del siglo XVI —Leonardo da Vinci (1452-1519), Rafael (1483-1521), Durero (1471-1528) y Miguel Ángel (1475-1564)— supusieron las primeras representaciones de las realidades anatómicas presentes; las que en seguida se vieron sistematizadas en la obra «De humani corporis fabrica», publicada en 1543 por Andreas Vesalio (1514-1564), contestatario de la metodología anatómica de Galeno, profesor de anatomía y cirugía en Padua y en Salamanca. Y, desde mediados del siglo XVI, vencidos los prejuicios religiosos y académicos que la disección humana venía suponiendo desde antiguo, las ilustraciones anatómicas constituyeron una de las bases del conocimiento médico erudito. A aquellas puede aplicarse el fragmento de Ortega en el «Espectador»: «El centauro y la quimera, seres fantásticos, son más que unas nadas, son algo y algo perfectamente delimitable y susceptible de clara descripción. Sería una ingenuidad disfrazada de extrema sabiduría, que se nos saliera al encuentro con la objeción de que el centauro y la quimera no son, en realidad, más que imágenes o representaciones nuestras. De suerte que, el centauro, en realidad, no es centauro, sino imagen subjetiva, y la quimera, en realidad, no es más que representación. ¡Qué salimos ganando con esta prudente advertencia! Por imagen y por representación no entendemos sino modos, estados o situaciones de nuestra conciencia, en que, de una cierta manera, nos es presente una cosa».
Las ilustraciones anatómicas supusieron, efectivamente, una incipiente forma de representación con la que dar fe de la consigna ilustrada de Pope, en su «Essay on Man» de que el más adecuado estudio para la humanidad es el hombre. Lo que no quita para que 2500 años antes de Vesalio, los Olmecas, predecesores de los antiguos Mayas y Aztecas mejicanos, grabaran sobre recipientes cerámicos las más antiguas imágenes conocidas del corazón, en las que se incluían una arteria pulmonar, una vena cava superior, la aorta y el sulcus interventricular. Correcta representación debida, con toda seguridad, a sus primitivos rituales humanos.
A pesar de todas estas circunstancias, desde Platón y a través del Renacimiento, la visión no era considerada sino una cuestión de rayos invisibles emitidos por los ojos mismos. Solamente con Kepler y con la «Óptica» de Newton, tomó cuerpo, en el siglo XVIII, la sensibilidad de la retina, aunque hayamos seguido contemplando la influencia de la física de la luz y la psicología de la mente en creaciones maestras como «El retrato de Dorian Gray», de Oscar Wilde, y «A través del espejo», de Lewis Carroll; y nos hayamos continuado interrogando hasta hace bien poco acerca de si el yo, nuestro yo, es un producto del ojo, de nuestra visión.
Esta trascendental inflexión que, en el siglo XVIII, supuso la idea del tratamiento cerebral de las tomas de conciencia realizadas por los sentidos, estuvo acompañada por otra no menos importante en el terreno de las ideas sociales y políticas; a cuya diacronía histórica, Carmen Iglesias ha consagrado una de sus áreas preferentes de especialización. Además de algunas ya mencionadas, y entre las que se agrupan en torno a la historia de las ideas del siglo XVIII, deben mencionarse: «Los monstruos y el origen de la vida en la Francia del siglo XVIII» —en el libro-homenaje a Julio Caro Baroja, 1978—, «Estudios sobre el siglo XVIII en España» (1991), «Ética y política en la Ilustración —en el vol. II de «Historia de la Ética», dirigida por Victoria Camps, 1992—, «Inquietud y melancolía en el siglo XVIII» —en el libro-homenaje a Juan Velarde, 1992—, «Una imagen oriental de España en el siglo XVIII» —en el libro-homenaje a Emilio García Gómez, 1993—, «Influencia francesa y mujeres españolas del siglo XVIII» (1997), «El fin del siglo XVIII: la entrada en la contemporaneidad» —en la obra «Visiones de fin de siglo», dirigida por Raymond Carr, 1999—, «Las mujeres en el siglo XVIII» (2001).
El interés renacentista por las válvulas y las poleas, y la experimentación directa; la construcción de la nueva ciencia y la anticipación del entusiasmo ilustrado; la desvinculación del hecho científico y su metodología de la componente filosófica natural; los cambios discretos y las variaciones sustanciales en el seno de la ciencia; los descubrimientos de Darwin, Mendel o Einstein, de Pasteur y de Röntgen; y las revoluciones del siglo XX en los campos de la estructura de la materia, la informática y las ciencias de la computación, de la biotecnología y la representación icónica del cuerpo humano; son etapas de la espléndida contribución multidisciplinar a la que tanto debe la representación física de la realidad humana. A propósito de la potenciación de las herramientas de representación de la realidad humana, normal y patológica, en el diagnóstico médico, recordemos tan sólo que: la investigación del conocimiento de lo infinitamente pequeño tiene su origen en la conquista de lo infinitamente grande; que la ecografía procede de las aplicaciones militares de los ultrasonidos, y el escáner del estudio de la posición de los planetas; y que la infografía se fomentó, sobre todo, en las investigaciones industriales y artísticas. Este paradigma tecnológico está fundado en la gran asimilación de los conceptos y los métodos de la física, de un lado, y, de otro, en la adaptación de la gran herramienta matemática de la moderna ciencia de la computación. Además, este paradigma tecnológico, como tantas otras veces en la historia de la civilización, es capaz de describir una interrelación del cambio técnico con las consecuencias sociales. Porque una determinada tecnología impone ciertas características sociales y políticas a la sociedad en que se encuentra; y esta propiedad que tiene la tecnología de configurar la sociedad es la que, con gran fuerza, está ocurriendo en nuestros días y en nuestra sociedad bajo la influencia de la gran tecnología de la imagen.
Si una de las realidades de la materia responde a su interpretación matemática, y si como tales realidades vamos a poder verlas en el fundamento de varios tipos de imágenes médicas; su representación más habitual, sin embargo, se ha venido fundando en las cualidades sensoriales de la conciencia subjetiva. No obstante, las modernas técnicas de digitalización de imágenes, otorgan también a la representación una objetivación tan dependiente del tratamiento matemático como lo es la figuración de la realidad. Realidad virtual a la que se ha referido Fritjof Capra en su obra de 1986 «El punto crucial»: «Nos estamos acercando a una de las transformaciones culturales más espectaculares de la historia de la humanidad, que está provocando no sólo una crisis de los individuos, de los gobiernos o de las instituciones sociales. Se trata de una transición de dimensiones planetarias. Como individuos, como sociedad, como civilización y como ecosistema planetario estamos llegando a un punto decisivo».
Decisivo, efectivamente; pues la ciencia moderna, en los últimos años, ha aclarado algunos dualismos, sobre todo en los campos de la física —y por ende de la filosofía— con las unificaciones movimiento-reposo, energía-materia y espacio-tiempo. En el tratamiento del cerebro, sin embargo, sigue dominando aún la escena el llamado problema cuerpo-mente. Si, por un lado, el espíritu del hombre bien pudo identificarse con el famoso «cogito, ergo sum»; las representaciones físicas de la realidad de hoy —la del pensamiento incluida— nos llevan a pasos agigantados al esclarecimiento del racionalista «yo soy, luego yo pienso».
Estoy convencido de que el discurso que acabamos de escuchar va en la comprobación de este argumento. Al creerlo y pregonarlo, como su mejor alabanza, lo alabo en la felicitación y en la alegría del tiempo y de la realidad de la Real Academia Española. Porque, además, las ideas vertidas en el discurso y la presencia misma de Carmen Iglesias van a henchir la red de sensibilidades compartidas en el seno de esta Casa; hermoso ideal platónico que tiene como misión nombrar y definir las realidades del mundo, a lo que ha de ser decisiva la colaboración de nuestra nueva académica. Con esta grata seguridad, en nombre de todos vosotros y en el mío, la acogida más afectuosa.
Muchas gracias.
Arriba |
Volver
|
![]()
![]() | ![]() |