Antonio García Gutiérrez

Retrato de Antonio García Gutiérrez. Autor: José Sánchez Pescador, 1879.

letra P

Toma de Posesión

11 de Mayo de 1862

Fallecimiento

6 de Agosto de 1884

Antonio García Gutiérrez

Académico de número

Chiclana de la Frontera (Cádiz), 1813-Madrid, 1884

El 11 de mayo de 1862 ocupaba el sillón P de la RAE el escritor y dramaturgo Antonio García Gutiérrez con un discurso sobre La poesía vulgar castellana: «Flores silvestres son las poesías populares, que nacen sin cultivo; pero que suelen admirar por su frescura y lozanía» (p. 287). Su amigo, el académico Antonio Ferrer del Río, fue el encargado de darle la bienvenida a la institución:

Nacido en Chiclana de la Frontera (Cádiz) 5 de julio de 1813, García Gutiérrez fue un eminente representante del teatro romántico. Abandonó los estudios de medicina en Cádiz y marchó a Madrid a pie en compañía de un amigo para abrirse un hueco en la escena literaria. Tras diecisiete días de andadura, llegó a Madrid, donde comenzó a colaborar como articulista en la Revista Española y en La Abeja, y más tarde en las publicaciones periódicas El Cínife, El Artista, Floresta Española El Entreacto. Frecuentó la tertulia romántica El Parnasillo, en el madrileño Café del Príncipe, donde conoció y entabló amistad con los escritores Larra, Espronceda y Ventura de la Vega. Para poder subsistir, compaginó el trabajo periodístico con la traducción al español de obras dramáticas francesas, y se alistó como soldado de la «quinta de los cien mil» de Mendizábal para luchar contra el carlismo.

El 1 de marzo de 1836 se estrenó en el teatro del Príncipe de Madrid su obra El trovador. Sin pedir permiso en el cuartel, García Gutiérrez acudió al estreno; al finalizar la obra, el público, exaltado, pidió que saliera a escena el autor. Obligado a presentarse delante del público y abrumando, García Gutiérrez echó mano de la levita de miliciano que le prestó entre bastidores su amigo Ventura de la Vega y recibió, al abrirse el telón, la bulliciosa ovación del público. La fama le llegó súbitamente. Al día siguiente, todos los periódicos se hicieron eco de la obra; Larra dedicó a El trovador una crítica larga y entusiasta, que apareció en El Español el 5 de mayo de 1836.

Tras aquel éxito, García Gutiérrez siguió escribiendo sin cesar. Vivió algún tiempo en México (1844-1850) y desempeñó funciones burocráticas y consulares en Inglaterra, Francia e Italia. En 1855 viajó como comisario interventor de la Deuda Española en Londres, donde estuvo tres años. En 1868 fue cónsul de España en Bayona y en 1869 cónsul en Génova. Además, dirigió el Museo Arqueológico de Madrid durante doce años, desde 1872 hasta su muerte, en 1884. Pero jamás abandonó el teatro y «su dedicación a la escena «fue firme, constante y lograda» (La Real Academia Española, p. 191).

Aparte del éxito de El trovador (1836), de las numerosas adaptaciones y arreglos de obras extranjeras y de colaboraciones momentáneas con otros dramaturgos como Gil y Zárate o Zorrilla, en el repertorio del teatro de García Gutiérrez abundan principalmente los dramas históricos y las comedias: El rey monje (1837), El bastardo (1837), Los desposorios de Inés (1840), Zaida y El caballero leal (ambos de 1841), Simón Bocanegra (1843), Las bodas de doña Sancha, (1843), Los hijos del tío Tronera (1846), obra que ya participa de una corriente dramática,  Un duelo a muerte (1860), Venganza catalana (1864), Juan Lorenzo (1865), etc.

Además, fue autor de los libretos de zarzuela El grumete (1853) o El robo de las Salinas (1861), en colaboración con Barbieri y Arrieta, y la ópera de Verdi, Il Trovatore (1853), basada en su obra, le consagró internacionalmente. Pero el dramaturgo cultivó también la poesía, que reunió en los tomos Poesías (1840) y Luz y tinieblas, Poesías sagradas y profanas (1842).

El célebre dramaturgo Antonio García Gutiérrez murió en Madrid el 6 de agosto de 1884. Veintidós años antes, el día de su discurso de ingreso en la RAE, «el trovador» se subía de nuevo a un estrado— esta vez con más sosiego y con su propia levita— y leía entusiasmado estos versos populares:

«Desde el día que nacemos

a la muerte caminamos;

no hay cosa que más se olvide,

ni que más cerca tengamos».

(La poesía vulgar castellana, 1862, p. 314)

 

 

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