Eduardo Marquina

Eduardo Marquina

letra G

Elección

16 de Abril de 1931

Toma de Posesión

3 de Agosto de 1939

Fallecimiento

21 de Noviembre de 1946

Eduardo Marquina

Académico de número

Barcelona, 1879-Nueva York, 1946

El 3 de agosto de 1939 tomaba posesión de su plaza de académico, en San Sebastián, el dramaturgo Eduardo Marquina con el discurso titulado Lope de Vega en sus adentros.

Tal y como cuenta el académico Pedro Álvarez de Miranda en su discurso de ingreso En doscientas sesenta y tres ocasiones como esta (2011), el panorama político provocado por la reciente guerra obligó a la RAE a trasladar sus sesiones a San Sebastián durante el verano de 1936. Marquina leyó allí su discurso de ingreso, que no se publicó de manera independiente como la mayoría de discursos académicos, sino que vio la luz por primera vez en 1951 —doce años después de haber sido leído— en el tomo VIII de las Obras Completas de Marquina (editorial Aguilar, pp. 904-958). El discurso no incluía el elogio a su antecesor en la silla ni el habitual agradecimiento a la RAE por su elección; además, «a juzgar por algunas alusiones se diría que el autor aprovechó algún texto o conferencia escritos a finales de 1935» (Álvarez de Miranda, p. 41). La contestación corrió a cargo del académico Gabriel Maura Gamazo, que le dio la bienvenida a la RAE en el acto donostiarra.

Marquina, el exitoso dramaturgo que llenó los escenarios con su teatro histórico en el que ensalzaba la tradición y el pasado español, nació en Barcelona el 21 de enero de 1879. En 1896 se matriculó en la Facultad de Filosofía y Letras, pero pronto abandonó la carrera para dedicarse de lleno a la poesía y al periodismo, publicando numerosos artículos en distintos periódicos y revistas de la época.

En 1900 se trasladó a Madrid para probar suerte en el círculo literario, en el que conocía al poeta Juan Valera. Entabló amistad con los escritores Joaquín Dicenta, Ramón María del Valle-Inclán, Benito Pérez Galdós, Pío Baroja y Miguel de Unamuno, con el que mantuvo una amistosa correspondencia entre 1904 y 1910. En 1901 aparecieron sus Odas, una selección de poemas que había publicado en el diario catalán La Publicidad y en 1902 estrenó su primer drama, El pastor, que pasó por las tablas de soslayo, sin repercusión alguna. Más adelante, tras una temporada en París, publicó el poemario Elegías y Vendimias (1909) y las obras teatrales Benvenuto Cellini y La risa de Grecia (1905). Pero  el éxito llegó a su vida en 1908 con el estreno de Las hijas del Cid, a la que siguió la también exitosa Doña María la Brava (1909) y, un año después, su obra más aclamada y citada, En Flandes se ha puesto el Sol (1910), sobre el final de los tercios españoles en Flandes.

Marquina tuvo la suerte de contar con grandes actrices en el reparto de sus obras, que se encargaron de dar vida a sus dramas; María Guerrero, Lola Membrives o Margarita Xirgu fueron algunas de ellas. Sus versos y su teatro ensalzaban los valores tradicionales y la gloria del pasado español. En ellos se exaltaban las virtudes, el valor, el heroísmo y la religiosidad españolas que contentaban «a amplias zonas de la sociedad española que se sentían comprendidas y alabadas» (Alonso Zamora, La Real Academia Española, p. 137).

Posteriormente, estrenó otras obras igualmente aplaudidas como El Rey Fernando (1913), Las flores de Aragón (1915) o El Gran Capitán (1916), y produjo comedias que tuvieron idéntico recibimiento; Cuando florezcan los rosales (1913) o Dondiego de noche (1918). En los años de la República publicó, fiel a su visión tradicionalista, El monje blanco (1930) y Teresa de Jesús (1932) e hizo expediciones hacia un teatro lírico de ambiente rural en La ermita, la fuente y el río (1927), Salvadora (1929) o la Fuente escondida (1932).

El dramaturgo, que se encontraba en Argentina al estallar la Guerra Civil, volvió a España en 1938 y fue designado presidente de la Junta Nacional de Teatros. En 1946, el Ayuntamiento de Barcelona le honró con la Medalla de Oro de la ciudad y a finales de julio fue nombrado representante de España en la toma de posesión del presidente de Colombia, Alberto Ospina. Desde allí viajó a Costa Rica y a Puerto Rico y se trasladó a Washington para asistir al Congreso Internacional de Autores y Compositores.

A mediados de noviembre se encontraba en Nueva York para volver a España, pero jamás regresó, pues murió de un infarto el 21 de noviembre de 1946. El 3 de diciembre sus restos mortales fueron trasladados a España y llegaron en el vapor Marqués de Comillas al puerto de La Coruña. Su copiosa producción ha quedado recogida en los 8 volúmenes del libro Obras completas (1944-1951).

José María Pemán, que leyó la necrología de Marquina en 1946, recordó los versos que el dramaturgo había escrito en su obra Teresa de Jesús (1932):

«y cuando el alma beata

rompiendo el aire de plata

 busca su centro en la altura,

morimos con la soltura

de un nudo que se desata».

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