José Antonio Conde

Imagen José Antonio Conde

letra N

Fallecimiento

12 de Junio de 1820

José Antonio Conde

Académico de número

La Peraleja, Cuenca, 28 de octubre de 1766-Madrid, 12 de junio de 1820

Fue elegido académico honorario el 24 diciembre de 1801 y supernumerario el 2 de febrero de 1802. Ocupó desde el 16 de marzo de 1802 hasta el 8 de noviembre de 1814 el vacío dejado por Tomás Antonio Sánchez en la silla G. En 1814 fue destituido de su plaza académica en la tantas veces recordada sesión en la que el duque de San Carlos impuso el absolutismo fernandino y represalió a los constitucionalistas y liberales.

Un acta del 29 de septiembre de 1818 señala que Lorenzo de Carvajal urge a la Academia para que Conde, ya en Madrid, vuelva a su silla. El 30 de septiembre vuelve a ser invitado a las juntas. La Academia se congratulaba de ello y le asigna, esta vez, la silla N del recién fallecido conde de Castañeda de los Lamos, quien, según Alonso Zamora Vicente en La Real Academia Española (2015), «vivió los años suficientes para dejarle un hueco a José Antonio Conde».

Respecto a su actividad académica, en la primera etapa (1802-1814) esta fue notable. En 1805 es nombrado revisor de la lista de autoridades que se utiliza para el Diccionario; en 1807 es encargado de las fichas de libros de caballerías; en 1808 revisa la Ortografía. Entre 1810 y 1818 deja de asistir. A partir de 1818, recién reincorporado, se le encarga la revisión de la Gramática y su edición. Asiste a casi todas las juntas, muchas presididas por él.

Célebre arabista, lingüista e historiador, José Antonio Conde nació en La Peraleja (Cuenca) el 28 de octubre de 1766. Hijo de Juan Manuel Conde, alcalde de dicho municipio (1750), y de Antonia García, comenzó sus estudios en el Seminario de San Julián de Cuenca (1781-1782), aunque fue en la Universidad de Alcalá (Madrid) donde obtuvo el bachillerato en Cánones (1788), con máxima calificación, y Leyes (1789). Muy pronto, comienzan a verse sus ideas liberales y anticlericales (a través de las tertulias en las que participaba), por lo cual fue denunciado a la Santa Inquisición en el mismo año en el que obtuvo su diploma de Leyes. En 1789 se presentó a las oposiciones a cátedras de Lengua Hebrea, de Griego y, finalmente, en 1780, de Árabe. A pesar de no aprobarlas, terminó formando parte del claustro. En 1791 se licenció en Cánones y se doctoró en Derecho, pasando a formar parte de la Academia de Jurisprudencia de Alcalá.

En 1792 fue nombrado abogado de los Reales Consejos y, dos años después, es elegido escribiente de la Biblioteca Real de El Escorial, pasando a oficial 3.º el 8 de mayo de 1795, 2.º en 1797, y 1.º en 1799. Ya en 1802, el 16 de junio, fue nombrado bibliotecario y, más tarde, fue archivero (entre 1805 y 1806). En 1795-1797 publicó paráfrasis de diversos autores griegos, en 1797 tradujo Calila e Dimna, y en 1799 editó y tradujo con notas el texto árabe de la descripción de España de El Edrisí.

A pesar de su fama de modesto y abstraído en sus estudios, contó con numerosas amistades, en especial entre liberales y afrancesados. Destaca la relación con su amigo de la juventud Leandro Fernández de Moratín, como indica Zamora Vicente en La Real Academia Española (2015): «Fue muy amigo de Moratín: dejaron de verse a raíz de éxodo bonapartista después de la batalla de los Arapiles (1812)». Asimismo, tuvo una estrecha relación amistosa con personalidades como Juan Ceán Bermúdez, Diego Clemencín, el padre Pedro Estala, Luis Godoy, Vicente González Arnao, Juan Antonio Melón González, Juan Tineo o Juan Pablo Forner, entre muchos otros.

El 18 de diciembre de 1801, fue nombrado supernumerario de la Real Academia de la Historia (RAH), «dando el 15 de enero de 1802 una disertación sobre Memoria sobre las monedas árabes, principalmente sobre las que fueron acuñadas en España bajo los príncipes musulmanes, obra que evidencia su capacidad como arabista, sus conocimientos de numismática árabe y que puede considerarse precursora de dichos estudios en la Real Academia de la Historia», según afirma Martín Almagro Gorbea en el Diccionario biográfico de la RAH. Tres años después, el 2 de junio de 1804, fue nombrado académico de número y, al día siguiente, fue elegido anticuario. Asimismo, formó parte de la Sociedad Económica Matritense desde 1811.

En su faceta de liberal y afrancesado también ocupó importantes cargos, como el de jefe de División de Bibliotecas del Ministerio del Interior del Gobierno de José Bonaparte (1808); archivero del Ministerio del Interior (1810), y, a partir del 24 de noviembre de 1810, jefe de División de este. Además, fue nombrado, por orden de José Bonaparte, miembro de la Junta de Instrucción Pública (1811) y caballero de la Orden de España (1812).

«Junto a Vicente González Arnao, Antonio Ranz Romanillos y Juan Antonio Llorente, fue suspendido de las academias el 19 de agosto de 1808 por haber jurado la Constitución de Bayona y haber reconocido a José Bonaparte. Al entrar en Madrid Napoleón, el 18 de marzo de 1811, Vicente González Arnao fue nombrado director de la Real Academia de la Historia y José Antonio Conde se reintegró como anticuario con el Gobierno de José Bonaparte», señala Martín Almagro Gorbea.

Tras todos estos acontecimientos, Conde se ve obligado a huir de Madrid con los afrancesados en julio de 1811. Regresa en marzo del año siguiente para, finalmente, tener que volver a huir, a Valencia en esta ocasión, tras la marcha de José I de la capital el 10 de agosto de 1812. En febrero de 1813 vuelve a Madrid, pero el 17 de marzo huye, nuevamente, con José I hacia Francia, siendo dado de baja el 23 de diciembre de 1813. Desterrado por Fernando VII, se traslada a París.

En 1814 lo encontramos entre Madrid y su pueblo, donde, según explica Martín Almagro Gorbea, «no era bien acogido, pues los invasores franceses habían hecho mucho daño en tierras conquenses». Termina viviendo oculto en la capital. Hasta 1819 no pudo ejercer su cargo de anticuario de la RAH y lo cierto es que no le dio tiempo a disfrutar mucho de él, pues falleció en la Casa de la Panadería de Madrid el 12 de junio de 1820, cuando vivía ya sin apenas medios, sostenido por Leandro Fernández de Moratín y otros amigos que costearon su entierro.

Respecto a su faceta como escritor, cabe destacar que adquirió gran renombre gracias a su Historia de la dominación de los árabes en España (Madrid, 1820-1821), que, según Zamora Vicente, «gozó de acogida, aunque Duzy, hacia 1881, atacase duramente sus asertos». Asimismo, escribió, entre otras varias aportaciones sobre el mundo árabe-español, Historia de los árabes (1820), Califas cordobeses (1820) y llevó a cabo el trabajo titulado Sobre las monedas árabes, especialmente las que fueron acuñadas en España bajo los príncipes musulmanes (Madrid, 1817).

Su vida y obra han sido objeto de estudio por parte de P. Roca, ya a principios del siglo xx, y su biografía, salvo el percance de su adhesión a José I y su posterior destierro y regreso a España, ha sido reconsiderada por Manuela Manzanares de Cirre. «Pero el torcedor más traído y llevado de la pequeña historia personal de Conde fue el de su biblioteca, que fue subastada en Londres, en 1824», según nos cuenta Zamora Vicente. Parece, además, que Rodríguez-Moñino ha seguido los pasos de esa subasta, pues se trata de una colección importante, en la que iban algunos manuscritos escurialenses y otros propiedad de Mariano Pizzi. «Y ahora viene lo más curioso —asegura Zamora Vicente—: gran parte de ese fondo árabe fue comprado por Lord Kingsborough, quien lo donó a la Societé Asiatique, de París (1824)». Aun así, parece que estos han vuelto a descansar en su refugio originario, en 1948, la biblioteca de El Escorial.

Con todo ello, destacó Conde, desde su juventud, en el estudio del árabe, pues manejaba la bibliografía internacional de la época, y fue gran conocedor del griego, latín, hebreo y persa. De hecho, en su esquela funeraria le describen como «sabio, erudito humanista, anticuario y polígloto Bibliotecario y Anticuario». Además, su figura de liberal y afrancesado, destaca como iniciadora de los estudios arabistas sobre Historia de España y representa, asimismo, un cambio importante respecto a sus predecesores del siglo xviii. Como cuenta Zamora Vicente, «la vida de José Antonio Conde es un ejemplo claro de cómo las circunstancias históricas pueden arrastrar en su torbellino a las personalidades reposadas, dadas a la investigación y al estudio silencioso».

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