José del Castillo y Ayensa

Imagen José del Castillo y Ayensa

letra E

Toma de Posesión

7 de Noviembre de 1833

Fallecimiento

4 de Junio de 1861

José del Castillo y Ayensa

Académico de número

Lebrija (Sevilla), 1795-Madrid, 1861

En la sesión del 7 de noviembre de 1833 ocupaba su asiento en la RAE, junto a otros académicos, el diplomático y político José del Castillo y Ayensa, que había sido admitido como honorario en 1830 y como académico supernumerario un año después, en 1831.

Nacido en Lebrija (Sevilla) el 29 de junio de 1795, Castillo Ayensa fue, además de político y diplomático, un excelente helenista y mecenas de las artes y de las letras. Licenciado en Filosofía y Leyes, en 1821 fue abogado en la Real Audiencia de Sevilla y, más tarde, ingresó en la Milicia Nacional, donde prestó sus servicios en el famoso viaje de Fernando VII a la capital hispalense y a Cádiz. Desde 1833, Musso aparece vinculado a la reina regente, María Cristina de Borbón, de la que fue secretario y a la que estuvo siempre estrechamente unido. Durante el Bienio Progresista del general Espartero (1854-1856), Castillo Ayensa se convirtió en el secretario particular de la reina y se trasladó a París, donde se había exiliado María Cristina de Borbón. Tanto Castillo Ayensa como su amigo el académico y político Donoso Cortés —que había sido también secretario de María Cristina de Borbón y de su hija, Isabel II— , se mantuvieron siempre fieles a la reina regente y a su hija.

Con la llegada de Isabel II al trono en 1843, Castillo fue enviado a Roma como ministro plenipotenciario para restablecer las relaciones con el papado y reclamar el reconocimiento de la monarquía isabelina por parte de Roma; finalmente, tras una larga y paciente tarea de negociaciones con Gregorio XVI y Pío IX, en 1851 se firmó el tan ansiado Concordato entre el Estado español y la Santa Sede. En 1849 fue nombrado senador real, y al año siguiente, consejero real.

Como helenista, Castillo y Ayensa tradujo a autores clásicos como Safo, Tirteo y Anacreonte, cuya traducción fue muy elogiada por Menéndez Pelayo, quien dijo de Castillo que fue «hombre de gusto delicado y buen entendimiento, comprendió bien la letra y el espíritu Anacreónticos» (Biblioteca de traductores, 1952, p. 330). A pesar de la virulenta época política en la que vivieron Castillo y Ayensa y otros académicos como Romanillos o Javier de Burgos, tal y como subraya el académico Alonso Zamora, «en épocas de aguda intranquilidad, el refugio en la antigüedad clásica debió de ser un placer extraordinario para algunos espíritus egregios» (La Real Academia Española, 1999, p. 118).

En la RAE, a pesar de los malentendidos y discordias que tuvo por razones políticas con los académicos Martínez de la Rosa, Joaquín Francisco Pacheco o Javier de Quinto, Castillo Ayensa colaboró muy activamente en las tareas del Diccionario; sin embargo, en 1839 inició su larga misión en Roma y desapareció de las actas académicas hasta 1860, año en que vuelve a haber constancia de su presencia en los plenos de la institución.

Con el fin de aclarar las críticas y las conductas confusas que había suscitado su papel en Roma, Castillo y Ayensa escribió su Historia Critica de las negociaciones con Roma desde la muerte de Fernando VII (1859, dos volúmenes, un tercero quedó inconcluso).

Tras una atribulada vida, a pesar del respiro que le otorgaba la lectura y traducción de los clásicos, José del Castillo y Ayensa murió en Madrid el 4 de junio de 1861.

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