Pedro de Novo y Colson

Imagen Pedro de Novo y Colson

letra G

Toma de Posesión

30 de Mayo de 1915

Fallecimiento

17 de Febrero de 1931

Pedro de Novo y Colson

Académico de número

Cádiz, 1846-Madrid, 1931

El 30 de mayo de 1915 ocupaba el asiento G de la Academia el marino y dramaturgo Pedro de Novo y Colson con el discurso titulado Los cantores del mar: «Los cantores del mar, ¿cuántos han sido? Desde la antigüedad más remota hasta hoy, la mayoría de los navegantes y guerreros, sabios y poetas que surcaron el Océano, consagraron admiración profunda a la grandeza de su vida, su poder y sus furores, o al encanto de sus bonanzas y misterios maravillosos» (p. 9).

El académico Daniel de Cortázar fue el encargado de darle la bienvenida a la RAE: «Con tanto oír hablar de la Mar, de seguro habrá ya quien se sienta mareado, y, aunque milagrosamente esto no suceda, como yo sí lo estoy, me apresuro [...] a dejar la nave en que me había embarcado y, saltando a tierra, veré desde ella cómo entra triunfante en el Puerto deseado el buque que arbola en su tope mayor la insignia de Novo y Colson» (p. 61).

Pedro de Novo nació en Cádiz en octubre de 1846: «Nací en Cádiz, no diré la fecha, y desde pequeño comencé a demostrar lo Quijote y lo versátil que había de ser toda la vida. Me hice gimnasta, cazador, jinete y espadachín», escribió el propio Novo en un artículo publicado en la revista Gente Vieja.

A los dieciséis años ingresó en la Escuela Naval de San Fernando (Cádiz) y escribió, para unas fiestas escolares, un discurso cuyo tema sería una constante en su vida y en su obra: el mar. En 1864 fue promovido a guardia marina y navegó en la fragata Tetuán hasta La Habana, donde permaneció cuatro años, en los que intervino, desde su puesto de marino, en la guerra de Cuba.

En 1878, ya en España, fue nombrado profesor de la escuela naval flotante en Ferrol y publicó su primer y exitoso drama, La manta del caballo (1878), que se estrenó ese mismo año en el Teatro Español de Madrid. En 1879 se trasladó a Madrid y se volcó de lleno en la escritura científica y literaria. Impartió conferencias en el Ateneo sobre asuntos marítimos y publicó numerosos artículos políticos y literarios en la prensa madrileña; en 1896 fundó el semanario Mundo Naval Ilustrado y, más adelante, el Diario de la Marina. Fue uno de los periodistas que en sus artículos promovieron e hicieron posible que el Gobierno financiara el proyecto del submarino de Isaac Peral, el Peral; como premio por su labor, la Armada Española le invitó a asistir como tripulante a las primeras pruebas de la nave.

Entre sus trabajos científicos sobre expediciones navales y otros asuntos marítimos, destacan Un marino del siglo xix ó Paseo científico por el Océano (1871), Última teoría sobre la Atlántida (1879), Sobre los viajes apócrifos de Juan de Fuca y Lorenzo Ferrer Maldonado (1881) o Historia de la guerra de España en el Pacífico (1882).

Sin embargo, fue con su obra dramática —y en especial con La bofetada (1890)— con la que Pedro de Novo alcanzó el verdadero éxito como escritor y dramaturgo. En palabras del académico Alonso Zamora, el teatro de Novo «es un teatro ya algo envejecido en su nacimiento, y no es raro encontrar en su desarrollo relámpagos de exaltación romántica, mezclados con la impasibilidad realista» (La Real Academia Española, p. 136). Además de La bofetada y de la también mencionada y exitosa La manta del caballo (1878), Novo escribió, entre otros, los dramas Corazón de hombre (1884), El pródigo (1891), la comedia Un archimillonario (1886) y varios libretos de zarzuela, como Todo por ella (1890), con música de Chapí.

Además de a la escritura, Pedro de Novo dedicó la mayor parte de su vida a la labor humanitaria del salvamento de náufragos y fue uno de los impulsores de la Sociedad Española de Salvamento de Náufragos, en la que ocupó el cargo de secretario durante 35 años.

Pedro de Novo, el cantor del mar y uno de los primeros tripulantes del submarino de Isaac Peral, murió en Madrid el 17 de febrero de 1931. Convencido de que nadie podía mirar con indiferencia la inmensidad del mar, jamás aparto de él sus ojos y aún pululan por él, como náufragas, las células de Novo.

«Los hombres que navegan y los que batallan sobre el mar lo admiran por su hermosura incomparable, como un panorama espléndido de infinitos matices; pero otros hombres, los geólogos, los naturalistas y los exploradores científicos, han descubierto que el mar vive, que sus aguas son orgánicas a la vez que de suma trasparencia; que trillones de infusorios luminosos alteran en varios puntos esta limpidez, ofreciendo el bellísimo espectáculo de un Océano fosforescente» (Los cantores del mar, 1915, p. 12).

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