Real Academia Española

   

Emilio Castelar

Emilio Castelar

Cádiz, 1832-San Pedro del Pinatar (Murcia), 1899
Emilio Castelar. Retrato de Joaquín Sorolla conservado en el Congreso de los Diputados.
Silla D

Tomó posesión el 25 de abril de 1880 con el discurso titulado Los conceptos fundamentales de nuestra edad y la poesía en ellos contenida. Le respondió, en nombre de la corporación, Francisco de Paula Canalejas.

El político —ocupó las presidencias de la Primera República y del Congreso de los Diputados, entre otros cargos—, historiador y escritor Emilio Castelar nació accidentalmente en Cádiz, pero toda su infancia está vinculada a la ciudad alicantina de Elda. Fruto de aquellas primeras vivencias fue su obra Recuerdos de Elda o Las fiestas de mi pueblo, escrita ya en su madurez.

Comenzó la carrera de Derecho en 1847, estudios a los que siguieron los de Historia y Arte. En 1851 obtuvo una plaza en la Escuela Normal de Filosofía, donde empezó a enseñar literatura latina, griego, literatura universal y española. Un año más tarde se doctoró con un estudio sobre Lucano, publicado en 1857. En 1858 obtuvo la cátedra de Historia de España en la Facultad de Filosofía y letras de la Universidad Central de Madrid, puesto del que fue destituido a causa de un artículo periodístico contra la reina Isabel II.

Según señala José Manuel Cuenca-Toribio en el Diccionario biográfico español (2011), desde su etapa universitaria comenzó a participar en los círculos demócratas de la capital: «la revolución de julio de 1854 cumplió algunos de sus deseos, con el ensanchamientos de las libertades y el talante palingenésico que envolviera la atmósfera predominante en el bienio esparterista».

Fue desde ese momento cuando empezó a colaborar en diarios como El Tribuno, La Soberanía Nacional o La Discusión. En 1863 creó su propio periódico: La Democracia

VIDA POLÍTICA

Fue diputado por Zaragoza en las Cortes, desde donde lanzó algunas de las «más divulgadas definiciones del nacionalismo español», según la reseña de Cuenca-Toribio.

Alonso Zamora Vicente explica, en su Historia de la Real Academia Española (1999, 2015), que «en la República que sucede a la renuncia de Amadeo de Saboya (1873), ejerce la presidencia. En 1874, las Cortes son disueltas por el general Pavía: Castelar siguió como diputado en las Cortes de la Restauración. Su incansable actividad parlamentaria (intervino en los debates sobre la libertad de cultos, la abolición de la esclavitud, el sufragio universal, el servicio militar obligatorio, etc.) llena los finales del siglo XIX».

«En su biografía, plagada de sucesivos síes y noes, domina la pasión política, vestida y revestida del oropel de la elocuencia parlamentaria. Sus discursos son el modelo seguido durante muchos años de los debates políticos y se convirtieron en arquetipos de referencia», afirma Zamora Vicente.

El 3 de enero de 1874, Emilio Castelar presentó su dimisión como presidente. «Un oportuno viaje por el extranjero mitigó el dolor que la frustración de su proyecto de una República de corte auténticamente presidencialista en la que la autoridad no se viese incompatible con la democracia», escribe Cuenca-Toribio.

Aun así, «la crisis noventaochentista le arrancó de su voluntario exilio público, alarmado por el desarrollo de los nacionalismos periféricos y aún del simple autonomismo con que el partido conservador encabezado por Silvela procurara desatascar la situación de parálisis entre Madrid y aquellos». 

UN ORADOR LEGENDARIO

Jacinto Octavio Picón, quien sucedió a Emilio Castelar en la silla D de la Academia, destacó en su discurso de entrada en la RAE, la oratoria de Castelar: «De lo que nadie se podrá formar exacta opinión leyéndola, es de su oratoria. Eran sus discursos de sencilla estructura. Casi sin exordio enunciaba las afirmaciones que pretendía demostrar; venía luego la argumentación clara y concreta, unas veces sólida hasta quedar incontrastable, otras superficial y somera; no tanto por flaquear la dialéctica cuanto por natural desorden de ideas que con su propia abundancia se perjudicaban. [...] Si la elocuencia —como dice Platón— es la razón apasionada, nadie fué más elocuente que Castelar».

Autor de una numerosa bibliografía, destacan sus novelas, libros de viaje y crítica histórica. «Su prosa está formada de largos y rotundos periodos, encadenados sin el menor esfuerzo, con espontánea maestría; acudiendo en servicio de las ideas tal profusión y variedad de vocablos, que su propia superabundancia produce, no el defecto, sino el exceso por que puede ser censurada», como recuerda Jacinto Octavio Picón.

Entre sus obras, destacan títulos como Ernesto. Novela original de costumbres (1855); Lucano. Su vida, su genio, su poema (1857); La hermana de la Caridad (1857); Ideas democráticas: La fórmula del progreso (1858); Recuerdos de Italia (1872); Un año en París (1875); Estudios históricos sobre la Edad Media y otros fragmentos (1875); Cartas sobre política europea (1875); La Rusia contemporánea. Bocetos históricos (1881); Las guerras de América y Egipto. Historia contemporánea (1883), e Historia del descubrimiento de América (1892).

Ingresó en la Real Academia de la Historia en 1880 y, en 1886, fue elegido miembro de la Real Academia de Bellas Artes, en la que no llegó a tomar posesión de la plaza.

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