Auditorio (foto: Pixabay)

NUEVO DICCIONARIO HISTÓRICO DEL ESPAÑOL

La vida de las palabras: de alabarderos, mosqueteros y tifus

8 de Marzo de 2021

¿Cuál es el origen de las palabras? ¿Cómo ha evolucionado su uso? En una nueva edición de «La vida de las palabras», una serie de artículos dedicados a bucear en los orígenes de algunos vocablos, hablamos de alabarderos, mosqueteros y tifus. Recuerde que el Nuevo diccionario histórico del español ofrece esta información pormenorizada gracias a exhaustivos métodos en los que confluyen la lingüística, la filología y la informática. 

Las palabras alabardero y mosquetero evocan el mundo de la milicia, a los soldados armados con alabardas y mosquetes, en tanto que la voz tifus se asocia con una enfermedad infecciosa. Pero todas ellas se han empleado en nuestra lengua en el ámbito del teatro. El mosquetero era, como ya muestra El viaje entretenido de A. Rojas Villandrando en 1603, la ‘persona que asiste a una representación teatral situándose en el patio interior de un teatro, localizado detrás de las bancadas, y que normalmente manifiesta su desaprobación y desagrado con manifestaciones ruidosas’; sus reacciones, temidas, se perciben en las apelaciones que hacen a ellos algunos autores, como L. Vélez de Guevara en El diablo cojuelo, quien se congratula irónicamente de no tener que padecer su juicio: «Gracias a Dios, mosqueteros míos —o vuestros—, jueces de los aplausos cómicos por la costumbre y mal abuso, que una vez tomaré la pluma sin el miedo de vuestros silbos, pues este discurso del Diablo Cojuelo nace a la luz concebido sin teatro original, fuera de vuestra juridición, que aun del riesgo de la censura del leello está privilegiado por vuestra naturaleza, pues casi ninguno de vosotros sabe deletrear».

Por el contrario, los alabarderos eran las personas que aplaudían en un acto público, especialmente en una representación teatral, a cambio de no pagar el importe de la entrada o de otra retribución; en un artículo de El Padre Cobos (Madrid) de noviembre de 1854 se describen del siguiente modo: «Cuando este augusto y cesáreo dilettante [Nerón] cantaba en su palacio delante de un auditorio numeroso, mandaba colocar alabarderos por todas partes para que con sus afiladas lanzas pinchasen sin piedad á los descontentos. Los alabarderos modernos, adulando á los autores y actores, hacen mas daño al público que si le pincharan». La alabarda era, por tanto, el conjunto de los alabarderos, un colectivo poco apreciado por el autor de otro artículo publicado en El Padre Cobos en septiembre de 1854: «Tiempo es ya de acabar de una vez con los alabarderos. El que entra gratis en un teatro, no tendrá el derecho de aplaudir; pero en cambio se le concederá el de silbar. La voluntad del público no debe ser cohibida. Desde hoy comenzará la era de los escritos libres y de las derrotas espontáneas. ¡Guerra á muerte á los agentes inmorales de la administracion..... teatral! La alabarda se declara arma prohibida».

Las personas que acudían gratis a espectáculos como los toros o el teatro se denominaban también tifus en el siglo xix; así, en una crítica de una zarzuela publicada en 1884, Luis Miranda Borge (seudónimo de Sinesio Delgado García) denuncia el escaso éxito de la obra atendiendo a la calidad de los asistentes: «Doña Flamenca es lo mismo exactamente que todas las demás del género que priva. El tío Mateo, el tío Antón, los húsares, los milicianos, los chistes de siempre repetidos hasta la saciedad y tutti contenti. La música, tomada de Doña Juanita, es lo único que agrada un poco. La noche del estreno había en todo el teatro unas cuarenta personas, casi todas tifus».

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