Corsé (foto: Pixabay)

NUEVO DICCIONARIO HISTÓRICO DEL ESPAÑOL

La vida de las palabras: de «ballenas», «corsés» y «cotillas»

4 de Diciembre de 2020

¿Cuál es el origen de las palabras? ¿Cómo ha evolucionado su uso? ¿Cómo se llegó a su significado actual? En una nueva entrega de «La vida de las palabras», una serie de artículos dedicados a bucear en los orígenes de algunos vocablos, hablamos de ballenas, corsés y cotillasRecuerde que el Nuevo diccionario histórico del español ofrece esta información pormenorizada gracias a exhaustivos métodos en los que confluyen la lingüística, la filología y la informática. 

En el Diccionario de autoridades, en 1726, se señala que ballena «se llama también el ajustador que trahen las mujeres, que por otro nombre se llama Cotilla. Dícese Ballena, porque se compone y hace de las barbas de este pescado». Y, en efecto, ya en el siglo xvii se emplea ballena para referirse a una prenda interior que ajusta el cuerpo de la mujer de los hombros a la cintura. Otra ocasión habrá de contar la historia de la palabra ballena en español, pero ahora conviene dirigir la mirada a cotilla, que, para designar ese mismo tipo de prenda, se atestigua, en 1627, en una Tassa general de precios de la ciudad de Jaén.

Es una voz con abundante documentación durante el siglo xvii y las primeras décadas del siglo xviii, pero desde mediados de esa centuria entra en competencia con corsé, un galicismo que terminará por desplazar a cotilla en el siglo xix, en consonancia con el declive que sufre esta prenda, que pasa de ser emballenada, alta y rígida (características que se asocian con su más antigua denominación, cotilla) a convertirse en una prenda que ciñe el cuerpo desde debajo del pecho a las caderas y que se elabora con materiales más flexibles.

Así se puede comprobar en un fragmento de la Poética de Campoamor (1879-1890), en el que se dice: «El corsé higiénico moderno no sé si viste mejor, pero de seguro da más facilidad á los movimientos que la vieja cotilla de nuestras abuelas». Y la prensa de la época nos permite asistir a la competición entre la cotilla, considerada obsoleta, y el corsé, que se presenta como novedoso. Ya en el Diario de Madrid de 1791 las cotillas se caracterizan como «toscas» y se advierte que deberían «proscribirse enteramente», frente a los corsés, que se consideran más recomendables, por ser «ligeros y flexibles»; sin embargo, ambas voces (y, consiguientemente, ambas prendas) conviven a lo largo de los siglos xviii y xix. De la competencia del corsé con la cotilla, y también como reacción a la campaña de concienciación sobre los peligros que para la salud entrañaba el uso de tales prendas, da muestra la notable frecuencia con que la voz corsé se combina con el adjetivo higiénico, con el fin de resaltar la distancia con la antigua cotilla.

Sin embargo, el corsé fue también finalmente desterrado por sus dañinos efectos sobre la salud de las mujeres, pues, como se indica, en 1996, en La esclavitud de las dietas, de C. Rausch Herscovici, su uso y las convenciones de la moda podían conducir a situaciones traumáticas: «A comienzos de siglo, las mujeres comprimían tanto sus torsos con el corsé que algunas veces llegaban a quebrar sus costillas inferiores, con tal de lograr la cintura de avispa en boga en aquellos años». Esa función opresiva del corsé explica que en la actualidad empleemos esta palabra con el valor de ‘limitación impuesta a las ideas o a la forma de actuar’, de tal modo que, en un artículo del año 2007, publicado en La Vanguardia (Barcelona), se afirma que un debate electoral «funcionará bien si los partidos renuncian a imponer los rígidos corsés a los que han sometido a periodistas y moderadores».

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