Darío Villanueva (foto: RAE)

INICIATIVA EN REDES

Reflexiones del académico Darío Villanueva sobre la pandemia del coronavirus para «Viajar con las palabras»

20 de Mayo de 2020

«Lo más inquietante de nuestra situación no es, al menos para mí, el miedo a contraer el virus o, incluso, poniéndonos en lo peor, a no conseguir superarlo. Tengo que esforzarme hora a hora (y día a día) en combatir la mala conciencia que me invade. Primero, porque en función de mis condiciones profesionales la única forma de ser solidario y de ayudar (algunos exageran un montón, y hablan de heroicidad) es quedarme en casa. Esto equivale a un oxímoron: no hacer nada concreto es la única forma de hacer algo positivo. Por eso, por mi mala conciencia, no es que admire, sino que envidio a quienes están en el tajo: en los hospitales, sobre todo; en las calles, supervisando el cumplimiento de las órdenes del Gobierno; en los medios de comunicación; en las cadenas logísticas que nos garantizan el abastecimiento; en la producción de todo lo que necesitamos para seguir viviendo, aunque recluidos en nuestros hogares.

La única forma de ser solidario y de ayudar es quedarme en casa.

Pero mala conciencia también por los que no los tienen, quienes carecen de otro refugio que las propias calles que ahora deben estar vacías, los portales de otros o los nichos de los cajeros, que son especialmente insalubres en caso de pandemia. Y un largo etcétera: los ancianos que se quedan más solos que nunca y son calificados, sin delicadeza, como "grupo de riesgo"; los trabajadores que, amén del virus, temen la pérdida de sus empleos; los autónomos, que ya no tienen ingresos para ellos ni para el asalariado que les secunda en su modesto negocio; nuestros compatriotas que, fuera de España, porfían con relativo éxito para volver con los suyos o los que ya están confinados en cuarentena; los extranjeros que se encuentran en la misma situación pero con azimut contrario...

Mala conciencia, sobre todo, porque además de considerarme a mí mismo poco menos que un inútil, a la vez sé que soy un privilegiado. Mi privilegio es máximo: el confinamiento significa tiempo generoso para hacer todo lo que más me gusta, me serena y me reconcilia conmigo mismo. Leer, hablar aunque sea a distancia y, sobre todo, escribir.

Por eso, si se me admitiese la sugerencia, recomendaría la misma terapia a quien quiera escucharme (o leerme). En especial, leer (y no digamos escuchar la música que más nos inspire). Literapia y musicoterapia. La primera de estas dos triacas yo la suelo buscar, por supuesto, en muchos libros y muchos autores. Pero hay uno infalible, Miguel de Cervantes. El Quijote, y en general todas sus novelas largas y cortas, son, además de narraciones fascinantes, auténticos compendios sapienciales, lo mismo que Harold Bloom proclamaba a los cuatro vientos a propósito de Shakespeare.

Recomendaría leer, y no digamos escuchar, la música que más nos inspire. Literapia y musicoterapia.

Ábrase al azar, por caso, el Quijote y en cualquiera de sus páginas encontrarás una máxima, una explicación o un consejo perfectamente válido para ti en tus circunstancias particulares. Y como muestra, dos botones, esta vez tomados del Persiles. "Las desgracias y trabajos cuando se comunican suelen aliviarse". Eso es lo que la campaña #quierosumar de infoLibre nos ofrece. Pero también nos dice aquel fracasado genial que fue el manco de Lepanto: "En los grandes peligros la poca esperanza de vencerlos saca del ánimo desesperadas fuerzas"».

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