Real Academia Española

   

Discurso del director de la RAE, Santiago Muñoz Machado, en la apertura del curso académico 2020-2021

El director de la RAE, Santiago Muñoz Machado, lee su discurso de apertura del curso académico 2020-2021

El director de la RAE, Santiago Muñoz Machado, lee su discurso de apertura del curso académico 2020-2021

7.10.2020

Discurso del director de la RAE, Santiago Muñoz Machado, en la apertura del curso académico 2020-2021

«Majestad.

Excma. Sra. presidenta del Congreso; Excmo. Sr. presidente del Tribunal Constitucional; Excmo. Sr. presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial; Excmo. señor ministro de Ciencia e Innovación; Excmo. Sr. nuncio de Su Santidad y decano del cuerpo diplomático; señores subsecretario del Ministerio de Ciencia e Innovación y secretario general de la Presidencia del Gobierno; Excmo. Sr. gobernador del Banco de España y presidente de la Fundación pro-RAE; señores patronos; Excmos. señores y señoras directores y presidentes y académicos de las Reales Academias del Instituto de España.

Les doy la bienvenida en nombre de la Real Academia Española, y les agradezco su presencia.

Señor, es esta buena ocasión para recordar que hace trescientos seis años, también a principios de octubre, se inició la relación formal entre la Corona y la Real Academia Española. Vuestro antepasado el rey Felipe V, cuya imagen preside este salón de actos, otorgó a la Academia el 3 de octubre de 1714 la cédula o privilegio fundacional y aceptó protegerla. El expediente relativo a la aprobación de la Academia había empezado un año antes, a partir de que los fundadores de la nueva institución celebraran la primera reunión formal, el 3 de agosto de 1713, en la casa que tenía en la plaza de las Descalzas don Juan Manuel Fernández Pacheco, marqués de Villena.

Villena fue hombre de armas y de letras, con una formación humanística de primer orden, y, en cuanto quedó liberado de sus cargos civiles y militares, se sumó a los movimientos intelectuales que, desde mediados del siglo XVII, se habían formado con el propósito de debatir sobre los problemas literarios y culturales, económicos y científicos de España, para contribuir a su mejora. Suele ocurrir históricamente que en los momentos de crisis institucional, como fueron los años próximos a la Ilustración, los intelectuales más cualificados del país se ofrezcan espontáneamente a buscar y proponer remedios. Este empeño de reformar y mejorar valió a algunas de estas personas y grupos el apelativo de “novatores”, usado más bien con carácter crítico. Se reunían los novatores en tertulias no formalizadas o se organizaban en academias adoptando el nombre de una institución griega recreada durante el Renacimiento en toda Europa. Don Juan Manuel Fernández Pacheco organizó en su casa una tertulia de esta clase nada más regresar a Madrid en 1711.

Fernández Pacheco era persona muy ilustrada. Según lo describió Sempere y Guarinos en su Ensayo de una biblioteca española, publicado en 1785, era muy conocido en Europa y tenía relación con muchos sabios de diversos países, y, además de conocer “la lengua griega y demás ramos de las Buenas y Bellas Letras, las Matemáticas y hasta la Medicina, la Botánica, la Chímica y la Anatomía merecieron el cuidado de su aplicación”. Pretendió don Juan Manuel crear una Academia Universal de Ciencias y Artes. Por razones que no explicaré ahora pareció más urgente y necesario centrar la academia en levantar la postración en que habían caído las letras españolas desde la muerte de Calderón, tras los magníficos Siglos de Oro, y fortalecer la lengua castellana mostrando a Europa toda su riqueza, siguiendo el ejemplo de la Academia de la Crusca, creada en Florencia a finales del XVI, o la Académie Française a primeros del XVII. La lengua era, además, la condición primera y la herramienta de los demás conocimientos científicos; era, como escribió, dos siglos antes, Elio Antonio de Nebrija a la reina Isabel la Católica, “el arbitrio de todas nuestras cosas”.

El espíritu, alma o intención de estas academias respondía a ideas renacentistas que habían expuesto desde el siglo XIV los promotores de esa gran revolución cultural y sus continuadores; hombres como Petrarca, Erasmo, Budé y Montaigne, cuyas aspiraciones y sueños resumió René Descartes en su Discurso del método de 1637. Escribió:

“Juzgaba que no habría mejor remedio contra estos dos impedimentos (la brevedad de la vida y la falta de experiencias) que el de comunicar fielmente al público todo lo poco que yo había encontrado y de invitar a los buenos espíritus a tratar de avanzar más allá, contribuyendo, según la inclinación y el poder de cada uno, a las experiencias que sería preciso hacer, y comunicando también al público todas las cosas que aprendan, a fin de que los últimos comiencen donde los precedentes hayan acabado, y así, uniendo las vidas y los trabajos de muchos, vayamos todos juntos mucho más lejos de lo que podría hacerlo cada uno en particular”.

El movimiento académico tenía por objeto, según el resumen de Descartes, darle continuidad al conocimiento obtenido por personas esforzadas e ilustres por su trabajo y méritos profesionales, uniéndolo a los trabajos y sabiduría de otros, para su mejor aprovechamiento por la nación en el presente y el futuro.

Cuando el marqués de Villena se presentó en la Corte para solicitar una cédula que autorizase la creación de la Real Academia Española y su sometimiento al patronato del rey, informó sobre la petición el poderoso Consejo de Castilla que expresó algunas cautelas sobre la posición que ocuparía esa Academia entre las instituciones de la monarquía. Habían pedido protección real y que se considerase a sus miembros, por tanto, criados del rey. Pero el Consejo estimó conveniente que se preguntara a los promotores si estaban pidiendo privilegios o prebendas de cualquier clase. Uno de los fundadores, Álvarez de Toledo, preparó un borrador de respuesta en el que se decía que “lo que pretende de S. M. la Academia es que se digne recibirla bajo su protección, aprobándola con su real despacho, y no solicita en común ni en particular gajes, inmunidades ni privilegio alguno, sino el honor de trabajar en este asunto que puede en su grado contribuir a la gloria del reinado de S. M. y a la utilidad de la Nación”.

El “honor de la Nación” es lo único que perseguía aquel grupo de hombres excelentes reuniendo los conocimientos que cada uno de ellos había adquirido a lo largo de su vida, y poniéndolos a disposición del rey y la comunidad.

Todas las academias del Instituto de España nacieron por similares razones y han prestado con continuidad esa clase de servicios a lo largo de su existencia secular, pero se comprenderá que desde mi posición de director de la Academia decana y hoy anfitriona, recuerde con pocas palabras el servicio a la nación que esta Casa ha hecho a lo largo de sus tres siglos de vida: en el XVIII normalizó y reguló la lengua española dotándola de sus tres textos normativos esenciales, el diccionario, la ortografía y la gramática; en el siglo XIX consiguió ganar la autoridad que era precisa para que sus normas fueran cumplidas voluntariamente y evitó que, tras las independencias americanas, las nuevas repúblicas adoptaran otras lenguas distintas del español como propias de sus naciones o estimularan el desarrollo de lenguas locales derivadas del castellano. En el siglo XX, ha constituido y mantenido el espíritu del panhispanismo, que involucra a todas las naciones hispanohablantes en la conservación de la calidad y unidad de nuestra lengua común, que es el valor superior de nuestra cultura. Y en lo que llevamos cumplido del XXI, y sobre todo en los últimos años, la Academia está fijando el papel del español en el universo digital.

Trescientos seis años después, la concesión que nos otorgó la Real Cédula de 3 de octubre de 1714 ha sido renovada y transformada en una norma constitucional que atribuye al rey “el Alto Patronazgo de las Reales Academias”. Patronazgo implica protección y no hay en la Constitución ninguna otra institución que merezca tan elevado trato. Creo que, además de razones históricas, es la naturaleza de las academias la que justifica su singularidad constitucional. Son, desde su origen, organizaciones de base privada formadas por personas distinguidas en sus profesiones y oficios, que no gestionan intereses propios, como ocurre, sin excepción, con todas las demás corporaciones existentes en nuestro Estado, sino que unen sus vidas y trabajos, como dijo Descartes en el texto que he recordado antes, para ir juntos más lejos de lo que podría hacerlo cada uno de modo particular.

En 1714 dijimos que nuestro propósito era trabajar por el honor de la nación y la gloria del reinado de Felipe V. Renovamos ahora los votos por Felipe VI, que sustenta el equilibrio constitucional, con nuestro propósito de favorecer un largo y glorioso reinado».

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