Real Academia Española

   

Juan de Ferreras

Juan de Ferreras

La Bañeza (Léon), 1 de junio de 1652-Madrid, 8 de junio de 1735
El académico fundador Juan de Ferreras.  «Retratos de Españoles ilustres», publicado por la Real Imprenta de Madrid, 1791.
Silla B

Académico fundador, forma parte de la nómina inicial que el Diccionario de autoridades recoge en sus preliminares.

Primer ocupante de la silla B, perteneció al grupo de los ocho primeros asistentes que, desde 1711, se reunían periódicamente en las tertulias celebradas por el marqués de Villena en su palacio de las Descalzas Reales de Madrid, es decir, dos años antes de la creación de la Real Academia Española.

«Relevante eclesiástico, reconocido intelectual y, en concreto, un historiador novator», en palabras de Víctor García de la Concha en su obra La Real Academia Española. Vida e historia (2014), Juan de Ferreras ocupó en 1676 el curato de Santiago en Talavera de la Reina. En 1681 se trasladó a Albares (Guadalajara), en donde coincidió con Gaspar Ibáñez de Segovia, marqués de Mondéjar, de quien fue discípulo y «con cuya orientación y excelente biblioteca pudo iniciar su formación como historiador», señala Manuel Sánchez Mariana en el Diccionario biográfico español (2011).

Unos años más tarde, en 1685, pasó como cura a Camarma de Esteruelas, junto a Alcalá de Henares, en cuya universidad completó sus estudios. En 1697 se estableció en Madrid como párroco de San Pedro Real, en donde conoció al cardenal Portocarrero, del que se convirtió en confesor y quien le procuró el curato propio de la parroquia de San Andrés de Madrid en 1701.

«Hombre más dado a las letras que a la brillante vida pública», como indica Alonso Zamora Vicente en su Historia de la Real Academia Española (1999, 2015), Ferreras «no aceptó la diócesis de Nápoles, para la que le quería nombrar Carlos II, y más tarde también renunció a la sede de Zamora».

No obstante, desempeñó diferentes cargos eclesiásticos en Madrid, como los de examinador sinodal del arzobispado, examinador y teólogo del Tribunal de la Nunciatura, calificador del Supremo Consejo de Inquisición y visitador de Librerías.

En 1715, dos años después de la fundación de la Academia, Felipe V nombró a Ferreras bibliotecario mayor de la Real Librería —después Biblioteca Nacional—, en sustitución del también académico Gabriel Álvarez de Toledo, quien, fallecido en 1714, había sido el primero en ocupar este cargo.

La gestión de Ferreras al frente de la Biblioteca, tal como cuenta Sánchez Mariana, «fue más efectiva que la de su predecesor, iniciando la profesionalización del personal […]; cuidando de que se restituyese el presupuesto de la institución, cuando en 1731 le fue retirada la renta del tabaco, lo que solo consiguió en parte; mejorando el acondicionamiento de los locales […] y la seguridad de los libros en ellos; y sobre todo inició una política de adquisiciones con la incorporación de diversas bibliotecas».

Ferreras escribió varias obras notables de carácter teológico o doctrinal. La más voluminosa de las que publicó es Historia de España (1700-1727), en la que, a lo largo de sus dieciséis volúmenes, hace un recorrido desde la Antigüedad hasta la muerte de Felipe II. Esta obra se llamó en un principio Sinopsis histórica de España. A partir del tercer tomo su título cambió al de Historia de España.

En lo que respecta a su vida académica, Ferreras colaboró en la elaboración del Diccionario de autoridades «con seriedad y eficacia», en palabras de Alonso Zamora Vicente, redactando algunas combinaciones de la letra A y la letra G, y definiendo los vocablos relativos al oficio de zapatería. Asimismo, Ferreras se encargó de preparar el esbozo «Sobre el origen de la lengua castellana», recogido en los prolegómenos del Diccionario.

García de la Concha y Sánchez Mariana destacan que, reunidos los académicos para elegir un director, estos designaron por unanimidad al marqués de Villena. Este había propuesto «elegantemente» para el cargo a Ferreras, a quien había dado su voto y «en quien juzgaba estar mejor depositado el cargo que en su persona».

Blas Antonio de Nasarre, elegido académico en 1733, fue nombrado un año antes por el rey sucesor de Ferreras como bibliotecario mayor hasta que se produjese la vacante. De esta forma, De Nasarre se convirtió en el principal colaborador de Ferreras y, luego, en su primer biógrafo. Escribió el Elogio histórico leído en la Academia tras su muerte, para el que se basó en la propia autobiografía que Ferreras había redactado y de la que había hecho depositario a De Nasarre.

En 1735, y con ochenta y tres años, Ferreras continuaba asistiendo a las juntas.

Más información

Homenaje en La Bañeza. Diario de León, 23 de noviembre de 2013.

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