Diego Clemencín y Viñas

Retrato de Diego Clemencín (1765-1834). Madrid : Boix, Editor, 1843. © Biblioteca Nacional de España

letra I

Fallecimiento

10 de Junio de 1834

Diego Clemencín y Viñas

Académico de número

Murcia, 27 de septiembre de 1765-Madrid, 10 junio de 1834

«La desaparición de Francisco Patricio Berguizas abre a la silla I el paisaje del siglo xix, con sus luchas políticas, dinásticas, sociales y, sobre todo, su concepción diferente de la tarea intelectual. Buen ejemplo es el sucesor de Berguizas: Diego Clemencín y Viñas», cuenta Alonso Zamora Vicente en La Real Academia Española.

Clemencín fue nombrado miembro honorario de la Real Academia Española en 1804; pasó a supernumerario en 1805, y fue de número el 22 de marzo de 1814, en la misma sesión en la que entraron intelectuales como Lorenzo Carvajal, González Carvajal, Vargas Ponce y Quintana.

Primer hijo fruto del matrimonio del comerciante francés Jaime Clemencín La Croix y María Manuela Viñas Martínez, Diego Clemencín nació el 27 de septiembre de 1765 en Murcia, donde se habían trasladado sus padres por negocios en 1760. Ahí fue donde nuestro académico vivió su infancia y cursó sus estudios en el Seminario de San Fulgencio. Pasó exactamente doce años en dicha institución (1775-1787), donde se formó en diversas disciplinas con especial atención a la lengua latina, la jurisprudencia, la filosofía y la teología, lo que finalmente lo llevó al cargo de catedrático sustituto en Filosofía y Teología (1786).

Gracias al gran prestigio que Clemencín se ganó en este cargo, fue invitado a trasladarse a Madrid, en 1787, como ayo-preceptor de los hijos del duque de Osuna y de su mujer, la condesa-duquesa de Benavente. Este traslado de Clemencín a la capital española supuso un gran cambio en su vida. «De formación dirigida a la vida sacerdotal, renunció a los hábitos para ser realmente un intelectual, pero con serias concesiones o desvíos a la actividad política», según afirma Zamora Vicente. Su nuevo trabajo como preceptor le permitió profundizar en sus estudios y trabajar en los fondos bibliográficos de la biblioteca del duque de Osuna, de cuya dirección quedó encargado en febrero de 1798.

El 15 de julio del mismo año contrajo matrimonio con Dámasa Soriano de Velasco, con la que tuvo dos hijos: Cipriano y Andrés. En 1799, acompaña al duque de Osuna y su familia en su destierro a París.

En 1800, ya en Madrid y con un gran prestigio a sus espaldas, Clemencín es nombrado miembro supernumerario de la Real Academia de la Historia (RAH). En su discurso de ingreso en la corporación, el 7 de agosto de 1800, leyó su estudio sobre «Geografía de España del Moro Rasis». El 12 de septiembre del mismo año pasó a numerario; fue censor entre 1805 y 1806, y secretario perpetuo (desde el 25 de febrero de 1814 hasta su muerte). Pero sus labores en esta institución fueron más allá: se ocupó, además, de elaborar informes y trabajos de investigación arqueológica e histórica. Seguidos a estos honores se dio su nombramiento, ya mencionado, como académico numerario de la Real Academia Española, así como de la Academia de Bellas Artes de San Fernando (1814). También perteneció a la Academia de Buenas Letras de Barcelona y a varias sociedades económicas.

En 1807, fue nombrado redactor de la Gaceta y de El Mercurio. Por su trabajo en la Gaceta terminó siendo enviado desde Cádiz a la Isla de León. La invasión francesa lo acaba sorprendiendo en este cargo al mismo tiempo que la vida política llamaba a la puerta de nuestro académico: fue nombrado oficial en la secretaría de la Junta Suprema de Censura, jefe de la sección de Instrucción Pública dentro de la Secretaría de Gobernación y, en las elecciones de marzo de 1813, terminó representando a Murcia como diputado por el Partido Liberal.

Con la reacción absolutista, depuesto de todos sus cargos (1814), termina en un abandono temporal de su trayectoria como político. Permanece en su finca guadalajareña de La Fuenfría durante seis años dedicándose a la lectura e investigaciones histórico-literarias.

La restauración liberal de 1820 le devuelve sus cargos y, el 26 de junio del mismo año, es reelegido diputado por Murcia. Además, la renuncia de Manuel Bodega al frente del ministerio le termina convirtiendo en ministro de Ultramar (del 14 de marzo al 5 de agosto de 1822), en el Gobierno presidido por Martínez de la Rosa, y, por un día, ministro de Gobernación (9 de julio de 1822).

Finalmente, la regencia absolutista termina obligando a nuestro intelectual a abandonar su carrera política y vuelve refugiado a su finca guadalajareña. Ahí empezó a preparar sus célebres comentarios al Quijote. En 1827, autorizado a volver a la capital, reparte su tiempo entre la ciudad y su finca en el campo sin llevar a cabo cargo político alguno.

En 1833 el Consejo de Ministros —con motivo de llevar a efecto el acta de jura como heredera al trono a la futura Isabel II— propuso el nombramiento de una comisión encargada de organizar la ceremonia para la que llamaron a Clemencín. Como recompensa a su trabajo, Clemencín fue nombrado, el 28 de julio de 1833, ministro togado del Consejo de Hacienda. En septiembre del mismo año fallece el rey y la nueva regente nombra a Clemencín, el 10 de diciembre de 1833, bibliotecario mayor de la Real Biblioteca y prócer del reino. Así, Clemencín termina siendo secretario del Estamento de Próceres y censor (2 de mayo de 1834).

Tras rescatar con gran dignidad su carrera política, Diego Clemencín apenas pudo disfrutarla, pues fue una más de las víctimas de la epidemia de cólera que arrastró España en el verano de 1834. Falleció el 30 de julio, en Madrid, a los setenta y ocho años.

Respecto a su vida como escritor, destaca con su obra póstuma Lecciones de gramática y ortografía castellana; aunque las obras por la que aún se le recuerda y cita son su Quijote comentado (1833), tarea (6 volúmenes) que sus hijos terminaron de editar en 1839 y su Elogio a la Reina Católica doña Isabel (1820).

Sin duda, nuestro académico fue figura clave en el tránsito entre los siglos xviii y xix, y, como indica Zamora Vicente, «Clemencín es ejemplo claro de la situación conflictiva en la que vivió los años del primer tercio del siglo xix toda persona con vocación intelectual. Se queda atrás la Iglesia, se insinúa la política, con sus alzas, bajas, se va polarizando el trabajo hacia una nueva erudición».

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