Real Academia Española

   

Ramón Menéndez Pidal

Ramón Menéndez Pidal

La Coruña, 1869-Madrid, 1968
Retrato de Menéndez Pidal, obra de Bruno Beran, conservado en la RAE.
Silla b

De familia asturiana de fuertes convicciones conservadoras, simultaneó los estudios de Derecho con los de Filosofía y Letras (1885-1891). Muy crítico con la preparación recibida en la universidad, Ramón Menéndez Pidal se formó como filólogo de forma casi autodidacta, con la lectura de la obra de los grandes romanistas europeos y de autores que le introducirán en las bases metodológicas de la Filología, como Alfred Morel-Fatio y Manuel Milá i Fontanals.

Su reputación como filólogo fue creciendo a partir de 1895, cuando ganó el concurso convocado por la Real Academia Española sobre el poema de Mio Cid, pero fue decisiva la excelente acogida que tuvo entre los más reputados filólogos europeos, al año siguiente, la publicación de su primer libro, La leyenda de los infantes de Lara, en que demostraba la existencia en España de una poesía épica nacional. A fines de 1899 obtuvo la cátedra de Filología Comparada del Latín y del Castellano en la Universidad de Madrid.

En 1900 contrajo matrimonio con María Goyri, una de las primeras universitarias españolas, quien le había acercado a los postulados de la Institución Libre de Enseñanza, lo que le distanció de las posiciones ideológicas de su familia. Durante su viaje de bodas, los recién casados recorrieron la ruta que había seguido el Cid en su destierro y tuvieron la ocasión de comprobar la pervivencia del romancero a lo largo de la historia. Es cierto que su hermano, Juan Menéndez Pidal, ya había comenzado a recoger muestras del romancero, pero es a partir de este viaje cuando su recopilación y estudio comenzó a tomar forma como proyecto científico compartido por el matrimonio: hoy el “Archivo del Romancero” atesora una valiosísima colección documental, que puede considerarse una parte importante del patrimonio de la humanidad.

En 1901 fue elegido miembro de la Real Academia Española, en  la que ocupó la silla b. Su ingreso tuvo lugar el 19 de octubre de 1902, con un discurso sobre El condenado por desconfiado, de Tirso de Molina, al que respondió, en nombre de la corporación, Marcelino Menéndez y Pelayo.

En diciembre de 1903 se publicó la primera edición del Manual elemental de gramática histórica española, una de sus obras más reeditadas, en versiones cada vez más elaboradas. En 1904 viajó a América, como comisario regio designado por Alfonso XIII, para emitir un laudo que zanjase el litigio fronterizo entre el Ecuador y Perú; durante ese viaje pudo comprobar la pervivencia de la tradición romancística en Hispanoamérica.

Por esas fechas publicó aportaciones tan significativas en los diversos campos de los estudios filológicos, como “El dialecto leonés” (1906), las ediciones de la Primera crónica general de España (1906) y del Cantar de Mio Cid: Texto, gramática, vocabulario (3 vols., 1908-1912) o de El romancero español (1910).

La creación en 1907 de la Junta para Ampliación de Estudios (JAE) supuso un cambio muy significativo en el trabajo de don Ramón; especialmente a partir de 1910, en que se puso en marcha el Centro de Estudios Históricos (CEH), pues, sin abandonar su investigación personal, organizó un equipo de trabajo que afrontó, bajo su dirección e impulso, proyectos tan ambiciosos como la edición de documentos no literarios procedentes de las distintas variedades del norte peninsular, la recopilación de romances españoles por todo el arco mediterráneo o la realización del Atlas Lingüístico de la Península Ibérica, de azarosa historia. Y fue también en el CEH donde comenzó la singladura de la Revista de Filología Española (1914) y donde don Ramón planeó, por esas fechas, levantar una obra colectiva tan ambiciosa como la Historia de España que hoy lleva su nombre.

Esa labor de equipo ayudó a conformar, en torno a su figura, la que se ha denominado Escuela española de lingüística, en la que se enmarca un buen número de representantes de la mejor tradición filológica española: Tomás Navarro Tomás, Américo Castro, Federico de Onís, Pedro Salinas, Antonio García Solalinde, Samuel Gili Gaya, Amado Alonso, Salvador Fernández Ramírez, Dámaso Alonso, Rafael Lapesa, Joan Coromines… Esta escuela encontró un campo fértil para su desarrollo en tierra americana (muy especialmente en la Argentina, México, Puerto Rico y los USA).

A este fructífero período pertenecen también obras personales, tan importantes como La primitiva lírica española (1919), Poesía juglaresca y juglares (1924), Flor nueva de romances viejos (1928), La España del Cid (1929) y, sobre todo, Orígenes del español. Estudio lingüístico de la Península Ibérica hasta el s. xi (1924-1926).

Son años en que nuestro académico colabora activamente con los proyectos de modernización educativa y, muy especialmente, del desarrollo de la ciencia española. Ello le ocasionó algunos problemas, especialmente durante la dictadura de Primo de Rivera, en la que supo defender con gallardía la Universidad española.

Al tiempo, recibió en el extranjero numerosas muestras de reconocimiento a su trabajo (miembro de la Accademia Nazionale dei Lincei, en 1913; doctor honoris causa por las Universidades de Toulouse, en 1921; de Oxford, en 1922; y de La Sorbonne en 1924). A nadie podía sorprenderle que la Real Academia lo eligiese director, con carácter interino el 23 de diciembre de 1925, tras el fallecimiento de Antonio Maura, y, ya en propiedad, el 2 de diciembre de 1926. En este cargo fue reelegido, antes de la Guerra Civil, en tres ocasiones, la última el 5 de diciembre de 1935.

Tras el estallido de la guerra, don Ramón abandonó España en diciembre de 1936 y vivió en Burdeos, La Habana y Nueva York, donde dio diversos cursos y conferencias y prosiguió con grandes dificultades la redacción de su proyectada Historia de la lengua. En mayo de 1938 se trasladó a París, a la espera de poder regresar a España.

Llegó finalmente a Madrid en julio de 1939 y fue sometido a un proceso de depuración. Los vencedores de la contienda mostraron un gran recelo hacia su persona, igual que los académicos más vinculados al nuevo régimen. Esto último explica que se mantuviera al margen de la Academia durante ocho años, hasta que, el 4 de diciembre de 1947, fue elegido nuevamente su director, puesto en el que permaneció, tras diferentes reelecciones —la última, el 2 de diciembre de 1965— hasta su muerte.

Jubilado de su cátedra, desmantelado el CEH y sin poder contar con la colaboración de sus discípulos, Ramón Menéndez Pidal se retiró a su hogar en Chamartín, con el deseo de finalizar sus proyectadas Historia de la épica, Historia del Romancero e Historia de la lengua. Fueron años menos fértiles en su labor, pero, con todo, revisó en ellos algunas de sus obras pasadas más importantes (así las nuevas ediciones de La España del Cid en 1947 y de Orígenes del español en 1950) y aportó nuevos títulos, algunos no exentos de polémica (Los españoles en la Historia, 1947; La chanson de Roland y el neotradicionalismo. Orígenes de la épica románica, 1959; Romancero tradicional de las lenguas hispánicas, 1957 y 1963; El padre Las Casas. Su doble personalidad, 1963).

Tras sufrir una trombosis, renunció a sus 97 años a proseguir con sus tareas, pero tras su muerte vieron la luz algunas de aquellas obras cuya publicación tanto había acariciado: La Épica medieval española, desde sus orígenes hasta su disolución en el Romancero (1992) y la Historia de la lengua española (2006).

Más información

Boletín de Información Lingüística de la Real Academia Española (BILRAE), N.º 8: Homenaje a Ramón Menéndez Pidal, marzo de 2018.

Boletín de Información Lingüística de la Real Academia Española (BILRAE), N.º 10: Homenaje a Ramón Menéndez Pidal 2, noviembre de 2018.

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Obras de Menéndez Pidal en la Biblioteca Digital Hispánica y en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Especial sobre Menéndez Pidal en la Biblioteca Tomás Navarro Tomás, CSIC, 2012.

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Homenaje de la RAE a su director, don Ramón Menéndez Pidal, con motivo de su noventa cumpleaños.

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