Francisco Martínez Marina

Detalle del retrato de Francisco Martínez Marina por Francisco Alcántara, 1802 (n. º. Inv.: 204). © Real Academia de la Historia

letra S

Toma de Posesión

1 de Enero de 1800

Fallecimiento

25 de Julio de 1833

Francisco Martínez Marina

Académico de número

Oviedo, 10 de mayo de 1754–Zaragoza, 25 de julio de 1833

Nombrado miembro honorario de la Real Academia Española en 1797 y supernumerario el mismo año, Martínez Marina fue elegido en 1800 para ocupar la silla S en sustitución de José Vela. Durante su estancia en la RAE, participó de forma activa en las labores de corrección y aumento de la edición del diccionario que se estaba preparando en aquellos momentos.

Nacido el 10 de mayo de 1754, desde muy pequeño se sintió atraído por el estudio, al que se dedicó con gran admiración y pasión. Cursó estudios de primaria en el colegio de San Matías, de los padres jesuitas, y con quince años, en noviembre de 1769, se matriculó en la Universidad de Oviedo para «oír Filosofía». Tres años después, obtuvo el título de bachiller en Artes y comenzó los estudios de Teología, que continuó en Toledo a partir de 1773. En estos años recibió las órdenes sagradas y, ya en 1777, lo encontramos en Alcalá de Henares solicitando una beca para el Colegio Mayor de San Ildefonso, que logró gracias a su gran valía y al apoyo que le brindaron el cardenal Lorenzana y Campomanes. Dentro de este centro ocupó importantes cargos, como el de bibliotecario del colegio (1777) y rector (1778). Sin embargo, su estancia en Alcalá se prolongaría por poco tiempo. En 1780 volvió a opositar, esta vez en la canonjía lectoral de la catedral de Ávila y, al año siguiente, Carlos III lo nombró capellán de la Real Iglesia de San Isidro de Madrid. Esto le permitió conseguir presencia en los medios académicos y culturales de la corte.

Durante aquellos años siguió cultivando su vocación por las letras y el estudio y, cuando ya rondaba los treinta, su gran preparación y valía llegaron a oídos de la corte y de la monarquía, que le encargaron formar parte de comisiones dedicadas, entre otras cosas, al examen y censura de obras literarias y de papeles periódicos o actuar como juez de oposiciones a cátedras de Materias Eclesiásticas, Filosofía Moral y Lengua Hebrea.

En 1786, ingresó como miembro correspondiente en la Real Academia de la Historia (RAH), dirigida por aquel entonces por su paisano Campomanes. Al año siguiente, ascendió a supernumerario y a numerario en 1794. Dentro de la corporación, ocupó, además, cargos como el de bibliotecario, archivero y el 27 de noviembre de 1801 fue elegido director, puesto en el que se mantuvo hasta 1804. Posteriormente, en 1816, fue reelegido como director de la RAH, cargo que ocupó hasta 1820. Durante su estancia en la corporación, su actividad fue penetrante, pues participó en la elaboración del Diccionario histórico-geográfico y en la corrección y edición de las Siete Partidas. Asimismo, para dar a conocer este cuerpo legal proyectó escribir el Ensayo histórico-crítico sobre la legislación y principales cuerpos legales de los reinos de León y Castilla (publicado en Madrid en 1808) y convertido, posteriormente, en una de las obras más admiradas y alabadas de Marina, tanto por sus contemporáneos como por los estudiosos más recientes. Además, fue publicada en Londres en el periódico El Español.

Con todo ello, entre 1804 y 1808, se puede decir que Marina conoció el éxito y la fama en la capital española. Sin embargo, la invasión francesa y el inicio de la guerra de la Independencia significaron una nueva etapa y la apertura de un período de dificultades en la vida del sabio asturiano, que tendrá que tomar parte en la vida política, aunque de forma indirecta. Sobre esta nueva etapa cabe preguntarse si Marina fue afecto al régimen nacional o se alineó con los afrancesados. En favor de la primera posibilidad figura el hecho de que él calificase el levantamiento antifrancés de «santa insurrección», así como que no huyera ni fuera encausado como otros compañeros afrancesados de la Academia. Ahora bien, en favor de la segunda, también cabe señalar que figuró en la Relación del profesorado de España elegido por José Napoleón Bonaparte. Ambas imágenes, verdaderas, corresponden al personaje confuso y disparatado que fue Marina.

En el campo científico, tras la invasión francesa, Martínez escribió una Carta sobre la antigua costumbre de convocar las Cortes de Castilla para resolver los negocios graves del reino, que circuló en 1808 en copias manuscritas y que, dos años después, fue publicada por Blanco White en Londres. Esta Carta se convirtió, posteriormente, en su obra más conocida: Teoría de las Cortes (editada por primera vez en Madrid en la imprenta de Fermín Villalpando en 1813). Aunque fue previamente rechazada, es valorada como el más importante y polémico tratado escrito en el mundo occidental sobre el origen de las asambleas representativas.

Durante los años de la ocupación napoleónica, Marina tuvo paradójicamente algunos cargos dentro del Gobierno de José Bonaparte; sin embargo, su actividad le acarreó fama de clérigo liberal y progresista. Con la restauración de la dinastía borbónica y el regreso de Fernando VII, la trayectoria de Marina sufrió un brusco cambio. Fernando VII suprimió el Cabildo de San Isidro, procediendo a recolocar a sus capellanes en otros puestos y dándole a él una canonjía en la catedral de Lérida. Instaurado en la ciudad catalana en abril de 1819, compuso su obra Historia civil y eclesiástica de Lérida, que todavía permanece inédita.

Con el golpe del general Rafael de Riego en Cabezas de San Juan en 1820, retornaron a España los emigrantes proscritos y se rehabilitó a los que habían sido antes perseguidos. Así, en 1820, Marina volvió a Madrid al iniciarse el Trienio Constitucional, después de haber sido elegido diputado al Parlamento por Asturias y nombrado miembro de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona (1818).

Al caer de nuevo el régimen liberal, en 1823, Fernando VII emprendió una represión todavía más dura contra sus adeptos, entre los que se encontraba Marina. Víctima de las represalias de quienes aclamaban a un rey «absolutamente absoluto», Martínez Marina fue desterrado a Zaragoza, donde él se propuso «enmudecer y guardar silencio».

Allí, escribió dos de sus obras capitales: Principios naturales de la moral, de la política y de la legislación e Historia de la vida de Nuestro Señor Jesucristo y de la doctrina y moral cristiana aparecida. En esta última, Marina quiere transmitirnos el reencuentro consigo mismo, como cristiano y como sacerdote. Don Francisco murió el 25 de julio de 1833 en Zaragoza y su cuerpo fue enterrado en el cementerio del Hospital, en el camino de la Cartuja Baja.

En cuanto a su obra, cabe resaltar la calidad intelectual y humana, abordando los temas y cuestiones más incandescentes de su época. Su figura es, ante todo y por encima de todo, la de un erudito. De hecho, L. de Sosa señaló que «sus ideas, sus obras, están en un todo subordinadas a la cita, honrada siempre e incompleta a veces». Asimismo, su pensamiento fue inspirado, como él mismo afirmaba, en los autores antiguos y no tanto en la realidad de su época, lo que le obligó a ocultarse en muchas ocasiones. Entre sus obras históricas, políticas, jurídicas, morales y teológicas, cabe destacar el Diccionario histórico-geográfico de España de la R. A. H., sección I (Navarra, señorío de Vizcaya y provincias de Álava y Guipúzcoa), Antigüedades hispano-hebreas convencidas de supuestas y fabulosas (1799, vol. III de las memorias de la R. A. H.), Ensayo histórico-crítico sobre la antigua legislación y principales cuerpos legales de los reinos de León y Castilla (1808), Teoría de las Cortes (1813), Juicio crítico de la Novísima Recopilación (1820), Historia de la vida de Nuestro Señor Jesucristo y de la doctrina y moral cristianas (1832) y Principios naturales de la moral, la política y la legislación (publicado en 1933).

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